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Capítulo 45—Previsiones de la cruz

Este capítulo está basado en Mateo 16:13-28; Marcos 8:27-38; Lucas 9:18-27.

La obra de Cristo en la tierra se acercaba rápidamente a su fin. Delante de él, en vívido relieve, se hallaban las escenas hacia las cuales sus pies le llevaban. Aun antes de asumir la humanidad, vió toda la senda que debía recorrer a fin de salvar lo que se había perdido. Cada angustia que iba a desgarrar su corazón, cada insulto que iba a amontonarse sobre su cabeza, cada privación que estaba llamado a soportar, fueron presentados a su vista antes que pusiera a un lado su corona y manto reales y bajara del trono para revestir su divinidad con la humanidad. La senda del pesebre hasta el Calvario estuvo toda delante de sus ojos. Conoció la angustia que le sobrevendría. La conoció toda, y sin embargo dijo: “He aquí yo vengo; (en el rollo del libro está escrito de mí); me complazco en hacer tu voluntad, oh Dios mío, y tu ley está en medio de mi corazón.”1

Tuvo siempre presente el resultado de su misión. Su vida terrenal, tan llena de trabajo y abnegación, fué alegrada por la perspectiva de que no soportaría todas esas penurias en vano. Dando su vida por la de los hombres, haría volver el mundo a su lealtad a Dios. Aunque primero debía recibir el bautismo de sangre; aunque los pecados del mundo iban a abrumar su alma inocente; aunque la sombra de una desgracia indecible pesaba sobre él; por el gozo que le fué propuesto, decidió soportar la cruz y menospreció el oprobio.

Pero las escenas que le esperaban estaban todavía ocultas para los elegidos compañeros de su ministerio; no obstante se acercaba el tiempo en que deberían contemplar su agonía. Deberían ver a Aquel a quien amaban y en quien confiaban entregado a sus enemigos y colgado de la cruz del Calvario. Pronto tendría que dejar que afrontaran el mundo sin el consuelo de su presencia visible. El sabía cómo los perseguirían el odio acérrimo y la incredulidad, y deseaba prepararlos para sus pruebas.

Jesús y sus discípulos habían llegado a uno de los pueblos que rodeaban a Cesarea de Filipos. Estaban fuera de los límites de Galilea, en una región donde prevalecía la idolatría. Allí se encontraban los discípulos apartados de la influencia predominante del judaísmo y relacionados más íntimamente con el culto pagano. En derredor de sí, veían representadas las formas de la superstición que existían en todas partes del mundo. Jesús deseaba que la contemplación de estas cosas los indujese a sentir su responsabilidad hacía los paganos. Durante su estada en dicha región, trató de substraerse a la tarea de enseñar a la gente, a fin de dedicarse más plenamente a sus discípulos.

Iba a hablarles de los sufrimientos que le aguardaban. Pero primero se apartó solo y rogó a Dios que sus corazones fuesen preparados para recibir sus palabras. Al reunírseles, no les comunicó en seguida lo que deseaba impartirles. Antes de hacerlo, les dió una oportunidad de confesar su fe en él para que pudiesen ser fortalecidos para la prueba venidera. Preguntó: “¿Quién dicen los hombres que es el Hijo del hombre?”

Con tristeza, los discípulos se vieron obligados a confesar que Israel no había sabido reconocer a su Mesías. En verdad, al ver sus milagros, algunos le habían declarado Hijo de David. Las multitudes que habían sido alimentadas en Betsaida habían deseado proclamarle rey de Israel. Muchos estaban listos para aceptarle como profeta; pero no creían que fuese el Mesías.

Jesús hizo entonces una segunda pregunta relacionada con los discípulos mismos: “Y vosotros, ¿quién decís que soy?” Pedro respondió: “Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente.”

