The secuela de Reavivados Por Su Palabra

Capítulos para la semana de: 13.09.2015

Blog para Palabras de Vida del Gran Maestro Capítulo(s) 6-7


Palabras de Vida del Gran Maestro Capítulo(s) 6-7

Escuche el capítulo 6


Escuche el capítulo 7


Capítulo 6—Cómo instruir y guardar a los hijos

Pueden enseñarse en la familia y en la escuela preciosas lecciones deducidas de la obra de la siembra y de la forma en que la planta se desarrolla de una semilla. Aprendan los niños y los jóvenes a reconocer en las cosas naturales la obra de los agentes divinos, y serán capaces de posesionarse por la fe de beneficios invisibles. Cuando lleguen a entender la obra maravillosa que Dios hace para suplir las necesidades de su gran familia, y cómo hemos de cooperar con él, tendrán más fe en Dios, y se darán cuenta mejor de su poder manifestado en su propia vida diaria.
Dios creó la semilla, como creó la tierra, mediante su palabra. Por su palabra él le dio el poder de crecer y multiplicarse. Dijo: “Produzca la tierra hierba verde, hierba que dé simiente; árbol de fruto que dé fruto según su género, que su simiente esté en él, sobre la tierra: y fue así... Y vio Dios que era bueno”.1 Es esa palabra la que todavía hace que brote la semilla. Toda semilla que hace subir su verde espiga a la luz del sol, declara el milagroso poder de esa palabra pronunciada por Aquel que “dijo, y fue hecho”, que “mandó, y existió”.2
Cristo enseñó a sus discípulos a orar: “Danos hoy nuestro pan cotidiano”. Y señalando las flores, él les dio la seguridad: “Y si la hierba del campo... Dios la viste así, ¿no hará mucho más a vosotros?”3 Cristo está constantemente trabajando para contestar esta oración y para cumplir esta promesa. Hay un poder invisible que está continuamente obrando como siervo del hombre para alimentarlo y vestirlo. Nuestro Señor emplea muchos agentes para hacer de la semilla, aparentemente tirada, una planta viva. Y él suple en la debida proporción todo lo que se necesita para perfeccionar la cosecha. He ahí las hermosas palabras del salmista:
“Visitas la tierra, y la riegas; 
en gran manera la enriqueces 
con el río de Dios, lleno de aguas. 
Preparas el grano de ellos, 
cuando así la dispones. 
Haces se empapen sus surcos, 
haces descender sus canales: 
ablándasla con lluvias, 
bendices sus renuevos. 
Tú coronas el año de tus bienes; 
y tus nubes destilan grosura”.4
*****
El mundo material se halla bajo el dominio de Dios. Las leyes de la naturaleza son obedecidas por la naturaleza. Todo expresa y obra la voluntad del Creador. La nube y la luz del sol, el rocío y la lluvia, el viento y la tormenta, todo se halla bajo la vigilancia divina, y rinde implícita obediencia a su mandato. Es en obediencia a la ley de Dios como el tallo del grano sube a través de la tierra, “primero hierba, luego espiga, después grano lleno en la espiga”.5 El Señor desarrolla estas etapas a su debido tiempo porque no se oponen a su obra. ¿Y será posible que el hombre, hecho a la imagen de Dios, dotado del raciocinio y del habla, sea el único que no aprecie sus dones y desobedezca su voluntad? ¿Serán los seres racionales los únicos que causen confusión en nuestro mundo?
En todas las cosas que tienden al sostén del hombre, se nota la concurrencia del esfuerzo divino y del humano. No puede haber cosecha a menos que la mano humana haga su parte en la siembra de la semilla. Pero sin los agentes que Dios provee al dar el sol y la lluvia, el rocío y las nubes, no habría crecimiento. Tal ocurre en la prosecución de todo negocio, en todo ramo de estudio y en toda ciencia. Y así ocurre también en las cosas espirituales, en la formación del carácter, y en todo ramo de la obra cristiana. Tenemos una parte que cumplir, pero debemos tener el poder de la Divinidad para unirlo con el nuestro, o nuestros esfuerzos serán vanos.
