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Capítulo 28—Días de trabajo y de prueba

Este capítulo está basado en Hechos 19:21-41; 20:1.

Durante más de tres años, Efeso fué el centro de la obra de Pablo. Una iglesia floreciente se había levantado allí, y desde esa ciudad el Evangelio se había extendido por toda la provincia de Asia, tanto entre los habitantes judíos como entre los gentiles.

El apóstol había estado planeando ahora por algún tiempo otro viaje misionero. “Se propuso Pablo en espíritu partir a Jerusalem, después de andada Macedonia y Acaya, diciendo: Después que hubiere estado allá, me será menester ver también a Roma.” De acuerdo con este plan, envió “a Macedonia a dos de los que le ayudaban, Timoteo y Erasto;” pero sintiendo que la causa en Efeso demandaba todavía su presencia, decidió permanecer allí hasta después de Pentecostés. Pronto, sin embargo, se produjo un suceso que apresuró su partida.

Una vez al año se celebraban en Efeso ceremonias especiales en honor de la diosa Diana. Con este motivo, venían a la ciudad grandes multitudes de todas partes de la provincia y se efectuaban durante todo este período grandes fiestas con mucha pompa y esplendor.

Este tiempo de fiesta constituía un tiempo de prueba para aquellos que acababan de aceptar la fe. La compañía de los creyentes que se reunían en la escuela de Tirano era una nota discordante en el coro festivo, y se los hacía objeto del ridículo, el reproche y el insulto. Las labores de Pablo habían asestado al culto pagano un golpe eficaz, en consecuencia del cual se notaba un decaimiento perceptible en la asistencia a la fiesta nacional y en el entusiasmo de los adoradores. La influencia de sus enseñanzas se extendía mucho más allá de los conversos efectivos a la fe. Muchos que no habían aceptado abiertamente las nuevas doctrinas, llegaron a iluminarse hasta tal punto que perdieron toda confianza en sus dioses paganos.

Había también otra causa de descontento. Se había convertido en un extenso y lucrativo negocio en Efeso la fabricación y venta de pequeños santuarios e imágenes, modeladas conforme al templo y la imagen de Diana. Los que se interesaban en esta industria descubrieron que sus ganancias disminuían, y todos concordaron en atribuir el desventurado cambio a las labores de Pablo.

Demetrio, un fabricante de templecitos de plata, reuniendo a los que trabajaban en ese oficio, dijo: “Varones, sabéis que de este oficio tenemos ganancia; y veis y oís que este Pablo, no solamente en Efeso, sino a muchas gentes de casi toda el Asia, ha apartado con persuasión, diciendo, que no son dioses los que se hacen con las manos. Y no solamente hay peligro de que este negocio se nos vuelva en reproche, sino también que el templo de la gran diosa Diana sea estimado en nada, y comience a ser destruída su majestad, la cual honra toda el Asia y el mundo.” Estas palabras despertaron las excitables pasiones del pueblo. “Llenáronse de ira, y dieron alarido, diciendo: ¡Grande es Diana de los Efesios!”

Rápidamente se difundió un informe de este discurso. “Y la ciudad se llenó de confusión.” Se buscó a Pablo, pero el apóstol no pudo ser hallado. Sus hermanos, siendo advertidos del peligro, le hicieron salir apresuradamente del lugar. Fueron enviados ángeles de Dios para guardar al apóstol; el tiempo en que había de morir como mártir todavía no había llegado.

Ya que no podía encontrar el objeto de su ira, la turba se apoderó de “Gayo y Aristarco, Macedonios, compañeros de Pablo,” y con éstos, “unánimes se arrojaron al teatro.”

El lugar en que Pablo había sido ocultado no estaba muy distante, y pronto se enteró él del peligro en que se hallaban sus amados hermanos. Olvidando su propia seguridad, quiso ir al

teatro para hablar a los que causaban el tumulto. Pero “los discípulos no le dejaron.” Gayo y Aristarco no eran la presa que el pueblo buscaba; de modo que no había de temerse que se les hiciese mucho daño. Pero a la vista del pálido y agobiado rostro del apóstol, se hubieran despertado las peores pasiones de la turba, y no habría habido la menor posibilidad humana de salvar su vida.

Pablo estaba todavía ansioso de defender la verdad ante la multitud; pero fué al fin disuadido por un mensaje de amonestación enviado desde el teatro. “Algunos de los principales de Asia, que eran sus amigos, enviaron a él rogando que no se presentase en el teatro.”

El tumulto del teatro iba creciendo. Algunos gritaban una cosa “y otros gritaban otra cosa; porque la concurrencia estaba confusa, y los más no sabían por qué se habían juntado.” El hecho de que Pablo y algunos de sus compañeros fuesen de sangre hebrea, llenó a los judíos del deseo de mostrar claramente que no simpatizaban con él ni con su obra. Por lo tanto, presentaron a uno de los suyos para que expusiese el asunto ante el populacho. El orador elegido fué Alejandro, uno de los artesanos, un calderero, a quien Pablo se refirió más adelante como a uno que le había hecho mucho daño. 2 Timoteo 4:14. Alejandro era un hombre de considerable habilidad, y concentró todas sus energías para dirigir la ira de la gente exclusivamente contra Pablo y sus compañeros. Pero la turba, dándose cuenta de que Alejandro era judío, lo hizo a un lado; y “fué hecha una voz de todos, que gritaron casi por dos horas: ¡Grande es Diana de los Efesios!”

