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Capítulo 26—Apolos en Corinto

Este capítulo está basado en Hechos 18:18-28.

Después de dejar Corinto, el próximo escenario de la labor de Pablo fué Efeso. Estaba en camino a Jerusalén, para asistir a una fiesta próxima; y su estada en Efeso fué necesariamente breve. Razonó en la sinagoga con los judíos, quienes fueron impresionados tan favorablemente que le rogaron que continuara sus labores entre ellos. Su plan de visitar a Jerusalén le impidió detenerse entonces, mas prometió volver a visitarles, “queriendo Dios.” Aquila y Priscila le habían acompañado a Efeso, y los dejó allí para que continuaran la obra que había comenzado.

Sucedió que “llegó entonces a Efeso un Judío, llamado Apolos, natural de Alejandría, varón elocuente, poderoso en las Escrituras.” Había oído la predicación de Juan el Bautista, había recibido el bautismo del arrepentimiento, y era un testigo viviente de que el trabajo del profeta no había sido inútil. El informe de la Escritura respecto a Apolos es que “era instruído en el camino del Señor; y ferviente de espíritu, hablaba y enseñaba diligentemente las cosas que son del Señor, enseñado solamente en el bautismo de Juan.”

Mientras estaba en Efeso, Apolos “comenzó a hablar confiadamente en la sinagoga.” Entre los oyentes estaban Aquila y Priscila, quienes, percibiendo que no había recibido todavía toda la luz del Evangelio, “le tomaron, y le declararon más particularmente el camino de Dios.” Por su enseñanza adquirió una comprensión más clara de las Escrituras, y llegó a ser uno de los abogados más capaces de la fe cristiana.

Apolos deseaba ir a Acaya, y los hermanos de Efeso “escribieron a los discípulos que le recibiesen” como a un maestro en plena armonía con la iglesia de Cristo. Fué a Corinto, donde, en trabajo público y de casa en casa, “con gran vehemencia convencía ... a los Judíos, mostrando por las Escrituras que Jesús era el Cristo.” Pablo había sembrado la semilla de la verdad; Apolos ahora la regaba. El éxito que tuvo Apolos en la predicación del Evangelio indujo a algunos creyentes a exaltar sus labores por encima de las de Pablo. Esta comparación de un hombre con otro produjo en la iglesia un espíritu partidista que amenazaba impedir grandemente el progreso del Evangelio.

Durante el año y medio que Pablo había pasado en Corinto, había presentado intencionalmente el Evangelio en su sencillez. No “con altivez de palabra, o de sabiduría,” había ido a los corintios, sino con temor y temblor, y “con demostración del Espíritu y de poder,” había declarado “el testimonio de Cristo,” para que su fe no estuviese “fundada en sabiduría de hombres, mas en poder de Dios.” 1 Corintios 2:1, 4, 5.

Pablo había adaptado necesariamente su método de enseñanza a la condición de la iglesia. “Yo, hermanos, no pude hablaros como a espirituales—les explicó más tarde,—sino como a carnales, como a niños en Cristo. Os dí a beber leche, y no vianda: porque aun no podíais, ni aun podéis ahora.” 1 Corintios 3:1, 2. Muchos de los creyentes corintios habían sido lentos para aprender las lecciones que él se había esforzado por enseñarles. Su progreso en el conocimiento espiritual no había estado en proporción con sus privilegios y oportunidades. Cuando hubieran tenido que estar muy adelantados en la vida cristiana, y hubieran debido ser capaces de comprender y practicar las verdades más profundas de la Palabra, estaban donde se hallaban los discípulos cuando Cristo les dijo: “Aun tengo muchas cosas que deciros, mas ahora no las podéis llevar.” Juan 16:12. Los celos, las malas sospechas y la acusación habían cerrado el corazón de muchos de los creyentes corintios a la obra plena del Espíritu Santo, el cual “todo lo escudriña, aun lo profundo de Dios.” 1 Corintios 2:10. Por sabios que pudieran ser en el conocimiento mundano, no eran sino niños en el conocimiento de Cristo.

Había sido la obra de Pablo instruir a los conversos corintios en los rudimentos, el alfabeto mismo, de la fe cristiana. Se había visto obligado a instruirlos como a quienes ignoraban las operaciones del poder divino en el corazón. En aquel tiempo eran incapaces de comprender los misterios de la salvación; porque “el hombre animal no percibe las cosas que son del Espíritu de Dios, porque le son locura; y no las puede entender, porque se han de examinar espiritualmente.” 1 Corintios 2:14. Pablo se había esforzado por sembrar la semilla, y otros debían regarla. Los que le siguieran debían llevar adelante la obra desde el punto donde él la había dejado, dando luz y conocimiento espirituales al debido tiempo, cuando la iglesia fuera capaz de recibirlos.