Cuando quiera que el hombre alcanza algo, sea en lo espiritual o en lo temporal, debe recordar que lo hace por medio de la cooperación con su Hacedor. Necesitamos grandemente comprender nuestra dependencia de Dios. Se confía demasiado en los hombres, y en las invenciones humanas. Hay muy poca confianza en el poder que Dios está listo para dar. “Coadjutores somos de Dios”.6 Inmensamente inferior es la parte que lleva a cabo el agente humano; pero si está unido con la divinidad de Cristo, puede hacer todas las cosas por medio de la fuerza que él imparte.
*****
El desarrollo gradual de la planta, desde la semilla, es una lección objetiva en la crianza del niño.
Hay “primero hierba, luego espiga, después grano lleno en la espiga”. Aquel que dio esta parábola creó la semillita, le dio sus propiedades vitales, y ordenó las leyes que rigen su crecimiento. Y las verdades que enseña la parábola se convirtieron en una viviente realidad en la vida de Cristo. Tanto en su naturaleza física como en la espiritual él siguió el orden divino del crecimiento ilustrado por la planta, así como desea que todos los jóvenes lo hagan. Aunque era la Majestad del cielo, el Rey de la gloria, nació como un niño en Belén, y durante un tiempo representó a la infancia desvalida mientras su madre lo cuidaba. En la niñez hizo las obras de un niño obediente. Habló y actuó con la sabiduría de un niño y no con la de un hombre, honrando a sus padres y cumpliendo sus deseos en formas útiles, de acuerdo con la capacidad de un niño. Pero en cada etapa de su desarrollo era perfecto, con la sencilla y natural gracia de una vida exenta de pecado. El registro sagrado dice de su niñez: “El niño crecía, y fortalecíase, y se henchía de sabiduría, y la gracia de Dios era sobre él”. Y de su juventud se registra: “Jesús crecía en sabiduría, y en edad, y en gracia para con Dios y los hombres”.7
Aquí se sugiere la obra de los padres y los maestros. Deben procurar cultivar las tendencias de la juventud para que en cada etapa de su vida puedan representar la belleza natural propia de aquel período, desarrollándose naturalmente como las plantas en el jardín.
Los niños exentos de afectación y que actúan con naturalidad son los más atractivos. No es prudente darles atención especial, y repetir delante de ellos sus agudezas. No se debe estimular la vanidad alabando su apariencia, sus palabras o sus acciones. Ni deben vestirse de manera costosa y llamativa. Esto aumenta el orgullo en ellos y despierta la envidia en el corazón de sus compañeros.
Debe cultivarse en los pequeños la sencillez de la niñez. Debe enseñárseles a estar contentos con los pequeños deberes útiles, y el placer y los incidentes propios de sus años. La niñez corresponde a la hierba de la parábola, y la hierba tiene una belleza peculiarmente suya. No se debe forzar a los niños a una madurez precoz, sino que debe retenerse tanto tiempo como sea posible la frescura y la gracia de sus primeros años.
Los niñitos pueden llegar a ser cristianos aunque tengan una experiencia proporcionada a sus años. Esto es todo lo que Dios espera de ellos. Deben ser educados en las cosas espirituales; y los padres deben darles toda la oportunidad que puedan para la formación de su carácter a semejanza del de Cristo.
*****
En las leyes por las cuales Dios rige la naturaleza, el efecto sigue a la causa con certeza infalible. La siega testificará de lo que fue la siembra. El obrero perezoso será condenado por su obra. La cosecha testifica contra él. Así también en las cosas espirituales: se mide la fidelidad de cada obrero por los resultados de su obra. El carácter de su obra, sea él diligente o perezoso, se revela por la cosecha. Así se decide su destino para la eternidad.
