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Capítulo 47—“Nada os será imposible”

Este capítulo está basado en Mateo 17:9-21; Marcos 9:9-29; Lucas 9:37-45.

Después de haber pasado toda la noche en el monte, a la salida del sol Jesús y sus discípulos descendieron a la llanura. Absortos en sus pensamientos, los discípulos marchaban asombrados y en silencio. Pedro mismo no tenía una palabra que decir. Gustosamente habrían permanecido en aquel santo lugar que había sido tocado por la luz del cielo, y donde el Hijo de Dios había manifestado su gloria; pero había que trabajar para el pueblo, que ya estaba buscando a Jesús desde lejos y cerca.

Al pie de la montaña se había reunido una gran compañía conducida allí por los discípulos que habían quedado atrás, pero que sabían adónde se había dirigido Jesús. Al acercarse el Salvador, encargó a sus tres compañeros que guardasen silencio acerca de lo que habían presenciado, diciendo: “No digáis a nadie la visión, hasta que el Hijo del hombre resucite de los muertos.” La revelación hecha a los discípulos había de ser meditada en su corazón y no divulgada. El relatarla a las multitudes no habría hecho sino excitar el ridículo o la ociosa admiración. Y ni aun los nueve apóstoles iban a comprender la escena hasta después que Cristo hubiese resucitado de los muertos. Cuán lentos de comprensión eran los mismos tres discípulos favorecidos, puede verse en el hecho de que, a pesar de todo lo que Cristo había dicho acerca de lo que le esperaba, se preguntaban entre sí lo que significaría el resucitar de entre los muertos. Sin embargo, no pidieron explicación a Jesús. Sus palabras acerca del futuro los habían llenado de tristeza; no buscaron otra revelación concerniente a aquello que preferían creer que nunca acontecería.

Al divisar a Jesús, la gente que estaba en la llanura corrió a su encuentro, saludándole con expresiones de reverencia y gozo. Sin embargo, su ojo avizor discernió que estaban en gran perplejidad. Los discípulos parecían turbados. Acababa de ocurrir una circunstancia que les había ocasionado amargo chasco y humillación.

Mientras estaban esperando al pie de la montaña, un padre les había traído a su hijo para que lo librasen de un espíritu mudo que le atormentaba. Cuando Jesús mandó a los doce a predicar por Galilea, les había conferido autoridad sobre los espíritus inmundos para poder echarlos. Mientras conservaron firme su fe, los malos espíritus habían obedecido sus palabras. Ahora, en el nombre de Cristo, ordenaron al espíritu torturador que dejase a su víctima, pero el demonio no había hecho sino burlarse de ellos mediante un nuevo despliegue de su poder. Los discípulos, incapaces de explicarse su derrota, sentían que estaban atrayendo deshonor sobre sí mismos y su Maestro. Y en la muchedumbre había escribas que sacaban partido de esa oportunidad para humillarlos. Agolpándose en derredor de los discípulos, los acosaban con preguntas, tratando de demostrar que ellos y su Maestro eran impostores. Allí había un espíritu malo que ni los discípulos ni Cristo mismo podrían vencer, declararon triunfalmente los rabinos. La gente se inclinaba a concordar con los escribas, y dominaba a la muchedumbre un sentimiento de desprecio y burla.

Pero de repente las acusaciones cesaron. Se vió a Jesús y los tres discípulos que se acercaban, y con una rápida reversión de sentimientos, la gente se volvió para recibirlos. La noche de comunión con la gloria celestial había dejado su rastro sobre el Salvador y sus compañeros. En sus semblantes, había una luz que infundía reverencia a quienes los miraban. Los escribas se retiraron temerosos, mientras que la gente daba la bienvenida a Jesús.

Como si hubiese presenciado todo lo que había ocurrido, el Salvador vino a la escena del conflicto y fijando su mirada en los escribas preguntó: “¿Qué disputáis con ellos?”

Pero las voces que antes habían sido tan atrevidas y desafiantes permanecieron ahora calladas. El silencio embargaba a todo el grupo. Entonces el padre afligido se abrió paso entre la muchedumbre, y cayendo a los pies de Jesús expresó su angustia y desaliento:

“Maestro—dijo,—traje a ti mi hijo, que tiene un espíritu mudo, el cual, donde quiera que le toma, le despedaza; ... y dije a tus discípulos que le echasen fuera, y no pudieron.”

Jesús miró en derredor suyo a la multitud despavorida, a los cavilosos escribas, a los perplejos discípulos. Vió incredulidad en todo corazón; y con voz llena de tristeza exclamó: “¡Oh generación infiel! ¿hasta cuándo estaré con vosotros? ¿hasta cuándo os tengo de sufrir?” Luego ordenó al padre angustiado: “Trae tu hijo acá.”