Cuando el apóstol emprendió su trabajo en Corinto, comprendió que debía presentar de la manera más cuidadosa las grandes verdades que deseaba enseñar. Sabía que entre sus oyentes habría orgullosos creyentes en las teorías humanas y exponentes de los falsos sistemas de culto, que estaban palpando a ciegas, esperando encontrar en el libro de la naturaleza teorías que contradijeran la realidad de la vida espiritual e inmortal revelada en las Escrituras. Sabía también que habría críticos que se esforzarían por refutar la interpretación cristiana de la palabra revelada, y que los escépticos tratarían al Evangelio de Cristo con escarnio y burla.

Mientras se esforzaba por conducir almas al pie de la cruz, Pablo no se atrevió a reprender directamente a los licenciosos, y a mostrar cuán horrible era su pecado a la vista de un Dios Santo. Más bien les presentó el verdadero objeto de la vida, y trató de inculcarles las lecciones del Maestro divino, que, si eran recibidas, los elevarían de la mundanalidad y el pecado a la pureza y la justicia. Se explayó especialmente en la piedad práctica y en la santidad que deben tener aquellos que serán considerados dignos de un lugar en el reino de Dios. Anhelaba ver penetrar la luz del Evangelio de Cristo en las tinieblas de su mente, para que pudieran ver cuán ofensivas a la vista de Dios eran sus prácticas inmorales. Por lo tanto, la nota tónica de su enseñanza entre ellos era Cristo y él crucificado. Trató de mostrarles que su más ferviente estudio y su mayor gozo debía ser la maravillosa verdad de la salvación por el arrepentimiento para con Dios y la fe en el Señor Jesucristo.

El filósofo se aparta de la luz de la salvación, porque ella cubre de vergüenza sus orgullosas teorías; el mundano rehusa recibirla porque ella lo separaría de sus ídolos terrenales. Pablo vió que el carácter de Cristo debía ser entendido antes que los hombres pudieran amarle, o ver la cruz con los ojos de la fe. Aquí debe comenzar ese estudio que será la ciencia y el canto de los redimidos por toda la eternidad. Solamente a la luz de la cruz puede estimarse el valor del alma humana.

La influencia refinadora de la gracia de Dios cambia el temperamento natural del hombre. El cielo no sería deseable para las personas de ánimo carnal; sus corazones naturales y profanos no serían atraídos por aquel lugar puro y santo; y si se les permitiera entrar, no hallarían allí cosa alguna que les agradase. Las propensiones que dominan el corazón natural deben ser subyugadas por la gracia de Cristo, antes que el hombre caído sea apto para entrar en el cielo y gozar del compañerismo de los ángeles puros y santos. Cuando el hombre muere al pecado y despierta a una nueva vida en Cristo, el amor divino llena su corazón; su entendimiento se santifica; bebe en una fuente inagotable de gozo y conocimiento; y la luz de un día eterno brilla en su senda, porque con él está continuamente la Luz de la vida.

Pablo había tratado de impresionar en la mente de los hermanos corintios el hecho de que él y los ministros que estaban asociados con él no eran sino hombres comisionados por Dios para enseñar la verdad; que todos estaban ocupados en la misma obra; y que dependían igualmente de Dios para tener éxito en sus labores. La discusión que se había levantado en la iglesia en cuanto a los méritos relativos de los diferentes ministros, no estaba de acuerdo con la voluntad de Dios, sino que era el resultado de abrigar los atributos del corazón natural. “Porque diciendo el uno: Yo cierto soy de Pablo: y el otro: yo de Apolos; ¿no sois carnales? ¿Qué pues es Pablo? ¿y qué es Apolos? Ministros por los cuales habéis creído; y eso según que a cada uno ha concedido el Señor. Yo planté, Apolos negó; mas Dios ha dado el crecimiento. Así que, ni el que planta es algo, ni el que riega; sino Dios, que da el crecimiento.” 1 Corintios 3:4-7.