Desde el principio, Pedro había creído que Jesús era el Mesías. Muchos otros que habían sido convencidos por la predicación de Juan el Bautista y que habían aceptado a Cristo, empezaron a dudar en cuanto a la misión de Juan cuando fué encarcelado y ejecutado; y ahora dudaban que Jesús fuese el Mesías a quien habían esperado tanto tiempo. Muchos de los discípulos que habían esperado ardientemente que Jesús ocupase el trono de David, le dejaron cuando percibieron que no tenía tal intención. Pero Pedro y sus compañeros no se desviaron de su fidelidad. El curso vacilante de aquellos que ayer le alababan y hoy le condenaban no destruyó la fe del verdadero seguidor del Salvador. Pedro declaró: “Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente.” El no esperó que los honores regios coronasen a su Señor, sino que le aceptó en su humillación.

Pedro había expresado la fe de los doce. Sin embargo, los discípulos distaban mucho de comprender la misión de Cristo. La oposición y las mentiras de los sacerdotes y gobernantes, aun cuando no podían apartarlos de Cristo, les causaban gran perplejidad. Ellos no veían claramente el camino. La influencia de su primera educación, la enseñanza de los rabinos, el poder de la tradición, seguían interceptando su visión de la verdad. De vez en cuando resplandecían sobre ellos los preciosos rayos de luz de Jesús; mas con frecuencia eran como hombres que andaban a tientas en medio de las sombras. Pero en ese día, antes que fuesen puestos frente a frente con la gran prueba de su fe, el Espíritu Santo descansó sobre ellos con poder. Por un corto tiempo sus ojos fueron apartados de “las cosas que se ven,” para contemplar “las que no se ven.”2 Bajo el disfraz de la humanidad, discernieron la gloria del Hijo de Dios.

Jesús contestó a Pedro: “Bienaventurado eres, Simón, hijo de Jonás; porque no te lo reveló carne ni sangre, mas mi Padre que está en los cielos.”

La verdad que Pedro había confesado es el fundamento de la fe del creyente. Es lo que Cristo mismo ha declarado ser vida eterna. Pero la posesión de este conocimiento no era motivo de engreimiento. No era por ninguna sabiduría o bondad propia de Pedro por lo que le había sido revelada esa verdad. Nunca puede la humanidad de por sí alcanzar un conocimiento de lo divino. “Es más alto que los cielos: ¿qué harás? Es más profundo que el infierno: ¿cómo lo conocerás?”3 Únicamente el espíritu de adopción puede revelarnos las cosas profundas de Dios, que “ojo no vió, ni oído oyó, y que jamás entraron en pensamiento humano.” “Pero a nosotros nos las ha revelado Dios por medio de su Espíritu; porque el Espíritu escudriña todas las cosas, y aun las cosas profundas de Dios.”4 “El secreto de Jehová es para los que le temen;” y el hecho de que Pedro discernía la gloria de Dios era evidencia de que se contaba entre los que habían sido “enseñados de Dios.”5 ¡Ah! en verdad, “bienaventurado eres, Simón, hijo de Jonás; porque no te lo reveló carne ni sangre.”

Jesús continuó: “Mas yo también te digo, que tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi iglesia; y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella.” La palabra Pedro significa piedra, canto rodado. Pedro no era la roca sobre la cual se fundaría la iglesia. Las puertas del infierno prevalecieron contra él cuando negó a su Señor con imprecaciones y juramentos. La iglesia fué edificada sobre Aquel contra quien las puertas del infierno no podían prevalecer.

Siglos antes del advenimiento del Salvador, Moisés había señalado la roca de la salvación de Israel. El salmista había cantado acerca de “la roca de mi fortaleza.” Isaías había escrito: “Por tanto, el Señor Jehová dice así: He aquí que yo fundo en Sión una piedra, piedra de fortaleza, de esquina, de precio, de cimiento estable.”6 Pedro mismo, escribiendo por inspiración, aplica esta profecía a Jesús. Dice: “Si habéis gustado y probado que es bueno el Señor. Allegándoos a él, como a piedra viva, rechazada en verdad de los hombres, mas para con Dios escogida y preciosa, vosotros también, como piedras vivas, sois edificados en un templo espiritual.”7

“Porque nadie puede poner otro fundamento que el que está puesto, el cual es Jesucristo.”8 “Sobre esta piedra—dijo Jesús,—edificaré mi iglesia.” En la presencia de Dios y de todos los seres celestiales, en la presencia del invisible ejército del infierno, Cristo fundó su iglesia sobre la Roca viva. Esa Roca es él mismo—su propio cuerpo quebrantado y herido por nosotros. Contra la iglesia edificada sobre ese fundamento, no prevalecerán las puertas del infierno.