Cada semilla sembrada produce una cosecha de su especie. Así también es en la vida humana. Todos debemos sembrar las semillas de compasión, simpatía y amor, porque hemos de recoger lo que sembramos. Toda característica de egoísmo, amor propio, estima propia, todo acto de complacencia propia, producirá una cosecha semejante. El que vive para sí está sembrando para la carne, y de la carne cosechará corrupción.
Dios no destruye a ningún hombre. Todo hombre que sea destruido se habrá destruido a sí mismo. Todo el que ahogue las amonestaciones de la conciencia está sembrando las semillas de la incredulidad, y éstas producirán una segura cosecha. Al rechazar la primera amonestación de Dios, el faraón de la antigüedad sembró las semillas de la obstinación, y cosechó obstinación. Dios no lo forzó a la incredulidad.
La semilla de la incredulidad que él sembró, produjo una cosecha según su especie. De aquí que continuara su resistencia, hasta que vio a su país devastado y contempló el cuerpo frío de su primogénito y los primogénitos de todos los que estaban en su casa y de todas las familias de su reino, hasta que las aguas cubrieron sus caballos, sus carros y sus guerreros. Su historia es una tremenda ilustración de la verdad de las palabras de que “todo lo que el hombre sembrare, eso también segará”.8 Si los hombres comprendieran esto, tendrían cuidado de la semilla que siembran.
Puesto que la semilla sembrada produce una cosecha, y ésta a su vez es sembrada, la cosecha se multiplica. Esta ley se cumple en nuestra relación con otros. Cada acto, cada palabra, es una semilla que llevará fruto. Cada acto de bondad bien pensado, de obediencia o de abnegación, se reproducirá en otros, y por medio de ellos, todavía en otros, así como cada acto de envidia, malicia o disensión es una semilla que brotará en “raíz de amargura”,9 con la cual muchos serán contaminados. ¡Y cuánto mayor será el número de los envenenados por los “muchos”! Así prosigue la siembra del bien y del mal para el tiempo y la eternidad.
*****
La liberalidad, tanto en lo espiritual como en las cosas temporales, se enseña en la lección de la semilla sembrada. El Señor dice: “Dichosos vosotros los que sembráis sobre todas aguas”.10 “Esto empero digo: El que siembra escasamente también segará escasamente; y el que siembra en bendiciones, en bendiciones también segará”.11 El sembrar sobre todas las aguas significa impartir continuamente los dones de Dios. Significa dar dondequiera que la causa de Dios o las necesidades de la humanidad demanden nuestra ayuda. Esto no ocasionará la pobreza. “El que siembra en bendiciones, en bendiciones también segará”. El sembrador multiplica su semilla esparciéndola. Tal ocurre con aquellos que son fieles en la distribución de los dones de Dios. Impartiendo sus bendiciones, éstas aumentan. Dios les ha prometido una cantidad suficiente a fin de que puedan continuar dando. “Dad, y se os dará; medida buena, apretada, remecida, y rebosando darán en vuestro seno”.12
Y abarca más que esto la siembra y la cosecha. Cuando distribuimos las bendiciones temporales de Dios, la evidencia de nuestro amor y simpatía despierta en el que las recibe la gratitud y el agradecimiento a Dios. Se prepara el terreno del corazón para recibir las semillas de verdad espiritual. Y el que proporciona la semilla al sembrador hará que éstas germinen y lleven fruto para vida eterna.
*****
Cristo representó su sacrificio redentor por medio del grano echado en la tierra. “Si el grano de trigo no cae en la tierra—dijo Jesús—, y muere, él solo queda; mas si muriere, mucho fruto lleva”.13 Así la muerte de Cristo producirá frutos para el reino de Dios. De acuerdo con la ley del reino vegetal, la vida será el resultado de su muerte.