Pablo fué quien predicó primero el Evangelio en Corinto y quien había organizado la iglesia allí. Esta era la obra que el Señor le había asignado. Más tarde, por la dirección de Dios, otros obreros fueron enviados allí, para que ocuparan su debido lugar. La semilla sembrada debía regarse, y esto debía hacerlo Apolos. Siguió a Pablo en su obra, para dar instrucción adicional y ayudar al crecimiento de la semilla sembrada. Conquistó los corazones del pueblo, pero era Dios el que daba el crecimiento. No es el poder humano, sino el divino, el que obra la transformación del carácter. Los que plantan y los que riegan, no hacen crecer la semilla; trabajan bajo la dirección de Dios, como sus agentes señalados, y cooperan con él en su obra. Al Artífice maestro pertenecen el honor y la gloria del éxito.

Los siervos de Dios no poseen todos los mismos dones, pero son todos obreros suyos. Cada uno debe aprender del gran Maestro, y comunicar entonces lo que ha aprendido. Dios ha dado a cada uno de sus mensajeros un trabajo individual. Hay diversidad de dones, pero todos los obreros deben estar unidos armoniosamente, dominados por la influencia santificadora del Espíritu Santo. A medida que den a conocer el Evangelio de la salvación, muchos serán convencidos y convertidos por el poder de Dios. El instrumento humano se esconde con Cristo en Dios, y Cristo aparece como el principal entre diez mil, y todo él codiciable.

“Y el que planta y el que riega son una misma cosa; aunque cada uno recibirá su recompensa conforme a su labor. Porque nosotros, coadjutores somos de Dios; y vosotros labranza de Dios sois, edificio de Dios sois.” 1 Corintios 3:8, 9. En este pasaje el apóstol compara la iglesia a un campo cultivado, en el cual trabajan los viñeros, cuidando de la viña del plantío del Señor; y también con un edificio, que debe crecer para convertirse en un templo santo para el Señor. Dios es el Obrero maestro, y él ha señalado a cada uno su obra. Todos han de trabajar bajo su supervisión, permitiéndole obrar en favor de sus siervos y por medio de ellos. Les da tacto y habilidad, y si prestan oído a su instrucción, corona de éxito sus esfuerzos.

Los siervos de Dios han de trabajar juntos, fusionando sus personalidades en una forma bondadosa y cortés, previniéndose con honra los unos a los otros. Romanos 12:10. No debe haber crítica falta de bondad; no debe hacerse trizas el trabajo de otros, ni ha de haber distintos partidos. Cada hombre a quien el Señor ha encomendado su mensaje tiene su trabajo específico. Cada uno tiene su propia individualidad que no debe fundirse en la de ningún otro. Sin embargo, cada uno debe trabajar en armonía con sus hermanos. En su servicio, los obreros de Dios han de ser esencialmente uno. Ninguno ha de erigirse en modelo ni debe hablar despectivamente de sus colaboradores o tratarlos como inferiores. Bajo Dios, cada uno ha de hacer su trabajo señalado, respetado, amado y animado por los otros obreros. Juntos han de llevar adelante la obra hasta completarla.

Estos principios se exponen extensamente en la primera epístola de Pablo a la iglesia de Corinto. El apóstol se refiere a los “ministros de Cristo” como “dispensadores de los misterios de Dios;” y de su trabajo declara: “Se requiere en los dispensadores, que cada uno sea hallado fiel. Yo en muy poco tengo el ser juzgado de vosotros, o de juicio humano; y ni aun yo me juzgo. Porque aunque de nada tengo mala conciencia, no por eso soy justificado; mas el que me juzga, el Señor es. Así que, no juzguéis nada antes de tiempo, hasta que venga el Señor, el cual también aclarará lo oculto de las tinieblas, y manifestará los intentos de los corazones: y entonces cada uno tendrá de Dios la alabanza.” 1 Corintios 4:1-5.

Ningún ser humano ha sido autorizado para juzgar a los diferentes siervos de Dios. Sólo el Señor es el juez de la obra del hombre, y él dará a cada uno su justa recompensa.

El apóstol, continuando, se refirió directamente a las comparaciones que se habían hecho entre sus labores y las de Apolos: “Esto empero, hermanos, he pasado por ejemplo en mí y en Apolos por amor de vosotros; para que en nosotros aprendáis a no saber más de lo que está escrito, hinchándoos por causa de otro el uno contra el otro. Porque ¿quién te distingue? ¿o qué tienes que no hayas recibido? Y si lo recibiste, ¿de qué te glorías como si no hubieras recibido?” 1 Corintios 4:6, 7.