Cuán débil parecía la iglesia cuando Cristo pronunció estas palabras. Se componía apenas de un puñado de creyentes contra quienes se dirigía todo el poder de los demonios y de los hombres malos; sin embargo, los discípulos de Cristo no debían temer. Edificados sobre la Roca de su fortaleza, no podían ser derribados.

Durante seis mil años, la fe ha edificado sobre Cristo. Durante seis mil años, las tempestades y los embates de la ira satánica han azotado la Roca de nuestra salvación; pero ella sigue inconmovible.

Pedro había expresado la verdad que es el fundamento de la fe de la iglesia, y Jesús le honró como representante de todo el cuerpo de los creyentes. Dijo: “A ti daré las llaves del reino de los cielos; y todo lo que ligares en la tierra será ligado en los cielos; y todo lo que desatares en la tierra será desatado en los cielos.”

“Las llaves del reino de los cielos” son las palabras de Cristo. Todas las palabras de la Santa Escritura son suyas y están incluídas en esa frase. Esas palabras tienen poder para abrir y cerrar el cielo. Declaran las condiciones bajo las cuales los hombres son recibidos o rechazados. Así la obra de aquellos que predican la Palabra de Dios tiene sabor de vida para vida o de muerte para muerte. La suya es una misión cargada de resultados eternos.

El Salvador no confió la obra del Evangelio a Pedro individualmente. En una ocasión ulterior, repitiendo las palabras que fueron dichas a Pedro, las aplicó directamente a la iglesia. Y lo mismo fué dicho en substancia también a los doce como representantes del cuerpo de creyentes. Si Jesús hubiese delegado en uno de los discípulos alguna autoridad especial sobre los demás, no los encontraríamos contendiendo con tanta frecuencia acerca de quién sería el mayor. Se habrían sometido al deseo de su Maestro y habrían honrado a aquel a quien él hubiese elegido.

En vez de nombrar a uno como su cabeza, Cristo dijo de los discípulos: “No queráis ser llamados Rabbí;” “ni seáis llamados maestros; porque uno es vuestro Maestro, el Cristo.”9

“Cristo es la cabeza de todo varón.” Dios, quien puso todas las cosas bajo los pies del Salvador, “diólo por cabeza sobre todas las cosas a la iglesia, la cual es su cuerpo, la plenitud de Aquel que hinche todas las cosas en todos.”10 La iglesia está edificada sobre Cristo como su fundamento; ha de obedecer a Cristo como su cabeza. No debe depender del hombre, ni ser regida por el hombre. Muchos sostienen que una posición de confianza en la iglesia les da autoridad para dictar lo que otros hombres deben creer y hacer. Dios no sanciona esta pretensión. El Salvador declara: “Todos vosotros sois hermanos.” Todos están expuestos a la tentación y pueden errar. No podemos depender de ningún ser finito para ser guiados. La Roca de la fe es la presencia viva de Cristo en la iglesia. De ella puede depender el más débil, y los que se creen los más fuertes resultarán los más débiles, a menos que hagan de Cristo su eficiencia. “Maldito el varón que confía en el hombre, y pone carne por su brazo.” El Señor “es la Roca, cuya obra es perfecta.” “Bienaventurados todos los que en él confían.”11

Después de la confesión de Pedro, Jesús encargó a los discípulos que a nadie dijeran que él era el Cristo. Este encargo fué hecho por causa de la resuelta oposición de los escribas y fariseos. Aun más, la gente y los discípulos mismos tenían un concepto tan falso del Mesías, que el anunciar públicamente su venida no les daría una verdadera idea de su carácter o de su obra. Pero día tras día, se estaba revelando a ellos como el Salvador, y así deseaba darles un verdadero concepto de sí como el Mesías.