Y todos los que produzcan frutos como obreros juntamente con Cristo, deben caer primero en la tierra y morir. La vida debe ser echada en el surco de las necesidades del mundo. Deben perecer el amor propio y el egoísmo. Pero la ley del sacrificio propio es la ley de la preservación propia. La semilla enterrada en el suelo produce fruto, y a su vez éste es sembrado. Así se multiplica la cosecha. El agricultor conserva su grano esparciéndolo. Así en la vida humana: dar es vivir. La vida que se preservará será la vida que se dé liberalmente en servicio a Dios y los hombres. Los que sacrifican su vida por Cristo en este mundo, la conservarán eternamente.
*****
La semilla muere para brotar en forma de nueva vida, y en esto se nos enseña la lección de la resurrección. Todos los que aman a Dios vivirán otra vez en el Edén celestial. Dios ha dicho de los cuerpos humanos que yacen en la tumba para convertirse en polvo: “Se siembra en corrupción; se levantará en incorrupción; se siembra en vergüenza, se levantará con gloria; se siembra en flaqueza, se levantará con potencia”.14
*****
Tales son unas pocas de las muchas lecciones enseñadas por la viviente parábola de la naturaleza respecto del sembrador y la semilla. Cuando los padres y los maestros procuran enseñar estas lecciones, deben hacerlo en una forma práctica. Aprendan los niños por sí mismos a preparar el terreno y a sembrar la semilla. Cuando trabaja el padre o maestro puede explicarles acerca del jardín del corazón y la buena o mala semilla que allí se siembra, y así como el jardín puede prepararse para la semilla natural, debe prepararse el corazón para la semilla de la verdad. Cuando esparcen la semilla en el terreno, pueden enseñar la lección de la muerte de Cristo, y cuando surge la espiga, la verdad de la resurrección. Cuando crecen las plantas, puede continuarse con la relación entre la siembra natural y la espiritual.
A los jóvenes debe instruírselos en una forma semejante. Debe enseñárseles a trabajar el terreno. Sería bueno que todas las escuelas tuvieran terreno para el cultivo. Tales terrenos deberían ser considerados como el aula de Dios. Deben considerarse las cosas de la naturaleza como un libro de texto que han de estudiar los hijos de Dios, y del cual pueden obtener el conocimiento relativo al cultivo del alma. Al trabajar el terreno, al disciplinarlo y sojuzgarlo, han de aprenderse lecciones continuamente. Nadie pensaría en establecerse sobre un terreno inculto, esperando que de repente produjera una cosecha. Se necesitan fervor, diligencia y labor perseverante para preparar el terreno para la semilla. Así es en la obra espiritual del corazón humano. Los que quieran beneficiarse con el cultivo del suelo, deben avanzar con la palabra de Dios en su corazón. Encontrarán entonces que el barbecho del corazón ha sido roturado por la influencia subyugadora del Espíritu Santo. A menos que el terreno sea objeto de arduo trabajo, no rendirá cosecha. Así también es el terreno del corazón: el Espíritu de Dios debe trabajar en él para refinarlo y disciplinarlo, antes de que pueda dar fruto para la gloria de Dios.
El terreno no producirá sus riquezas cuando sea trabajado por impulso. Necesita una atención diaria y cuidadosa. Debe ser arado frecuente y profundamente, a fin de mantenerlo libre de las malezas que se alimentan de la buena semilla sembrada. Así preparan la cosecha los que aran y siembran. Nadie debe permanecer en el campo en medio del triste naufragio de sus esperanzas.
La bendición del Señor descansará sobre los que así trabajan la tierra, aprendiendo lecciones espirituales de la naturaleza. Al cultivar el terreno, el obrero sabe poco de los tesoros que se abrirán delante de él. Si bien es cierto que no ha de despreciar la instrucción que pueda recibir de los que tienen experiencia en la obra, y la información que puedan impartirle los hombres inteligentes, debe obtener lecciones por sí mismo. Esta es una parte de su educación. El cultivo del terreno llegará a ser una educación para el alma.