Fué traído el muchacho y, al posarse los ojos del Salvador sobre él, el espíritu malo lo arrojó al suelo en convulsiones de agonía. Se revolcaba y echaba espuma por la boca, hendiendo el aire con clamores pavorosos.

El Príncipe de la vida y el príncipe de las potestades de las tinieblas habían vuelto a encontrarse en el campo de batalla: Cristo, en cumplimiento de su misión de “pregonar a los cautivos libertad, y ... para poner en libertad a los quebrantados;”1 Satanás tratando de retener a su víctima bajo su dominio. Invisibles, los ángeles de luz y las huestes de los malos ángeles se cernían cerca del lugar para contemplar el conflicto. Por un momento, Jesús permitió al mal espíritu que manifestase su poder, a fin de que los espectadores comprendiesen el libramiento que se iba a producir.

La muchedumbre miraba con el aliento en suspenso, el padre con agonía de esperanza y temor. Jesús preguntó: “¿Cuánto tiempo ha que le aconteció esto?” El padre contó la historia de los largos años de sufrimiento, y luego, como si no lo pudiese soportar más, exclamó: “Si puedes algo, ayúdanos, teniendo misericordia de nosotros.” “Si puedes.” Hasta el padre dudaba ahora del poder de Cristo.

Jesús respondió: “Si puedes creer, al que cree todo es posible.” No faltaba poder a Cristo; pero la curación del hijo dependía de la fe del padre. Estallando en lágrimas, comprendiendo su propia debilidad, el padre se confió completamente a la misericordia de Cristo, exclamando: “Creo, ayuda mi incredulidad.”

Jesús se volvió hacia el enfermo y dijo: “Espíritu mudo y sordo, yo te mando, sal de él, y no entres más en él.” Se oyó un clamor y se produjo una lucha intensísima. El demonio, al salir, parecía estar por quitar la vida a su víctima. Luego el mancebo quedó acostado sin movimiento y aparentemente sin vida. La multitud murmuró: “Está muerto.” Pero Jesús le tomó de la mano y, alzándole, le presentó en perfecta sanidad mental y corporal a su padre. El padre y el hijo alabaron el nombre de su libertador. Los espectadores quedaron “atónitos de la grandeza de Dios,” mientras los escribas, derrotados y abatidos, se apartaron malhumorados.

“Si puedes algo, ayúdanos, teniendo misericordia de nosotros.” ¡Cuántas almas cargadas por el pecado han repetido esta oración! Y para todas, la respuesta del Salvador compasivo es: “Si puedes creer, al que cree todo es posible.” Es la fe la que nos une con el Cielo y nos imparte fuerza para luchar con las potestades de las tinieblas. En Cristo, Dios ha provisto medios para subyugar todo rasgo pecaminoso y resistir toda tentación, por fuerte que sea. Pero muchos sienten que les falta la fe, y por lo tanto permanecen lejos de Cristo. Confíen estas almas desamparadas e indignas en la misericordia de su Salvador compasivo. No se miren a sí mismas, sino a Cristo. El que sanó al enfermo y echó a los demonios cuando estaba entre los hombres es hoy el mismo Redentor poderoso. La fe viene por la palabra de Dios. Entonces aceptemos la promesa: “Al que a mí viene, no le echo fuera.”2 Arrojémonos a sus pies clamando: “Creo, ayuda mi incredulidad.” Nunca pereceremos mientras hagamos esto, nunca.

En corto tiempo, los discípulos favorecidos habían contemplado los extremos de la gloria y de la humillación. Habían visto a la humanidad transfigurada a la imagen de Dios y degradada a semejanza de Satanás. De la montaña donde había conversado con los mensajeros celestiales y había sido proclamado Hijo de Dios por la voz de la radiante gloria, habían visto a Jesús descender para hacer frente al espectáculo angustioso y repugnante del joven endemoniado, con rostro desencajado, que hacía crujir los dientes en espasmos de una agonía que ningún poder humano podía aliviar. Y este poderoso Redentor, que tan sólo unas horas antes estuvo glorificado delante de sus discípulos asombrados, se inclinó para levantar a la víctima de Satanás de la tierra donde se revolcaba y devolverla, sana de mente y cuerpo, a su padre y a su hogar.

Esta era una lección objetiva de la redención: el Ser Divino procedente de la gloria del Padre, se detenía para salvar a los perdidos. Representaba también la misión de los discípulos. La vida de los siervos de Cristo no ha de pasarse sólo en la cumbre de la montaña con Jesús, en horas de iluminación espiritual. Tienen trabajo que hacer en la llanura. Las almas que Satanás ha esclavizado están esperando la palabra de fe y oración que las liberte.