Los discípulos seguían esperando que Cristo reinase como príncipe temporal. Creían que, si bien les había ocultado durante tanto tiempo su designio, no permanecería siempre en la pobreza y obscuridad; que debía estar acercándose el tiempo en que establecería su reino. Nunca creyeron los discípulos que los sacerdotes y rabinos no iban a cejar en su odio, que Cristo sería rechazado por su propia nación, condenado como impostor y crucificado como malhechor. Pero la hora del poder de las tinieblas se acercaba y Jesús debía explicar a sus discípulos el conflicto que les esperaba. El se entristecía al pensar en la prueba.

Hasta entonces había evitado darles a conocer cualquier cosa que se relacionase con sus sufrimientos y su muerte. En su conversación con Nicodemo había dicho: “Como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así es necesario que el Hijo del hombre sea levantado; para que todo aquel que en él creyere, no se pierda, sino que tenga vida eterna.”12 Pero los discípulos no lo habían oído, y si lo hubiesen oído, no lo habrían comprendido. Pero ahora habían estado con Jesús, escuchando sus palabras y contemplando sus obras, hasta que, no obstante la humildad de su ambiente y la oposición de los sacerdotes y del pueblo, podían unirse al testimonio de Pedro: “Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente.” Ahora había llegado el momento de apartar el velo que ocultaba el futuro. “Desde aquel tiempo comenzó Jesús a declarar a sus discípulos que le convenía ir a Jerusalem, y padecer mucho de los ancianos, y de los príncipes de los sacerdotes, y de los escribas; y ser muerto, y resucitar al tercer día.”

Los discípulos escuchaban mudos de tristeza y asombro. Cristo había aceptado el reconocimiento de Pedro cuando le declaró Hijo de Dios; y ahora sus palabras, que anunciaban sus sufrimientos y su muerte, parecían incomprensibles. Pedro no pudo guardar silencio. Se asió de su Maestro como para apartarlo de su suerte inminente, exclamando: “Señor, ten compasión de ti: en ninguna manera esto te acontezca.”

Pedro amaba a su Señor; pero Jesús no le elogió por manifestar así el deseo de escudarle del sufrimiento. Las palabras de Pedro no eran de naturaleza que fuesen de ayuda y solaz para Jesús en la gran prueba que le esperaba. No estaban en armonía con el misericordioso propósito de Dios hacia un mundo perdido, ni con la lección de abnegación que Jesús había venido a enseñar por su propio ejemplo. Pedro no deseaba ver la cruz en la obra de Cristo. La impresión que sus palabras hacían se oponía directamente a la que Jesús deseaba producir en la mente de sus seguidores, y el Salvador fué movido a pronunciar una de las más severas reprensiones que jamás salieran de sus labios: “Quítate de delante de mí, Satanás; me eres escándalo; porque no entiendes lo que es de Dios sino lo que es de los hombres.”

Satanás estaba tratando de desalentar a Jesús y apartarle de su misión; y Pedro, en su amor ciego, estaba dando voz a la tentación. El príncipe del mal era el autor del pensamiento. Su instigación estaba detrás de aquella súplica impulsiva. En el desierto, Satanás había ofrecido a Cristo el dominio del mundo a condición de que abandonase la senda de la humillación y del sacrificio. Ahora estaba presentando la misma tentación al discípulo de Cristo. Estaba tratando de fijar la mirada de Pedro en la gloria terrenal, a fin de que no contemplase la cruz hacia la cual Jesús deseaba dirigir sus ojos. Por medio de Pedro, Satanás volvía a apremiar a Jesús con la tentación. Pero el Salvador no le hizo caso; pensaba en su discípulo. Satanás se había interpuesto entre Pedro y su Maestro, a fin de que el corazón del discípulo no fuese conmovido por la visión de la humillación de Cristo en su favor. Las palabras de Cristo fueron pronunciadas, no a Pedro, sino a aquel que estaba tratando de separarle de su Redentor. “Quítate de delante de mí, Satanás.” No te interpongas más entre mí y mi siervo errante. Déjame llegar cara a cara con Pedro para que pueda revelarle el misterio de mi amor.