El que hace que brote la semilla y la cuida día y noche, el que le da poder para que se desarrolle, es el Autor de nuestro ser, el Rey del cielo, y él ejerce un cuidado e interés aun mayores hacia sus hijos. Mientras el sembrador humano está sembrando la semilla que mantiene nuestra vida terrenal, el Sembrador divino sembrará en el alma la semilla que dará frutos para vida eterna.
 

Capítulo 7—Un poder que transforma y eleva

Este capítulo está basado en Mateo 13:33Lucas 13:20, 21.
 
Muchos hombres educados y de influencia habían venido a oír al profeta de Galilea. Algunos de ellos miraban con curioso interés la multitud que se había congregado alrededor de Cristo mientras enseñaba a la orilla del mar. En esta gran multitud se hallaban representadas todas las clases de la sociedad. Allí estaban el pobre, el analfabeto, el andrajoso pordiosero, el ladrón que llevaba impreso en su rostro el sello de la culpa, el lisiado, el disoluto, el comerciante y el que no necesitaba trabajar, el encumbrado y el humilde, el rico y el pobre, estrechándose unos contra otros por encontrar un lugar donde estar y escuchar las palabras de Cristo. Al echar un vistazo estos hombres cultos sobre la extraña asamblea se preguntaron: ¿Se compone el reino de Dios de semejante elemento? Nuevamente el Salvador contestó con una parábola:
“El reino de los cielos es semejante a la levadura que tomó una mujer, y escondió en tres medidas de harina, hasta que todo quedó leudo”.
Entre los judíos, la levadura se usaba a veces como símbolo del pecado. Al tiempo de la Pascua, el pueblo era inducido a quitar toda levadura de su casa, así como debía quitar el pecado del corazón. Cristo amonestó a sus discípulos: “Guardaos de la levadura de los fariseos, que es hipocresía”. Y el apóstol Pablo habla de “la levadura de malicia y de maldad”.1 Pero en la parábola del Salvador la levadura se usa para representar el reino de los cielos. Ilustra el poder vivificante y asimilador de la gracia de Dios.
Ninguna persona es tan vil, nadie ha caído tan bajo que esté fuera del alcance de la obra de ese poder. En todos los que se sometan al Espíritu Santo, ha de ser implantado un nuevo principio de vida: la perdida imagen de Dios ha de ser restaurada en la humanidad.
Pero el hombre no puede transformarse a sí mismo por el ejercicio de su voluntad. No posee el poder capaz de obrar este cambio. La levadura, algo completamente externo, debe ser colocada dentro de la harina antes que el cambio deseado pueda operarse en la misma. Así la gracia de Dios debe ser recibida por el pecador antes que pueda ser hecho apto para el reino de gloria. Toda la cultura y la educación que el mundo puede dar, no podrán convertir a una criatura degradada por el pecado en un hijo del cielo. La energía renovadora debe venir de Dios. El cambio puede ser efectuado sólo por el Espíritu Santo. Todos los que quieran ser salvos, sean encumbrados o humildes, ricos o pobres, deben someterse a la operación de este poder.
Como la levadura, cuando se mezcla con la harina, obra desde adentro hacia afuera, tal ocurre con la renovación del corazón que la gracia de Dios produce para transformar la vida. No es suficiente un mero cambio externo para ponernos en armonía con Dios. Hay muchos que tratan de reformarlo corrigiendo este o aquel mal hábito, y esperan llegar a ser cristianos de esta manera, pero ellos están comenzando en un lugar erróneo. Nuestra primera obra tiene que ver con el corazón.
El profesar la fe y el poseer la verdad en el alma son dos cosas diferentes. El mero conocimiento de la verdad no es suficiente. Podemos poseer ese conocimiento, pero el tenor de nuestros pensamientos puede seguir siendo el mismo. El corazón debe ser convertido y santificado.