Pablo expuso claramente a la iglesia los peligros y las penurias que él y sus asociados habían soportado pacientemente en su servicio por Cristo. “Hasta esta hora—declaró él,—hambreamos, y tenemos sed, y estamos desnudos, y somos heridos de golpes, y andamos vagabundos; y trabajamos, obrando con nuestras manos: nos maldicen, y bendecimos: padecemos persecución, y sufrimos: somos blasfemados, y rogamos: hemos venido a ser como la hez del mundo, el desecho de todos hasta ahora. No escribo esto para avergonzaros: mas amonéstoos como a mis hijos amados. Porque aunque tengáis diez mil ayos en Cristo, no tendréis muchos padres; que en Cristo Jesús yo os engendré por el evangelio.” 1 Corintios 4:11-15.

El que envía a los obreros evangélicos como embajadores suyos es deshonrado cuando se manifiesta entre los oidores una fuerte adhesión hacia algunos pastores favoritos, al punto de haber mala voluntad para aceptar las labores de otros maestros. El Señor envía ayuda a sus hijos, no siempre de acuerdo con el agrado de ellos, sino según la necesitan; porque los hombres tienen una visión limitada y no pueden discernir lo que es para su más alto bien. Es muy raro que un ministro posea todas las cualidades necesarias para perfeccionar una iglesia según todos los requerimientos del cristianismo; por lo tanto, Dios a menudo le envía otros pastores, cada uno de los cuales posee algunas cualidades de que carecían los otros.

La iglesia ha de aceptar con agradecimiento a estos siervos de Cristo, tal como aceptaría al Maestro mismo. Ha de tratar de sacar todos los beneficios posibles de la instrucción que de la Palabra de Dios le dé cada ministro. Las verdades que los siervos de Dios presenten han de ser aceptadas y apreciadas con la mansedumbre propia de la humildad, pero ningún ministro ha de ser idolatrado.

Por la gracia de Cristo, los ministros de Dios son hechos mensajeros de luz y bendición. Cuando por oración ferviente y perseverante sean dotados por el Espíritu Santo y avancen cargados con la preocupación de la salvación de las almas, con sus corazones llenos de celo por extender los triunfos de la cruz, verán el fruto de sus labores. Rehusando resueltamente desplegar sabiduría humana o exaltarse a sí mismos, realizarán una obra que soportará los asaltos de Satanás. Muchas almas se volverán de las tinieblas a la luz, y se establecerán muchas iglesias. Los hombres se convertirán, no al instrumento humano, sino a Cristo. El yo se mantendrá oculto; sólo Jesús, el Hombre del Calvario, aparecerá.

Aquellos que trabajan por Cristo hoy día pueden revelar las mismas excelencias distintivas reveladas por los que en el tiempo apostólico proclamaron el Evangelio. Dios está tan dispuesto a dar el poder a sus siervos hoy como estaba dispuesto a darlo a Pablo y Apolos, a Silas, a Timoteo, a Pedro, a Santiago y Juan.

En el tiempo de los apóstoles había algunas mal inspiradas almas que pretendían creer en Cristo, pero rehusaban manifestar respeto a sus embajadores. Declaraban que no seguían al maestro humano, sino que eran enseñadas directamente por Cristo, sin la ayuda de los ministros del Evangelio. Eran independientes de espíritu, y no estaban dispuestos a someterse a la voz de la iglesia. Tales hombres estaban en grave peligro de ser engañados.

Dios ha puesto en la iglesia, como sus ayudadores señalados, hombres de diversos talentos, para que por la sabiduría combinada de muchos, pueda cumplirse la voluntad del Espíritu. Los hombres que proceden de acuerdo con sus propios rasgos fuertes de carácter, y rehusan llevar el yugo con otros que han tenido larga experiencia en la obra de Dios, llegarán a cegarse por la confianza propia y a incapacitarse para discernir entre lo falso y lo verdadero. No es seguro elegir a los tales como dirigentes de la iglesia; porque seguirían su propio juicio y plan, sin importarles el juicio de sus hermanos. Es fácil para el enemigo trabajar por medio de aquellos que, necesitando consejo ellos mismos a cada paso, asumen el cuidado de las almas por su propia fuerza, sin haber aprendido la humildad de Cristo.

Las impresiones solas no son una guía segura del deber. A menudo el enemigo induce a los hombres a creer que es Dios quien los guía, cuando en realidad están siguiendo sólo el impulso humano. Pero si vigilamos cuidadosamente, si consultamos a nuestros hermanos, se hará comprender la voluntad del Señor; porque la promesa es: “Encaminará a los humildes por el juicio, y enseñará a los mansos su carrera.” Salmos 25:9.