Fué una amarga lección para Pedro, una lección que aprendió lentamente, la de que la senda de Cristo en la tierra pasaba por la agonía y la humillación. El discípulo rehuía la comunión con su Señor en el sufrimiento; pero en el calor del horno, había de conocer su bendición. Mucho tiempo más tarde, cuando su cuerpo activo se inclinaba bajo el peso de los años y las labores, escribió: “Carísimos, no os maravilléis cuando sois examinados por fuego, lo cual se hace para vuestra prueba, como si alguna cosa peregrina os aconteciese; antes bien gozaos en que sois participantes de las aflicciones de Cristo; para que también en la revelación de su gloria os gocéis en triunfo.”13

Jesús explicó entonces a sus discípulos que su propia vida de abnegación era un ejemplo de lo que debía ser la de ellos. Llamando a su derredor juntamente con sus discípulos a la gente que había permanecido cerca, dijo: “Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, y tome su cruz cada día, y sígame.” La cruz iba asociada con el poder de Roma. Era el instrumento del suplicio mortal más cruel y humillante. Se obligaba a los más bajos criminales a que llevasen la cruz hasta el lugar de su ejecución; y con frecuencia, cuando se la estaban por poner sobre los hombros, resistían con desesperada violencia, hasta que quedaban dominados y se ataba sobre ellos el instrumento de tortura. Pero Jesús ordenaba a sus discípulos que tomaran la cruz para llevarla en pos de él. Para los discípulos, sus palabras, aunque vagamente comprendidas, señalaban su sumisión a la más acerba humillación, una sumisión hasta la muerte por causa de Cristo. El Salvador no podría haber descrito una entrega más completa. Pero todo esto él lo había aceptado por ellos. Jesús no reputó el cielo como lugar deseable mientras estábamos perdidos. El dejó los atrios celestiales, para venir a llevar una vida de oprobios e insultos, y soportar una muerte ignominiosa. El que era rico en los inestimables tesoros del cielo se hizo pobre, a fin de que por su pobreza fuésemos enriquecidos. Hemos de seguir la senda que él pisó.

El amor hacia las almas por las cuales Cristo murió significa crucificar al yo. El que es hijo de Dios debe desde entonces considerarse como eslabón de la cadena arrojada para salvar al mundo. Es uno con Cristo en su plan de misericordia y sale con él a buscar y salvar a los perdidos. El cristiano ha de comprender siempre que se ha consagrado a Dios y que en su carácter ha de revelar a Cristo al mundo. La abnegación, la simpatía y el amor manifestados en la vida de Cristo han de volver a aparecer en la vida del que trabaja para Dios.

“El que quisiere salvar su vida, la perderá; y el que perdiere su vida por causa de mí y del evangelio la salvará.” El egoísmo es muerte. Ningún órgano del cuerpo podría vivir si limitase su servicio a sí mismo. Si el corazón dejase de mandar sangre a la mano y a la cabeza, no tardaría en perder su fuerza. Así como nuestra sangre vital, el amor de Cristo se difunde por todas las partes de su cuerpo místico. Somos miembros unos de otros, y el alma que se niega a impartir perecerá. Y “¿de qué aprovecha al hombre—dijo Jesús,—si granjeare todo el mundo, y perdiere su alma? O ¿qué recompensa dará el hombre por su alma?”

Más allá de la pobreza y humillación del presente, él señaló a sus discípulos su venida en gloria, no con el esplendor de un trono terrenal, sino con la gloria de Dios y las huestes celestiales. Y entonces, dijo, “pagará a cada uno conforme a sus obras.” Luego, para alentarlos, les dió la promesa: “De cierto os digo: hay algunos de los que están aquí, que no gustarán la muerte, hasta que hayan visto al Hijo del hombre viniendo en su reino.” Pero los discípulos no comprendieron sus palabras. La gloria parecía lejana. Sus ojos estaban fijos en la visión más cercana, la vida terrenal de pobreza, de humillación y sufrimiento. ¿Debían abandonar sus brillantes expectativas del reino del Mesías? ¿No habían de ver a su Señor exaltado al trono de David? ¿Podría ser que Cristo hubiera de vivir como humilde vagabundo sin hogar, y hubiera de ser despreciado, rechazado y ejecutado? La tristeza oprimía su corazón, por cuanto amaban a su Maestro. La duda acosaba también sus mentes, porque les parecía incomprensible que el Hijo de Dios fuese sometido a tan cruel humillación. Se preguntaban por qué habría de ir voluntariamente a Jerusalén para recibir el trato que les había dicho que iba a recibir. ¿Cómo podía resignarse a una suerte tal y dejarlos en mayores tinieblas que aquellas en las cuales se debatían antes que se revelase a ellos?