El hombre que trata de guardar los mandamientos de Dios solamente por un sentido de obligación—porque se le exige que lo haga—nunca entrará en el gozo de la obediencia. El no obedece. Cuando los requerimientos de Dios son considerados como una carga porque se oponen a la inclinación humana, podemos saber que la vida no es una vida cristiana. La verdadera obediencia es el resultado de la obra efectuada por un principio implantado dentro. Nace del amor a la justicia, el amor a la ley de Dios. La esencia de toda justicia es la lealtad a nuestro Redentor. Esto nos inducirá a hacer lo bueno porque es bueno, porque el hacer el bien agrada a Dios.
La gran verdad de la conversión del corazón por el Espíritu Santo es presentada en las palabras que Cristo dirigiera a Nicodemo: “De cierto, de cierto te digo, que el que no naciere otra vez, no puede ver el reino de Dios... Lo que es nacido de la carne, carne es; y lo que es nacido del Espíritu, espíritu es. No te maravilles de que te dije: Os es necesario nacer otra vez. El viento de donde quiere sopla, y oyes su sonido; mas no sabes de dónde viene, ni a dónde vaya: así es todo aquel que es nacido del Espíritu”.2
El apóstol Pablo, escribiendo por la inspiración del Espíritu Santo, dice: “Dios, que es rico en misericordia, por su mucho amor con que nos amó, aun estando nosotros muertos en pecado, nos dio vida juntamente con Cristo; por gracia sois salvos; y juntamente nos resucitó, y asimismo nos hizo sentar en los cielos con Cristo Jesús, para mostrar en los siglos venideros las abundantes riquezas de su gracia en su bondad para con nosotros en Cristo Jesús. Porque por gracia sois salvos por la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios”.3
La levadura escondida en la harina trabaja en forma invisible para hacer que toda la masa se halle bajo el proceso del leudamiento; así la levadura de la verdad trabaja secreta, silenciosa, invariablemente para transformar el alma. Las inclinaciones naturales son mitigadas y sometidas. Nuevos pensamientos, nuevos sentimientos, nuevos motivos son implantados. Se traza una nueva norma del carácter: la vida de Cristo. La mente es cambiada; las facultades son despertadas para obrar en nuevas direcciones. El hombre no es dotado de nuevas facultades, sino que las facultades que tiene son santificadas. La conciencia se despierta. Somos dotados de rasgos de carácter que nos capacitan para servir a Dios.
A menudo se levanta la pregunta: ¿Por qué, entonces, hay tantos que pretenden creer en la Palabra de Dios, en los cuales no se ve una reforma en las palabras, en el espíritu y en el carácter? ¿Por qué hay tantos que no pueden soportar la oposición a sus propósitos y planes, que manifiestan un temperamento no santificado, y cuyas palabras son ásperas, despóticas y apasionadas? Se ve en ellos el mismo amor al yo, la misma indulgencia egoísta, el mismo mal genio y lenguaje precipitado que se notan en la vida de los mundanos. Existe el mismo orgullo sensible, la misma concesión a la inclinación natural, la misma perversidad de carácter que si la verdad fuera completamente desconocida para ellos. La razón es que no están convertidos. No han escondido la levadura de la verdad en su corazón. No ha habido oportunidad para que ella realizara su obra. Sus tendencias naturales y cultivadas a hacer lo malo no han sido sometidas a su poder transformador. Sus vidas revelan la ausencia de la gracia de Cristo, una falta de fe en su poder para transformar el carácter.
“La fe es por el oír; y el oír por la palabra de Dios”.4 Las Escrituras constituyen el gran agente en la transformación del carácter. Cristo oró: “Santifícalos en tu verdad: tu palabra es verdad”.5 Si se la estudia y obedece, la Palabra de Dios obra en el corazón, subyugando todo atributo no santificado. El Espíritu Santo viene a convencer del pecado, y la fe que nace en el corazón obra por amor a Cristo, y nos conforma en cuerpo, alma y espíritu a su propia imagen. Entonces Dios puede usarnos para hacer su voluntad. El poder que se nos da obra desde adentro hacia afuera, induciéndonos a comunicar a otros la verdad que nos ha sido transmitida.