Los nueve discípulos estaban todavía pensando en su amargo fracaso; y cuando Jesús estuvo otra vez solo con ellos, le preguntaron: “¿Por qué nosotros no lo pudimos echar fuera?” Jesús les contestó: “Por vuestra incredulidad; porque de cierto os digo, que si tuviereis fe como un grano de mostaza, diréis a este monte: Pásate de aquí allá: y se pasará: y nada os será imposible. Mas este linaje no sale sino por oración y ayuno.” Su incredulidad, que los privaba de sentir una simpatía más profunda hacia Cristo, y la negligencia con que habían considerado la obra sagrada a ellos confiada les habían hecho fracasar en el conflicto con las potestades de las tinieblas.

Las palabras con que Cristo señalara su muerte les habían infundido tristeza y duda. Y la elección de los tres discípulos para que acompañasen a Jesús a la montaña había excitado los celos de los otros nueve. En vez de fortalecer su fe por la oración y la meditación en las palabras de Cristo, se habían estado espaciando en sus desalientos y agravios personales. En este estado de tinieblas, habían emprendido el conflicto con Satanás.

A fin de tener éxito en un conflicto tal, debían encarar la obra con un espíritu diferente. Su fe debía ser fortalecida por la oración ferviente, el ayuno y la humillación del corazón. Debían despojarse del yo y ser henchidos del espíritu y del poder de Dios. La súplica ferviente y perseverante dirigida a Dios con una fe que induce a confiar completamente en él y a consagrarse sin reservas a su obra, es la única que puede prevalecer para traer a los hombres la ayuda del Espíritu Santo en la batalla contra los principados y potestades, los gobernadores de las tinieblas de este mundo y las huestes espirituales de iniquidad en las regiones celestiales.

“Si tuviereis fe como un grano de mostaza—dijo Jesús,—diréis a este monte: Pásate de aquí allá: y se pasará.” Aunque muy pequeña, la semilla de mostaza contiene el mismo principio vital misterioso que produce el crecimiento del árbol más imponente. Cuando la semilla de mostaza es echada en la tierra, el germen diminuto se apropia de cada elemento que Dios ha provisto para su nutrición y emprende prestamente su lozano desarrollo. Si tenemos una fe tal, nos posesionaremos de la Palabra de Dios y de todos los agentes útiles que él ha provisto. Así nuestra fe se fortalecerá, y traerá en nuestra ayuda el poder del Cielo. Los obstáculos que Satanás acumula sobre nuestra senda, aunque aparentemente tan insuperables como altísimas montañas, desaparecerán ante el mandato de la fe. “Nada os será imposible.”


Capítulo 48—¿Quién es el mayor?

Este capítulo está basado en Mateo 17:22-27; 18:1-20; Marcos 9:30-50; Lucas 9:46-48.

Al volver a Capernaúm, Jesús no se dirigió a los lugares bien conocidos donde había enseñado a la gente, sino que con sus discípulos buscó silenciosamente la casa que había de ser su hogar provisorio. Durante el resto de su estada en Galilea, se proponía instruir a los discípulos más bien que trabajar por las multitudes.

Durante el viaje por Galilea, Cristo había procurado otra vez preparar el ánimo de sus discípulos para las escenas que les esperaban. Les había dicho que debía subir a Jerusalén para morir y resucitar. Y les había anunciado el hecho extraño y terrible de que iba a ser entregado en manos de sus enemigos. Los discípulos no comprendían todavía sus palabras. Aunque la sombra de un gran pesar había caído sobre ellos, el espíritu de rivalidad subsistía en su corazón. Disputaban entre sí acerca de quién sería el mayor en el reino. Pensaban ocultar la disensión a Jesús, y no se mantenían como de costumbre cerca de él, sino que permanecían rezagados, de manera que él iba adelante de ellos cuando entraron en Capernaúm. Jesús leía sus pensamientos y anhelaba aconsejarlos e instruirlos. Pero esperó para ello una hora de tranquilidad, cuando estuviesen con el corazón dispuesto a recibir sus palabras.

Poco después de llegar a la ciudad, el cobrador del impuesto para el templo vino a Pedro preguntando: “¿Vuestro Maestro no paga las dos dracmas?” Este tributo no era un impuesto civil, sino una contribución religiosa exigida anualmente a cada judío para el sostén del templo. El negarse a pagar el tributo sería considerado como deslealtad al templo, lo que era en la estima de los rabinos un pecado muy grave. La actitud del Salvador hacia las leyes rabínicas, y sus claras reprensiones a los defensores de la tradición, ofrecían un pretexto para acusarle de estar tratando de destruir el servicio del templo. Ahora sus enemigos vieron una oportunidad para desacreditarle. En el cobrador del tributo encontraron un aliado dispuesto.

Pedro vió en la pregunta del cobrador una insinuación de sospecha acerca de la lealtad de Cristo hacia el templo. Celoso del honor de su Maestro, contestó apresuradamente, sin consultarle, que Jesús pagaría el tributo.