En la región de Cesarea de Filipos, Cristo estaba fuera del alcance de Herodes y Caifás, razonaban los discípulos. No tenían nada que temer del odio de los judíos ni del poder de los romanos. ¿Por qué no trabajar allí, lejos de los fariseos? ¿Por qué necesitaba entregarse a la muerte? Si había de morir, ¿cómo podría establecerse su reino tan firmemente que las puertas del infierno no prevaleciesen contra él? Para los discípulos, esto era, a la verdad, un misterio.

Ya estaban viajando por la ribera del mar de Galilea hacia la ciudad donde todas sus esperanzas quedarían destrozadas. No se atrevían a reprender a Cristo, pero conversaban entre sí en tono bajo y pesaroso acerca de lo que sería el futuro. Aun en medio de sus dudas, se aferraban al pensamiento de que alguna circunstancia imprevista podría impedir la suerte que parecía aguardar a su Señor. Así se entristecieron y dudaron, esperaron y temieron, durante seis largos y lóbregos días.


Capítulo 46—La transfiguración

Este capítulo está basado en Mateo 17:1-8; Marcos 9:2-8; Lucas 9:28-36.

La noche se estaba acercando cuando Jesús llamó a su lado a tres de sus discípulos, Pedro, Santiago y Juan y los condujo, a través de los campos y por una senda escarpada, hasta una montaña solitaria. El Salvador y sus discípulos habían pasado el día viajando y enseñando, y la ascensión a la montaña aumentaba su cansancio. Cristo había aliviado a muchos dolientes de sus cargas mentales y corporales; había hecho pasar impulsos de vida por sus cuerpos debilitados; pero también él estaba vestido de humanidad y, juntamente con sus discípulos, se sentía cansado por la ascensión.

La luz del sol poniente se detenía en la cumbre y doraba con su gloria desvaneciente el sendero que recorrían. Pero pronto la luz desapareció tanto de las colinas como de los valles y el sol se hundió bajo el horizonte occidental, y los viajeros solitarios quedaron envueltos en la obscuridad de la noche. La lobreguez de cuanto los rodeaba parecía estar en armonía con sus vidas pesarosas, en derredor de las cuales se congregaban y espesaban las nubes.

Los discípulos no se atrevían a preguntarle a Cristo adónde iba ni con qué fin. Con frecuencia él había pasado noches enteras orando en las montañas. Aquel cuya mano había formado los montes y valles se encontraba en casa con la naturaleza, y disfrutaba su quietud. Los discípulos siguieron a Cristo adonde los llevaba, aunque preguntándose por qué su Maestro los conducía a esa penosa ascensión cuando ya estaban cansados y cuando él también necesitaba reposo.

Finalmente, Cristo les dice que no han de ir más lejos. Apartándose un poco de ellos, el Varón de dolores derrama sus súplicas con fuerte clamor y lágrimas. Implora fuerzas para soportar la prueba en favor de la humanidad. El mismo debe establecer nueva comunión con la Omnipotencia, porque únicamente así puede contemplar lo futuro. Y vuelca los anhelos de su corazón en favor de sus discípulos, para que en la hora del poder de las tinieblas no les falte la fe. El rocío cae abundantemente sobre su cuerpo postrado, pero él no le presta atención. Las espesas sombras de la noche le rodean, pero él no considera su lobreguez. Y así las horas pasan lentamente. Al principio, los discípulos unen sus oraciones a las suyas con sincera devoción; pero después de un tiempo los vence el cansancio y, a pesar de que procuran sostener su interés en la escena, se duermen. Jesús les ha hablado de sus sufrimientos; los trajo consigo esta noche para que pudiesen orar con él; aun ahora está orando por ellos. El Salvador ha visto la tristeza de sus discípulos, y ha deseado aliviar su pesar dándoles la seguridad de que su fe no ha sido inútil. No todos, aun entre los doce, pueden recibir la revelación que desea impartirles. Sólo los tres que han de presenciar su angustia en el Getsemaní han sido elegidos para estar con él en el monte. Ahora, su principal petición es que les sea dada una manifestación de la gloria que tuvo con el Padre antes que el mundo fuese, que su reino sea revelado a los ojos humanos, y que sus discípulos sean fortalecidos para contemplarlo. Ruega que ellos puedan presenciar una manifestación de su divinidad que los consuele en la hora de su agonía suprema, con el conocimiento de que él es seguramente el Hijo de Dios, y que su muerte ignominiosa es parte del plan de la redención.