En la iglesia cristiana primitiva había algunos que rehusaban reconocer a Pablo y a Apolos, y sostenían que Pedro era su jefe. Afirmaban que Pedro había sostenido la más estrecha relación con Cristo cuando el Señor estuvo en la tierra, mientras que Pablo había perseguido a los creyentes. Las opiniones y los sentimientos de los tales estaban dominados por el prejuicio. No manifestaban la liberalidad, la generosidad, la ternura, que revelan que Cristo habita en el corazón.

Había peligro de que este espíritu partidista produjera un gran mal en la iglesia cristiana; y el Señor le indicó a Pablo que pronunciara palabras de ferviente amonestación y solemne protesta. A aquellos que decían: “Yo cierto soy de Pablo, pues yo de Apolos; y yo de Cefas, y yo de Cristo,” el apóstol preguntó: “¿Está dividido Cristo? ¿Fué crucificado Pablo por vosotros? ¿o habéis sido bautizados en el nombre de Pablo?” “Así que, ninguno se gloríe en los hombres—suplicó;—porque todo es vuestro; sea Pablo, sea Apolos, sea Cefas, sea el mundo, sea la vida, sea la muerte, sea lo presente, sea lo por venir; todo es vuestro; y vosotros de Cristo; y Cristo de Dios.” 1 Corintios 1:12, 13; 3:21-23.

Pablo y Apolos estaban en perfecto acuerdo. El último estaba chasqueado y apenado por la disensión existente en la iglesia de Corinto; no se aprovechó de la preferencia que se le mostraba, ni la estimuló, sino que abandonó rápidamente el campo de lucha. Cuando Pablo, más tarde, le instó a visitar a Corinto, rehusó hacerlo, y no trabajó de nuevo allí hasta mucho tiempo después, cuando la iglesia había alcanzado una condición espiritual mejor.

Capítulo 27—Efeso

Este capítulo está basado en Hechos 19:1-20.

Mientras Apolos predicaba en Corinto, Pablo cumplió su promesa de volver a Efeso. Había hecho una breve visita a Jerusalén, y había pasado algún tiempo en Antioquía, el escenario de sus primeras labores. Desde allí viajó a través de Asia Menor, “andando por orden la provincia de Galacia, y la Phrygia” (Hechos 18:23), visitando las iglesias que él mismo había establecido, y fortaleciendo la fe de los creyentes.

En el tiempo de los apóstoles, la porción occidental del Asia Menor se conocía como la provincia romana de Asia. Efeso, la capital, era un gran centro comercial. Su puerto estaba atestado de barcos, y en sus calles se agolpaban gentes de todos los países. Como Corinto, ofrecía un campo promisorio para el esfuerzo misionero.

Los judíos, esparcidos ampliamente ahora en todos los países civilizados, esperaban en general el advenimiento del Mesías. Cuando Juan el Bautista predicaba, muchos, en sus visitas a Jerusalén en ocasión de las fiestas anuales, habían ido a las orillas del Jordán para escucharle. Allí habían oído a Jesús proclamado como el Prometido, y habían llevado las nuevas a todas partes del mundo. Así había preparado la Providencia el terreno para las labores de los apóstoles.

Al llegar a Efeso, Pablo encontró doce hermanos, que, como Apolos, habían sido discípulos de Juan el Bautista, y como él habían adquirido cierto conocimiento de la misión de Cristo. No tenían la capacidad de Apolos, pero con la misma sinceridad y fe estaban tratando de extender el conocimiento que habían recibido.

Estos hermanos no sabían nada de la misión del Espíritu Santo. Cuando Pablo les preguntó si habían recibido el Espíritu, contestaron: “Ni aun hemos oído si hay Espíritu Santo.” “¿En qué pues sois bautizados?” preguntó Pablo, y ellos dijeron: “En el bautismo de Juan.”

Entonces el apóstol les expuso las grandes verdades que constituyen el fundamento de la esperanza del cristiano. Les habló de la vida de Cristo en esta tierra, y de su cruel muerte de ignominia. Les dijo cómo el Señor de la vida había roto las barreras de la tumba, y se había levantado triunfante de la muerte, Repitió la comisión del Salvador a sus discípulos: “Toda potestad me es dada en el cielo y en la tierra. Por tanto id, y doctrinad a todos los Gentiles, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.” Mateo 28:18, 19. Les habló también de la promesa de Cristo de enviar el Consolador, por cuyo poder se realizarían poderosas señales y prodigios, y describió cuán gloriosamente esta promesa se había cumplido el día de Pentecostés.