Las verdades de la Palabra de Dios hacen frente a la gran necesidad práctica del hombre: la conversión del alma por medio de la fe. No ha de pensarse que estos grandes principios son demasiado puros y santos para ser aplicados en la vida diaria. Son verdades que llegan al cielo y alcanzan la eternidad; y sin embargo, su influencia vital ha de ser entretejida en la experiencia humana. Han de compenetrar todas las grandes y pequeñas cosas de la vida.
Recibida en el corazón, la levadura de la verdad regulará los deseos, purificará los pensamientos, dulcificará la disposición. Aviva las facultades de la mente y las energías del alma. Aumenta la capacidad de sentir, de amar.
El mundo considera como un misterio al hombre imbuido de este principio. El hombre egoísta y amador del dinero vive sólo para conseguir las riquezas, los honores y los placeres de este mundo. Omite de sus cálculos el mundo eterno. Pero en el caso del seguidor de Cristo, estas cosas no lo absorberán todo. Por causa de Cristo, trabajará y se negará a sí mismo, para poder ayudar en la gran obra de salvar a las almas que se hallan sin Cristo y sin esperanza en el mundo. El mundo no puede comprender a un hombre tal; porque él tiene en cuenta realidades eternas. El amor de Cristo con su poder redentor ha venido a su corazón. Este amor subyuga todo otro motivo, y eleva a su poseedor por encima de la influencia corruptora del mundo.
La palabra de Dios ha de tener un efecto santificador en nuestra relación con cada miembro de la familia humana. La levadura de la verdad no producirá espíritu de rivalidad, ambición, deseo de primacía. El amor verdadero nacido del cielo no es egoísta y cambiable. No depende de la alabanza humana. El corazón de aquel que recibe la gracia de Dios desborda de amor a Dios y a aquellos por los cuales Cristo murió. El yo no lucha para ser reconocido. No ama a otros porque ellos lo aman a él y le agradan, porque aprecian sus méritos, sino porque constituyen una posesión comprada por Cristo. Si sus motivos, palabras o acciones son mal entendidas o falseadas, no se ofende, sino que prosigue invariable su camino. Es amable y considerado, humilde en la opinión que tiene de sí mismo, y sin embargo lleno de esperanza, y siempre confía en la misericordia y el amor de Dios.
El apóstol nos exhorta: “Conforme es santo aquel que os ha llamado, sed también vosotros santos, en toda vuestra manera de vivir; porque está escrito: Habéis de ser santos, porque yo soy santo”.6 La gracia de Cristo ha de dominar el genio y la voz. Su obra se revelará en la cortesía y la tierna consideración mostradas por el hermano hacia el hermano, con palabras bondadosas y alentadoras. Existe una presencia angelical en el hogar. La vida despide un dulce perfume que asciende a Dios como sagrado incienso. El amor se manifiesta en la bondad, la gentileza, la tolerancia y la longanimidad.
El semblante cambia. Cristo que habita en el corazón, brilla en el rostro de aquellos que le aman y guardan sus mandamientos. La verdad queda escrita allí. Se revela la dulce paz del cielo. Se expresan allí una bondad habitual, un amor más que humano.
La levadura de la verdad efectúa un cambio en todo el hombre, convirtiendo al rústico en refinado, al áspero en amable, al egoísta en generoso. Por su medio el impuro queda limpio, lavado en la sangre del Cordero. Por medio de su poder vivificante, hace que la totalidad de la mente, el alma y las fuerzas quede en armonía con la vida divina. El hombre con su naturaleza humana llega a serpartícipe de la divinidad. Cristo es honrado con la excelencia y la perfección del carácter. Y mientras se efectúan estos cambios, los ángeles rompen en himnos arrobadores, y Dios y Cristo se regocijan sobre las almas transformadas a la semejanza divina.