Su oración es oída. Mientras está postrado humildemente sobre el suelo pedregoso, los cielos se abren de repente, las áureas puertas de la ciudad de Dios quedan abiertas de par en par, y una irradiación santa desciende sobre el monte, rodeando la figura del Salvador. Su divinidad interna refulge a través de la humanidad, y va al encuentro de la gloria que viene de lo alto. Levantándose de su posición postrada, Cristo se destaca con majestad divina. Ha desaparecido la agonía de su alma. Su rostro brilla ahora “como el sol” y sus vestiduras son “blancas como la luz.”

Los discípulos, despertándose, contemplan los raudales de gloria que iluminan el monte. Con temor y asombro, miran el cuerpo radiante de su Maestro. Y al ser habilitados para soportar la luz maravillosa, ven que Jesús no está solo. Al lado de él, hay dos seres celestiales, que conversan íntimamente con él. Son Moisés, quien había hablado sobre el Sinaí con Dios, y Elías, a quien se concedió el alto privilegio—otorgado tan sólo a otro de los hijos de Adán—de no pasar bajo el poder de la muerte.

Quince siglos antes, sobre el monte Pisga, Moisés había contemplado la tierra prometida. Pero a causa de su pecado en Meriba, no le fué dado entrar en ella. No le tocó el gozo de conducir a la hueste de Israel a la herencia de sus padres. Su ferviente súplica: “Pase yo, ruégote, y vea aquella tierra buena, que está a la parte allá del Jordán, aquel buen monte, y el Líbano,”1 fué denegada. La esperanza que durante cuarenta años había iluminado las tinieblas de sus peregrinaciones por el desierto, debió frustrarse. Una tumba en el desierto fué el fin de aquellos años de trabajo y congoja pesada. Pero “Aquel que es poderoso para hacer todas las cosas mucho más abundantemente de lo que pedimos o entendemos,”2 había contestado en esta medida la oración de su siervo. Moisés pasó bajo el dominio de la muerte, pero no permaneció en la tumba. Cristo mismo le devolvió la vida. Satanás, el tentador, había pretendido el cuerpo de Moisés por causa de su pecado; pero Cristo el Salvador lo sacó del sepulcro.3

En el monte de la transfiguración, Moisés atestiguaba la victoria de Cristo sobre el pecado y la muerte. Representaba a aquellos que saldrán del sepulcro en la resurrección de los justos. Elías, que había sido trasladado al cielo sin ver la muerte, representaba a aquellos que estarán viviendo en la tierra cuando venga Cristo por segunda vez, aquellos que serán “transformados, en un momento, en un abrir de ojo, a la final trompeta;” cuando “esto mortal sea vestido de inmortalidad,” y “esto corruptible fuere vestido de incorrupción.”4 Jesús estaba vestido por la luz del cielo, como aparecerá cuando venga “la segunda vez, sin pecado, ... para salud.” Porque él vendrá “en la gloria de su Padre con los santos ángeles.”5 La promesa que hizo el Salvador a los discípulos quedó cumplida. Sobre el monte, el futuro reino de gloria fué representado en miniatura: Cristo el Rey, Moisés el representante de los santos resucitados, y Elías de los que serán trasladados.