Con profundo interés, y agradecido y maravillado gozo, los hermanos escucharon las palabras de Pablo. Por la fe aceptaron la maravillosa verdad del sacrificio expiatorio de Cristo, y le recibieron como su Redentor. Fueron bautizados entonces en el nombre de Jesús; “y habiéndoles impuesto Pablo las manos,” recibieron también el bautismo del Espíritu Santo, por el cual fueron capacitados para hablar los idiomas de otras naciones, y para profetizar. Así fueron habilitados para trabajar como misioneros en Efeso y en su vecindad, y también para salir a proclamar el Evangelio en Asia Menor.

Fué abrigando un espíritu humilde y susceptible a la enseñanza cómo estos hombres adquirieron la experiencia que los habilitó para salir como obreros al campo de la mies. Su ejemplo presenta a los cristianos una lección de gran valor. Muchos hacen tan sólo poco progreso en la vida divina porque tienen demasiada suficiencia propia para ocupar la posición de alumnos. Se conforman con un conocimiento superficial de la Palabra de Dios. No desean cambiar su fe o práctica, y por ende no hacen esfuerzos por adquirir mayor conocimiento.

Si los seguidores de Cristo buscaran con fervor la sabiduría, serían guiados a terrenos ricos de verdad, que ahora desconocen enteramente. El que se entregue plenamente a Dios, será guiado por la mano divina. Puede ser humilde y sin talentos al parecer; sin embargo, si con corazón amante y confiado obedece toda indicación de la voluntad de Dios, sus facultades se purificarán, ennoblecerán y vigorizarán, y sus capacidades aumentarán. A medida que atesore las lecciones de la sabiduría divina, se le confiará una comisión sagrada; y será capacitado para hacer de su vida un honor para Dios y una bendición para el mundo. “El principio de tus palabras alumbra; hace entender a los simples.” Salmos 119:130.

Hoy son demasiados los que ignoran tanto como los creyentes de Efeso la obra del Espíritu Santo en el corazón. Sin embargo, ninguna verdad se enseña más claramente en la Palabra de Dios. Los profetas y apóstoles se han explayado en este tema. Cristo mismo nos llama la atención al crecimiento del mundo vegetal como una ilustración de la operación de su Espíritu en el sostenimiento de la vida espiritual. La savia de la vid, ascendiendo desde la raíz, se difunde por las ramas, y provee al crecimiento y a la producción de flores y fruto. Así el poder vivificador del Espíritu Santo, que procede del Salvador, llena el alma, renueva los motivos y afectos, y pone hasta los pensamientos en obediencia a la voluntad de Dios, capacitando al que lo recibe para llevar los preciosos frutos de acciones santas.

El Autor de esta vida espiritual es invisible, y el método exacto por el cual se imparte y sostiene esta vida está más allá de la facultad explicativa de la filosofía humana. Sin embargo, las operaciones del Espíritu están siempre en armonía con la Palabra escrita. Lo que sucede en el mundo natural, pasa también en el espiritual. La vida natural es conservada momento tras momento por un poder divino; sin embargo, no es sostenida por un milagro directo, sino por el uso de las bendiciones puestas a nuestro alcance. Así la vida espiritual es sostenida por el uso de los medios que la Providencia ha provisto. Para que el seguidor de Cristo crezca hasta convertirse en “un varón perfecto, a la medida de la edad de la plenitud de Cristo” (Efesios 4:13), debe comer del pan de vida y beber del agua de la salvación. Debe velar, orar y trabajar, y prestar atención en todas las cosas a las instrucciones de Dios consignadas en su Palabra.

La experiencia de esos conversos judíos tiene todavía otra lección para nosotros. Cuando fueron bautizados por Juan, no comprendieron bien la misión de Jesús como expiador de los pecados. Seguían creyendo graves errores, pero cuando recibieron mayor conocimiento, aceptaron alegremente a Cristo como su Redentor; y al dar este paso hacia adelante, cambiaron sus obligaciones. Cuando recibieron una fe más pura, hubo un cambio correspondiente en su vida. Como señal de este cambio, y como reconocimiento de su fe en Cristo, fueron bautizados de nuevo, en el nombre de Jesús.