Pero Pedro había comprendido tan sólo parcialmente el propósito del indagador. Ciertas clases de personas estaban exentas de pagar el tributo. En el tiempo de Moisés, cuando los levitas fueron puestos aparte para el servicio del santuario, no les fué dada herencia entre el pueblo. El Señor dijo: “Por lo cual Leví no tuvo parte ni heredad con sus hermanos: Jehová es su heredad.”1 En el tiempo de Cristo, los sacerdotes y levitas eran todavía considerados como dedicados especialmente al templo, y no se requería de ellos que diesen la contribución anual para su sostén. También los profetas estaban exentos de ese pago. Al requerir el tributo de Jesús, los rabinos negaban su derecho como profeta o maestro, y trataban con él como con una persona común. Si se negaba a pagar el tributo, ello sería presentado como deslealtad al templo; mientras que por otro lado, el pago justificaría la actitud que asumían al no reconocerle como profeta.

Tan sólo poco tiempo antes, Pedro había reconocido a Jesús como el Hijo de Dios; pero ahora perdió la oportunidad de hacer resaltar el carácter de su Maestro. Por su respuesta al cobrador, de que Jesús pagaría el tributo, sancionó virtualmente el falso concepto de él que estaban tratando de difundir los sacerdotes y gobernantes.

Cuando Pedro entró en la casa, el Salvador no se refirió a lo que había sucedido, sino que preguntó: “¿Qué te parece, Simón? Los reyes de la tierra, ¿de quién cobran los tributos o el censo? ¿de sus hijos o de los extraños? Pedro le dice: De los extraños.” Jesús dijo: “Luego los hijos son francos.” Mientras que los habitantes de un país tienen que pagar impuesto para sostener a su rey, los hijos del monarca son eximidos. Así también Israel, el profeso pueblo de Dios, debía sostener su culto; pero Jesús, el Hijo de Dios, no se hallaba bajo esta obligación. Si los sacerdotes y levitas estaban exentos por su relación con el templo, con cuánta más razón Aquel para quien el templo era la casa de su Padre.

Si Jesús hubiese pagado el tributo sin protesta, habría reconocido virtualmente la justicia del pedido, y habría negado así su divinidad. Pero aunque consideró propio satisfacer la demanda, negó la pretensión sobre la cual se basaba. Al proveer para el pago del tributo, dió evidencia de su carácter divino. Quedó de manifiesto que él era uno con Dios, y por lo tanto no se hallaba bajo tributo como mero súbdito del Rey.

“Ve a la mar—indicó a Pedro,—y echa el anzuelo, y el primer pez que viniere, tómalo, y abierta su boca, hallarás un estatero: tómalo, y dáselo por mí y por ti.”

Aunque había revestido su divinidad con la humanidad, en este milagro reveló su gloria. Era evidente que era Aquel que había declarado por medio de David: “Porque mía es toda bestia del bosque, y los millares de animales en los collados. Conozco todas las aves de los montes, y en mi poder están las fieras del campo. Si yo tuviese hambre, no te lo diría a ti: porque mío es el mundo y su plenitud.”2

Aunque Jesús demostró claramente que no se hallaba bajo la obligación de pagar tributo, no entró en controversia alguna con los judíos acerca del asunto; porque ellos hubieran interpretado mal sus palabras, y las habrían vuelto contra él. Antes que ofenderlos reteniendo el tributo, hizo aquello que no se le podía exigir con justicia. Esta lección iba a ser de gran valor para sus discípulos. Pronto se iban a realizar notables cambios en su relación con el servicio del templo, y Cristo les enseñó a no colocarse innecesariamente en antagonismo con el orden establecido. Hasta donde fuese posible, debían evitar el dar ocasión para que su fe fuese mal interpretada. Aunque los cristianos no han de sacrificar un solo principio de la verdad, deben evitar la controversia siempre que sea posible.

Mientras Cristo y los discípulos estaban solos en la casa, después que Pedro se fuera al mar, Jesús llamó a los otros a sí y les preguntó: “¿Qué disputabais entre vosotros en el camino?” La presencia de Jesús y su pregunta dieron al asunto un cariz enteramente diferente del que les había parecido que tenía mientras disputaban por el camino. La vergüenza y un sentimiento de condenación les indujeron a guardar silencio. Jesús les había dicho que iba a morir por ellos, y la ambición egoísta de ellos ofrecía un doloroso contraste con el amor altruísta que él manifestaba.