Los discípulos no comprenden todavía la escena; pero se regocijan de que el paciente Maestro, el manso y humilde, que ha peregrinado de acá para allá como extranjero sin ayuda, ha sido honrado por los favorecidos del cielo. Creen que Elías ha venido para anunciar el reinado del Mesías, y que el reino de Cristo está por establecerse en la tierra. Quieren desterrar para siempre el recuerdo de su temor y desaliento. Desean permanecer allí donde la gloria de Dios se revela. Pedro exclama: “Maestro, bien será que nos quedemos aquí, y hagamos tres pabellones: para ti uno, y para Moisés otro, y para Elías otro.” Los discípulos confían en que Moisés y Elías han sido enviados para proteger a su Maestro y establecer su autoridad real.

Pero antes de la corona debe venir la cruz; y el tema de la conferencia con Jesús no es su inauguración como rey, sino su fallecimiento, que ha de acontecer en Jerusalén. Llevando la debilidad de la humanidad y cargado con su tristeza y pecado, Cristo anduvo solo en medio de los hombres. Mientras las tinieblas de la prueba venidera le apremiaban, estuvo espiritualmente solo en un mundo que no le conocía. Aun sus amados discípulos, absortos en sus propias dudas, tristezas y esperanzas ambiciosas, no habían comprendido el misterio de su misión. El había morado entre el amor y la comunión del cielo; pero en el mundo que había creado, se hallaba en la soledad. Ahora el Cielo había enviado sus mensajeros a Jesús; no ángeles, sino hombres que habían soportado sufrimientos y tristezas y podían simpatizar con el Salvador en la prueba de su vida terrenal. Moisés y Elías habían sido colaboradores de Cristo. Habían compartido su anhelo de salvar a los hombres. Moisés había rogado por Israel: “Que perdones ahora su pecado, y si no, ráeme ahora de tu libro que has escrito.”6 Elías había conocido la soledad de espíritu mientras durante tres años y medio había llevado el peso del odio y la desgracia de la nación. Había estado solo de parte de Dios sobre el monte Carmelo. Solo, había huído al desierto con angustia y desesperación. Estos hombres, escogidos antes que cualquier ángel que rodease el trono, habían venido para conversar con Jesús acerca de las escenas de sus sufrimientos, y para consolarle con la seguridad de la simpatía del cielo. La esperanza del mundo, la salvación de todo ser humano, fué el tema de su entrevista.

Vencidos por el sueño, los discípulos oyeron poco de lo que sucedió entre Cristo y los mensajeros celestiales. Por haber dejado de velar y orar, no habían recibido lo que Dios deseaba darles: un conocimiento de los sufrimientos de Cristo y de la gloria que había de seguirlos. Perdieron la bendición que podrían haber obtenido compartiendo su abnegación. Estos discípulos eran lentos para creer y apreciaban poco el tesoro con que el Cielo trataba de enriquecerlos.

Sin embargo, recibieron gran luz. Se les aseguró que todo el cielo conocía el pecado de la nación judía al rechazar a Cristo. Se les dió una percepción más clara de la obra del Redentor. Vieron con sus ojos y oyeron con sus oídos cosas que superaban la comprensión humana. Fueron “testigos oculares de su majestad,”7 y comprendieron que Jesús era de veras el Mesías, de quien los patriarcas y profetas habían dado testimonio, y que era reconocido como tal por el universo celestial.

Mientras estaban aún mirando la escena sobre el monte, “he aquí una nube de luz que los cubrió; y he aquí una voz de la nube, que dijo: Este es mi Hijo amado, en el cual tomo contentamiento: a él oíd.” Mientras contemplaban la nube de gloria, más resplandeciente que la que iba delante de las tribus de Israel en el desierto; mientras oían la voz de Dios que hablaba en la pavorosa majestad que hizo temblar la montaña, los discípulos cayeron abrumados al suelo. Permanecieron postrados, con los rostros ocultos, hasta que Jesús se les acercó, y tocándolos, disipó sus temores con su voz bien conocida: “Levantaos, y no temáis.” Aventurándose a alzar los ojos, vieron que la gloria celestial se había desvanecido y que Moisés y Elías habían desaparecido. Estaban sobre el monte, solos con Jesús.

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