Según su costumbre, Pablo había comenzado su trabajo en Efeso predicando en la sinagoga de los judíos. Continuó trabajando allí por tres meses, “disputando y persuadiendo del reino de Dios.” Al principio fué recibido favorablemente; pero como en otros países, pronto fué combatido violentamente. “Algunos se endurecieron y rehusaron creer, hablando mal del Camino delante de la multitud.” (V.M.) Como persistían en rechazar el Evangelio, el apóstol dejó de predicar en la sinagoga.

El Espíritu de Dios había obrado con Pablo y por medio de él en sus labores por sus compatriotas. Se había presentado suficiente evidencia para convencer a todo aquel que deseara sinceramente conocer la verdad. Pero muchos se dejaron dominar por el prejuicio y la incredulidad, y rehusaron ceder a la evidencia más concluyente. Temiendo que la fe de los creyentes peligrase por el trato continuo de estos opositores de la verdad, Pablo se separó de ellos y reunió a los discípulos en una entidad distinta, continuando sus instrucciones públicas en la escuela de Tirano, un maestro de cierta distinción.

Pablo vió que se estaba abriendo delante de él una “puerta grande y eficaz,” aunque eran muchos “los adversarios.” 1 Corintios 16:9. Efeso era no solamente la más magnífica, sino la más corrupta de las ciudades de Asia. La superstición y los placeres sensuales dominaban en su abundante población. Bajo la sombra de sus templos se amparaban criminales de todas las clases, y florecían las vicios más degradantes.

Efeso era un centro popular del culto de Diana. La fama del magnífico templo de “Diana de los Efesios” se extendía por toda Asia y el mundo. Su sobresaliente esplendor era el orgullo, no solamente de la ciudad, sino de la nación. El ídolo que estaba en el templo había caído del cielo, según la tradición. En él estaban escritos caracteres simbólicos, que se creía poseían gran poder. Los efesios habían escrito libros para explicar el significado y uso de estos símbolos.

Entre los que habían estudiado detenidamente estos costosos libros, había muchos magos, que ejercían una influencia poderosa sobre los supersticiosos adoradores de la imagen que estaba en el templo.

Al apóstol Pablo, en sus trabajos en Efeso, se le dieron señales especiales del favor divino. El poder de Dios acompañaba sus esfuerzos, y muchos eran sanados de enfermedades físicas. “Hacía Dios singulares maravillas por manos de Pablo: de tal manera que aun se llevaban sobre los enfermos los sudarios y los pañuelos de su cuerpo, y las enfermedades se iban de ellos, y los malos espíritus salían de ellos.” Estas manifestaciones de poder sobrenatural eran mayores que todas las que se habían visto alguna vez en Efeso, y eran de tal carácter que no podían ser imitadas por la habilidad de los prestidigitadores o los encantamientos de los hechiceros. Como estos milagros eran hechos en el nombre de Jesús de Nazaret, el pueblo tenía oportunidad de ver que el Dios del cielo era más poderoso que los magos que adoraban a la diosa Diana. Así exaltaba el Señor a su siervo, aun delante de los idólatras mismos, inmensurablemente por encima del más poderoso y favorecido de los magos.

Pero Aquel a quien están sujetos todos los espíritus del mal; quien había dado a su siervo autoridad sobre ellos, había de avergonzar y derrotar aun más a aquellos que despreciaban y profanaban su santo nombre. La hechicería había sido prohibida por la ley de Moisés, bajo pena de muerte; sin embargo, de tiempo en tiempo había sido practicada secretamente por judíos apóstatas. En el tiempo de la visita de Pablo a Efeso, había en la ciudad “algunos de los Judíos, exorcistas vagabundos,” quienes, al ver las maravillosas obras hechas por él, “tentaron a invocar el nombre del Señor Jesús sobre los que tenían espíritus malos.” Fué hecha una prueba por “siete hijos de un tal Sceva, Judío, príncipe de los sacerdotes.” Al hallar a un hombre poseído por un demonio, le dijeron: “Os conjuro por Jesús, el que Pablo predica.” Pero “respondiendo el espíritu malo, dijo: A Jesús conozco, y sé quién es Pablo: mas vosotros ¿quiénes sois? Y el hombre en quien estaba el espíritu malo, saltando en ellos, y enseñoreándose de ellos, pudo más que ellos, de tal manera que huyeron de aquella casa desnudos y heridos.”