Cuando Jesús les dijo que iba a morir y resucitar, estaba tratando de entablar una conversación con ellos acerca de la gran prueba de su fe. Si hubiesen estado listos para recibir lo que deseaba comunicarles, se habrían ahorrado amarga angustia y desesperación. Sus palabras les habrían impartido consuelo en la hora de duelo y desilusión. Pero aunque había hablado muy claramente de lo que le esperaba, la mención de que pronto iba a ir a Jerusalén reanimó en ellos la esperanza de que se estuviese por establecer el reino y los indujo a preguntarse quiénes desempeñarían los cargos más elevados. Al volver Pedro del mar, los discípulos le hablaron de la pregunta del Salvador, y al fin uno se atrevió a preguntar a Jesús: “¿Quién es el mayor en el reino de los cielos?”

El Salvador reunió a sus discípulos en derredor de sí y les dijo: “Si alguno quiere ser el primero, será el postrero de todos, y el servidor de todos.” Tenían estas palabras una solemnidad y un carácter impresionante que los discípulos distaban mucho de comprender. Ellos no podían ver lo que Cristo discernía. No percibían la naturaleza del reino de Cristo, y esta ignorancia era la causa aparente de su disputa. Pero la verdadera causa era más profunda. Explicando la naturaleza del reino, Cristo podría haber apaciguado su disputa por el momento; pero esto no habría alcanzado la causa fundamental. Aun después de haber recibido el conocimiento más completo, cualquier cuestión de preferencia podría renovar la dificultad, y el desastre podría amenazar a la iglesia después de la partida de Cristo. La lucha por el puesto más elevado era la manifestación del mismo espíritu que diera origen a la gran controversia en los mundos superiores e hiciera bajar a Cristo del cielo para morir. Surgió delante de él una visión de Lucifer, el hijo del alba, que superaba en gloria a todos los ángeles que rodean el trono y estaba unido al Hijo de Dios por los vínculos más íntimos. Lucifer había dicho: “Seré semejante al Altísimo,”3 y su deseo de exaltación había introducido la lucha en los atrios celestiales y desterrado una multitud de las huestes de Dios. Si Lucifer hubiese deseado realmente ser como el Altísimo, no habría abandonado el puesto que le había sido señalado en el cielo; porque el espíritu del Altísimo se manifiesta sirviendo abnegadamente. Lucifer deseaba el poder de Dios, pero no su carácter. Buscaba para sí el lugar más alto, y todo ser impulsado por su espíritu hará lo mismo. Así resultarán inevitables el enajenamiento, la discordia y la contención. El dominio viene a ser el premio del más fuerte. El reino de Satanás es un reino de fuerza; cada uno mira al otro como un obstáculo para su propio progreso, o como un escalón para poder trepar a un puesto más elevado.

Mientras Lucifer consideró como presa deseable el ser igual a Dios, Cristo, el encumbrado, “se anonadó a sí mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres; y hallado en la condición como hombre, se humilló a sí mismo, hecho obediente hasta la muerte, y muerte de cruz.”4 En esos momentos, la cruz le esperaba; y sus propios discípulos estaban tan llenos de egoísmo, es decir, del mismo principio que regía el reino de Satanás, que no podían sentir simpatía por su Señor, ni siquiera comprenderle mientras les hablaba de su humillación por ellos.

Muy tiernamente, aunque con solemne énfasis, Jesús trató de corregir el mal. Demostró cuál es el principio que rige el reino de los cielos, y en qué consiste la verdadera grandeza, según las normas celestiales. Los que eran impulsados por el orgullo y el amor a la distinción, pensaban en sí mismos y en la recompensa que habían de recibir, más bien que en cómo podían devolver a Dios los dones que habían recibido. No tendrían cabida en el reino de los cielos porque estaban identificados con las filas de Satanás.

Antes de la honra viene la humildad. Para ocupar un lugar elevado ante los hombres, el Cielo elige al obrero que como Juan el Bautista, toma un lugar humilde delante de Dios. El discípulo que más se asemeja a un niño es el más eficiente en la labor para Dios. Los seres celestiales pueden cooperar con aquel que no trata de ensalzarse a sí mismo sino de salvar almas. El que siente más profundamente su necesidad de la ayuda divina la pedirá; y el Espíritu Santo le dará vislumbres de Jesús que fortalecerán y elevarán su alma. Saldrá de la comunión con Cristo para trabajar en favor de aquellos que perecen en sus pecados. Fué ungido para su misión, y tiene éxito donde muchos de los sabios e intelectualmente preparados fracasarían.

Pero cuando los hombres se ensalzan a sí mismos, y se consideran necesarios para el éxito del gran plan de Dios, el Señor los hace poner a un lado. Queda demostrado que el Señor no depende de ellos. La obra no se detiene porque ellos sean separados de ella, sino que sigue adelante con mayor poder.

No era suficiente que los discípulos de Jesús fuesen instruídos en cuanto a la naturaleza de su reino. Lo que necesitaban era un cambio de corazón que los pusiese en armonía con sus principios. Llamando a un niñito a sí, Jesús lo puso en medio de ellos; y luego rodeándole tiernamente con sus brazos dijo: “De cierto os digo, que si no os volviereis, y fuereis como niños, no entraréis en el reino de los cielos.” La sencillez, el olvido de sí mismo y el amor confiado del niñito son los atributos que el Cielo aprecia. Son las características de la verdadera grandeza.

Jesús volvió a explicar a sus discípulos que su reino no se caracteriza por la dignidad y ostentación terrenales. A los pies de Jesús, se olvidan todas estas distinciones. Se ve a los ricos y a los pobres, a los sabios y a los ignorantes, sin pensamiento alguno de casta ni de preeminencia mundanal. Todos se encuentran allí como almas compradas por la sangre de Jesús, y todos por igual dependen de Aquel que los redimió para Dios.

El alma sincera y contrita es preciosa a la vista de Dios. El pone su señal sobre los hombres, no según su jerarquía ni su riqueza, ni por su grandeza intelectual, sino por su unión con Cristo. El Señor de gloria queda satisfecho con aquellos que son mansos y humildes de corazón. “Dísteme asimismo—dijo David—el escudo de tu salud: ... y tu benignidad—como elemento del carácter humano—me ha acrecentado.”5

“El que recibiere en mi nombre uno de los tales niños—dijo Jesús,—a mí recibe; y el que a mí recibe, no recibe a mí, mas al que me envió.” “Jehová dijo así: el cielo es mi solio, y la tierra estrado de mis pies: ... mas a aquel miraré que es pobre y humilde de espíritu, y que tiembla a mi palabra.”6

Las palabras del Salvador despertaron en los discípulos un sentimiento de desconfianza propia. En su respuesta, él no había indicado a nadie en particular; pero Juan se sintió inducido a preguntar si en cierto caso su acción había sido correcta. Con el espíritu de un niño, presentó el asunto a Jesús. “Maestro—dijo,—hemos visto a uno que en tu nombre echaba fuera los demonios, el cual no nos sigue; y se lo prohibimos, porque no nos sigue.”

Santiago y Juan habían pensado que al reprimir a este hombre buscaban la honra de su Señor; mas empezaban a ver que habían sido celosos por la propia. Reconocieron su error y aceptaron la reprensión de Jesús: “No se lo prohibáis; porque ninguno hay que haga milagro en mi nombre que luego pueda decir mal de mí.” Ninguno de los que en alguna forma se manifestaban amistosos con Cristo debía ser repelido. Había muchos que estaban profundamente conmovidos por el carácter y la obra de Cristo y cuyo corazón se estaba abriendo a él con fe; y los discípulos, que no podían discernir los motivos, debían tener cuidado de no desalentar a esas almas. Cuando Jesús ya no estuviese personalmente entre ellos y la obra quedase en sus manos, no debían participar de un espíritu estrecho y exclusivista, sino manifestar la misma abarcante simpatía que habían visto en su Maestro.

El hecho de que alguno no obre en todas las cosas conforme a nuestras ideas y opiniones personales no nos justifica para prohibirle que trabaje para Dios. Cristo es el gran Maestro; nosotros no hemos de juzgar ni dar órdenes, sino que cada uno debe sentarse con humildad a los pies de Jesús y aprender de él. Cada alma a la cual Dios ha hecho voluntaria es un conducto por medio del cual Cristo revelará su amor perdonador. ¡Cuán cuidadosos debemos ser para no desalentar a uno de los que transmiten la luz de Dios, a fin de no interceptar los rayos que él quiere hacer brillar sobre el mundo!

La dureza y frialdad manifestadas por un discípulo hacia una persona a la que Cristo estaba atrayendo—un acto como el de Juan al prohibir a otro que realizase milagros en nombre de Cristo,—podía desviar sus pies por la senda del enemigo y causar la pérdida de un alma. Jesús dijo que antes de hacer una cosa semejante, “mejor le fuera si se le atase una piedra de molino al cuello, y fuera echado en la mar.” Y añadió: “Y si tu mano te escandalizare, córtala; mejor te es entrar a la vida manco, que teniendo dos manos ir a la Gehenna, al fuego que no puede ser apagado. Y si tu pie te fuere ocasión de caer, córtalo: mejor te es entrar a la vida cojo, que teniendo dos pies ser echado en la Gehenna.”

¿Por qué empleó Jesús este lenguaje vehemente, que no podría haber sido más enérgico? Porque “el Hijo del hombre vino a salvar lo que se había perdido.” ¿Habrán de tener sus discípulos menos consideración hacia las almas de sus semejantes que la manifestada por la Majestad del cielo? Cada alma costó un precio infinito, y ¡cuán terrible es el pecado de apartar un alma de Cristo de manera que para ella el amor, la humillación y la agonía del Salvador hayan sido vanos!