De este modo se dió una prueba inequívoca de la santidad del nombre de Cristo, y el peligro a que se expone el que lo invoque sin fe en la divinidad de la misión del Salvador. “Y cayó temor sobre todos ellos, y era ensalzado el nombre del Señor Jesús.”

Ahora se revelaron hechos antes escondidos. Al aceptar el cristianismo, algunos de los creyentes no habían renunciado completamente a sus supersticiones. Hasta cierto punto continuaban practicando la magia. Ahora, convencidos de su error, “muchos de los que habían creído, venían, confesando y dando cuenta de sus hechos.” Aun algunos de los mismos hechiceros fueron alcanzados por esta buena obra; y “muchos de los que habían practicado vanas artes, trajeron los libros, y los quemaron delante de todos; y echada la cuenta del precio de ellos, hallaron ser cincuenta mil denarios. Así crecía poderosamente la palabra del Señor, y prevalecía.”

Al quemar estos libros de magia, los conversos efesios mostraron que ahora aborrecían las cosas en las cuales se habían deleitado una vez. Era por la magia cómo habían ofendido especialmente a Dios y puesto en peligro sus almas; y contra la magia manifestaron tal indignación. Así dieron evidencia de su verdadera conversión.

Estos tratados sobre adivinación contenían reglas y formas de comunicarse con los malos espíritus. Eran los reglamentos del culto de Satanás, instrucciones para solicitar su ayuda y obtener de él información. Reteniendo estos libros, los discípulos se hubieran expuesto a la tentación; vendiéndolos, hubieran colocado la tentación en el camino de otros. Habían renunciado al reino de las tinieblas; y para destruir su poder, no vacilaron ante ningún sacrificio. Así la verdad triunfó sobre los prejuicios de los hombres, y también sobre su amor al dinero.

Por esta manifestación del poder de Cristo, se ganó una poderosa victoria en favor del cristianismo en la misma fortaleza de la superstición. La influencia que tuvo fué más extensa de lo que aun Pablo comprendía. Desde Efeso las nuevas se extendieron ampliamente, y se dió un poderoso impulso a la causa de Cristo. Mucho después que el apóstol mismo hubo terminado su carrera, estas escenas vivían en la memoria de los hombres, y eran el medio de ganar conversos para el Evangelio.

Algunas personas alientan la creencia de que las supersticiones paganas han desaparecido ante la civilización del siglo veinte. Pero la Palabra de Dios y el duro testimonio de los hechos declaran que se práctica la hechicería en nuestro tiempo tan seguramente como en los días de los magos de la antigüedad. El antiguo sistema de la magia es, en realidad, el mismo que ahora se conoce con el nombre de espiritismo moderno. Satanás halla acceso a miles de mentes presentándose bajo el disfraz de amigos desaparecidos. Las Sagradas Escrituras declaran que “los muertos nada saben.” Eclesiastés 9:5. Sus pensamientos, su amor, su odio, han perecido. Los muertos no se comunican con los vivos. Pero fiel a su antigua astucia, Satanás emplea este recurso a fin de apoderarse de la dirección de la mente.

Por medio del espiritismo, muchos de los enfermos, los enlutados, los curiosos, se están comunicando con los malos espíritus. Todos los que se atreven a hacer esto están en terreno peligroso. La palabra de verdad declara cómo los considera Dios. En los tiempos antiguos pronunció él severo juicio contra un rey que había enviado a pedir consejo a un oráculo pagano: “¿No hay Dios en Israel, que vosotros vais a consultar a Baalzebub dios de Ecrón? Por tanto así ha dicho Jehová: Del lecho en que subiste no descenderás, antes morirás ciertamente.” 2 Reyes 1:3, 4.

Los magos de los tiempos paganos tienen su contraparte en los médiums espiritistas, los clarividentes y los adivinos de hoy día. Las místicas voces que hablaban en Endor y en Efeso están todavía extraviando a los hijos de los hombres con sus palabras mentirosas. Si se descorriera el velo ante nuestros ojos, podríamos ver a los ángeles malignos empleando todas sus artes para engañar y destruir. Dondequiera se ejerce una influencia para inducir a los hombres a olvidar a Dios, está Satanás ejerciendo su poder hechicero. Cuando los hombres se entregan a su influencia, antes que se den cuenta la mente se confunde y el alma se contamina. El pueblo actual de Dios debería prestar atención a la amonestación del apóstol a la iglesia de Efeso: “No comuniquéis con las obras infructuosas de las tinieblas; sino antes bien redargüidlas.” Efesios 5:11.

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Week of September 25, 2016

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