“¡Ay del mundo por los escándalos! porque necesario es que vengan escándalos.” El mundo, inspirado por Satanás, se opondrá seguramente a los que siguen a Cristo y tratará de destruir su fe; pero ¡ay de aquel que lleve el nombre de Cristo, y sin embargo sea hallado haciendo esta obra! Nuestro Señor queda avergonzado por aquellos que aseveran servirle, pero representan falsamente su carácter; y multitudes son engañadas, y conducidas por sendas falsas.

Cualquier hábito o práctica que pueda inducir a pecar y atraer deshonra sobre Cristo, debe ser desechado cueste lo que costare. Lo que deshonra a Dios no puede beneficiar al alma. La bendición del Cielo no puede acompañar a un hombre que viole los eternos principios de la justicia. Y un pecado acariciado es suficiente para realizar la degradación del carácter y extraviar a otros. Si para salvar el cuerpo de la muerte uno se cortaría un pie o una mano, o aun se arrancaría un ojo, ¡con cuánto más fervor deberíamos desechar el pecado, que trae muerte al alma!

En el ceremonial del templo, se añadía sal a todo sacrificio. Esto, como la ofrenda del incienso, significaba que únicamente la justicia de Cristo podía hacer el culto aceptable para Dios. Refiriéndose a esta práctica dijo Jesús: “Todo sacrificio será salado con sal.” “Tened sal en vosotros, y paz unos con otros.” Todos los que quieran presentarse “en sacrificio vivo, santo, agradable a Dios,”7 deben recibir la sal que salva, la justicia de nuestro Salvador. Entonces vienen a ser “la sal de la tierra,”8 que restringe el mal entre los hombres, como la sal preserva de la corrupción. Pero si la sal ha perdido su sabor; si no hay más que una profesión de piedad, sin el amor de Cristo, no hay poder para lo bueno. La vida no puede ejercer influencia salvadora sobre el mundo. Vuestra energía y eficiencia en la edificación de mi reino—dice Jesús,—dependen de que recibáis mi Espíritu. Debéis participar de mi gracia, a fin de ser sabor de vida para vida. Entonces no habrá rivalidad ni esfuerzo para complacerse a sí mismo, ni se deseará el puesto más alto. Poseeréis ese amor que no busca lo suyo, sino que otro se enriquezca.

Fije el pecador arrepentido sus ojos en “el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo;” y contemplándolo, se transformará. Su temor se trueca en gozo, sus dudas en esperanza. Brota la gratitud. El corazón de piedra se quebranta. Una oleada de amor inunda el alma. Cristo es en él una fuente de agua que brota para vida eterna. Cuando vemos a Jesús, Varón de dolores y experimentado en quebrantos, trabajando para salvar a los perdidos, despreciado, escarnecido, echado de una ciudad a la otra hasta que su misión fué cumplida; cuando le contemplamos en Getsemaní, sudando gruesas gotas de sangre, y muriendo en agonía sobre la cruz; cuando vemos eso, no podemos ya reconocer el clamor del yo. Mirando a Jesús, nos avergonzaremos de nuestra frialdad, de nuestro letargo, de nuestro egoísmo. Estaremos dispuestos a ser cualquier cosa o nada, para servir de todo corazón al Maestro. Nos regocijará el llevar la cruz en pos de Jesús, el sufrir pruebas, vergüenza o persecución por su amada causa.

“Así que, los que somos más firmes debemos sobrellevar las flaquezas de los flacos, y no agradarnos a nosotros mismos.”9 A nadie que crea en Cristo se le debe tener en poco, aun cuando su fe sea débil y sus pasos vacilen como los de un niñito. Todo lo que nos da ventaja sobre otro—sea la educación o el refinamiento, la nobleza de carácter, la preparación cristiana o la experiencia religiosa—nos impone una deuda para con los menos favorecidos; y debemos servirlos en cuanto esté en nuestro poder. Si somos fuertes, debemos corroborar las manos de los débiles. Los ángeles de gloria, que contemplan constantemente el rostro del Padre en el cielo, se gozan en servir a sus pequeñuelos. Las almas temblorosas, que tienen tal vez muchos rasgos de carácter censurables, les son especialmente encargadas. Hay siempre ángeles presentes donde más se necesitan, con aquellos que tienen que pelear la batalla más dura contra el yo y cuyo ambiente es más desalentador. Y los verdaderos seguidores de Cristo cooperarán en ese ministerio.

Si alguno de estos pequeñuelos fuese vencido y obrase mal contra nosotros, es nuestro deber procurar su restauración. No esperemos que haga el primer esfuerzo de reconciliación. “¿Qué os parece?—pregunta Cristo.—Si tuviese algún hombre cien ovejas, y se descarriase una de ellas, ¿no iría por los montes, dejadas las noventa y nueve, a buscar la que se había descarriado? Y si aconteciese hallarla, de cierto os digo, que más se goza de aquélla, que de las noventa y nueve que no se descarriaron. Así, no es la voluntad de vuestro Padre que está en los cielos, que se pierda uno de estos pequeños.”

Con espíritu de mansedumbre, “considerándote a ti mismo, porque tú no seas también tentado,”10 ve al que yerra, y “redargúyele entre ti y él solo.” No le avergüences exponiendo su falta a otros, ni deshonres a Cristo haciendo público el pecado o error de quien lleva su nombre. Con frecuencia hay que decir claramente la verdad al que yerra; debe inducírsele a ver su error para que se reforme. Pero no hemos de juzgarle ni condenarle. No intentemos justificarnos. Sean todos nuestros esfuerzos para recobrarlo. Para tratar las heridas del alma se necesita el tacto más delicado, la más fina sensibilidad. Lo único que puede valernos en esto es el amor que fluye del que sufrió en el Calvario. Con ternura compasiva, trate el hermano con el hermano, sabiendo que si tiene éxito “salvará un alma de muerte” y “cubrirá multitud de pecados.”11

Pero aun este esfuerzo puede ser inútil. Entonces, dijo Jesús, “toma aún contigo uno o dos.” Puede ser que su influencia unida prevalezca donde la del primero no tuvo éxito. No siendo partes en la dificultad, habrá más probabilidad de que obren imparcialmente, y este hecho dará a su consejo mayor peso para el que yerra.

Si no quiere escucharlos, entonces, pero no antes, se debe presentar el asunto a todo el cuerpo de creyentes. Unanse los miembros de la iglesia, como representantes de Cristo, en oración y súplica para que el ofensor sea restaurado. El Espíritu Santo hablará por medio de sus siervos, suplicando al descarriado que vuelva a Dios. El apóstol Pablo, hablando por inspiración, dice: “Como si Dios rogase por medio nuestro; os rogamos en nombre de Cristo: Reconciliaos con Dios.”12 El que rechaza este esfuerzo conjunto en su favor, ha roto el vínculo que le une a Cristo, y así se ha separado de la comunión de la iglesia. Desde entonces, dijo Jesús, “tenle por étnico y publicano.” Pero no se le ha de considerar como separado de la misericordia de Dios. No lo han de despreciar ni descuidar los que antes eran sus hermanos, sino que lo han de tratar con ternura y compasión, como una de las ovejas perdidas a las que Cristo está procurando todavía traer a su redil.

La instrucción de Cristo en cuanto al trato con los que yerran repite en forma más específica la enseñanza dada a Israel por Moisés: “No aborrecerás a tu hermano en tu corazón: ingenuamente reprenderás a tu prójimo, y no consentirás sobre él pecado.”13 Es decir, que si uno descuida el deber que Cristo ordenó en cuanto a restaurar a quienes están en error y pecado, se hace partícipe del pecado. Somos tan responsables de los males que podríamos haber detenido como si los hubiésemos cometido nosotros mismos.

Pero debemos presentar el mal al que lo hace. No debemos hacer de ello un asunto de comentario y crítica entre nosotros mismos; ni siquiera después que haya sido expuesto a la iglesia nos es permitido repetirlo a otros. El conocimiento de las faltas de los cristianos será tan sólo una piedra de tropiezo para el mundo incrédulo; y espaciándonos en estas cosas no podemos sino recibir daño nosotros mismos; porque contemplando es como somos transformados. Mientras tratamos de corregir los errores de un hermano, el Espíritu de Cristo nos inducirá a escudarle en lo posible de la crítica aun de sus propios hermanos, y tanto más de la censura del mundo incrédulo. Nosotros mismos erramos y necesitamos la compasión y el perdón de Cristo, y él nos invita a tratarnos mutuamente como deseamos que él nos trate.

“Todo lo que ligareis en la tierra, será ligado en el cielo; y todo lo que desatareis en la tierra, será desatado en el cielo.” Obráis como embajadores del cielo, y lo que resulte de vuestro trabajo es para la eternidad.

Pero no hemos de llevar esta gran responsabilidad solos. Cristo mora dondequiera que se obedezca su palabra con corazón sincero. No sólo está presente en las asambleas de la iglesia, sino que estará dondequiera que sus discípulos, por pocos que sean, se reunan en su nombre. Y dice: “Si dos de vosotros se convinieren en la tierra, de toda cosa que pidieren, les será hecho por mi Padre que está en los cielos.”

Jesús dice: “Mi Padre que está en los cielos,” como para recordar a sus discípulos que mientras que por su humanidad está vinculado con ellos, participa de sus pruebas y simpatiza con ellos en sus sufrimientos, por su divinidad está unido con el trono del Infinito. ¡Admirable garantía! Los seres celestiales se unen con los hombres en simpatía y labor para la salvación de lo que se había perdido. Y todo el poder del cielo se pone en combinación con la capacidad humana para atraer las almas a Cristo.

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