Al fin, completamente exhaustos, pararon, y hubo un silencio momentáneo. Entonces el escribano de la ciudad llamó la atención de la turba, y en virtud de su cargo consiguió que le escucharan. Hizo frente al pueblo en su propio terreno, y le mostró que no había motivo para ese tumulto. Apeló a su razón: “Varones Efesios—dijo,—¿y quién hay de los hombres que no sepa que la ciudad de los Efesios es honrada de la grande diosa Diana, y de la imagen venida de Júpiter? Así que, pues esto no puede ser contradicho, conviene que os apacigüéis, y que nada hagáis temerariamente; pues habéis traído a estos hombres, sin ser sacrílegos ni blasfemadores de vuestra diosa. Que si Demetrio y los oficiales que están con él tienen negocio con alguno, audiencias se hacen, y procónsules hay; acúsense los unos a los otros. Y si demandáis alguna otra cosa, en legítima asamblea se puede decidir. Porque peligro hay de que seamos argüídos de sedición por hoy, no habiendo ninguna causa por la cual podamos dar razón de este concurso. Y habiendo dicho esto, despidió la concurrencia.”

En su discurso Demetrio había indicado que su oficio estaba en peligro. Estas palabras revelan la verdadera causa del tumulto de Efeso, y también la causa de mucha de la persecución que afrontaron los apóstoles en su trabajo. Demetrio y sus compañeros de oficio vieron que por la enseñanza y la extensión del Evangelio, el negocio de la fabricación de imágenes estaba en peligro. Los ingresos de los sacerdotes y artesanos paganos estaban comprometidos y por esta razón levantaron contra Pablo la más acerba oposición.

La decisión del escribano y de otros que ocupaban puestos de honor en la ciudad, había puesto a Pablo delante del pueblo como una persona inocente de acto ilegal alguno. Este fué otro triunfo del cristianismo sobre el error y la superstición. Dios había levantado a un gran magistrado para vindicar a su apóstol y detener a la turba tumultuosa. El corazón de Pablo se llenó de gratitud a Dios porque su vida había sido conservada y el cristianismo no había cobrado mala fama a causa del tumulto de Efeso.

“Y después que cesó el alboroto, llamando Pablo a los discípulos, habiéndoles exhortado y abrazado, se despidió, y partió para ir a Macedonia.” En este viaje fué acompañado por dos fieles hermanos efesios, Tíquico y Trófimo.

Las labores de Pablo en Efeso terminaron. Su ministerio había sido una época de labor incesante, de muchas pruebas y profunda angustia. El había enseñado a la gente en público y de casa en casa, instruyéndola y amonestándola con muchas lágrimas. Había tenido que hacer frente continuamente a la oposición de los judíos, quienes no perdían oportunidad para excitar el sentimiento popular contra él.

Mientras batallaba así contra la oposición, impulsando con celo incansable la obra del Evangelio y velando por los intereses de una iglesia todavía nueva en la fe, Pablo sentía en su alma una preocupación por todas las iglesias.

Las noticias de que había apostasía en algunas de las iglesias levantadas por él, le causaban profunda tristeza. Temía que sus esfuerzos en favor de ellas pudieran resultar inútiles. Pasaba muchas noches de desvelo en oración y ferviente meditación al conocer los métodos que se empleaban para contrarrestar su trabajo. Cuando tenía oportunidad y la condición de ellas lo demandaba, escribía a las iglesias para reprenderlas, aconsejarlas, amonestarlas y animarlas. En estas cartas, el apóstol no se explaya en sus propias pruebas; sin embargo, ocasionalmente se vislumbran sus labores y sufrimientos en la causa de Cristo. Por amor al Evangelio soportó azotes y prisiones, frío, hambre y sed, peligros en tierra y mar, en la ciudad y en el desierto, de sus propios compatriotas y de los paganos y los falsos hermanos. Fué difamado, maldecido, considerado como el desecho de todos, angustiado, perseguido, atribulado en todo, estuvo en peligros a toda hora, siempre entregado a la muerte por causa de Jesús.

En medio de la constante tempestad de oposición, el clamor de los enemigos y la deserción de los amigos, el intrépido apóstol casi se descorazonaba. Pero miraba hacia atrás al Calvario, y con nuevo ardor se empeñaba en extender el conocimiento del Crucificado. No estaba sino hollando la senda manchada de sangre que Cristo había hollado antes. No quería desistir de la guerra hasta que pudiera arrojar su armadura a los pies de su Redentor.

Capítulo 29—Amonestación y súplica

Este capítulo está basado en 1 Corintios.

La primera epístola a la iglesia de Corinto fué escrita por el apóstol Pablo durante la última parte de su estada en Efeso. Por nadie había sentido él más profundo interés o realizado más incansables esfuerzos que por los creyentes de Corinto. Por un año y medio había trabajado entre ellos, señalándoles un Salvador crucificado y resucitado como el único medio de salvación, e instándolos a confiar implícitamente en el poder transformador de su gracia. Antes de aceptar en la comunión de la iglesia a los que profesaban el cristianismo, había tenido cuidado de darles instrucción especial en cuanto a los privilegios y deberes del creyente cristiano; y se había esforzado fervorosamente por ayudarles a ser fieles a sus votos bautismales.

Pablo tenía un agudo sentido del conflicto que toda alma debía sostener con los agentes del mal que tratan continuamente de engañar y entrampar; y había trabajado incansablemente por fortalecer y confirmar a los nuevos en la fe. Les había rogado que se entregaran completamente a Dios; porque sabía que cuando el alma no hace esta entrega, no abandona el pecado, los apetitos y pasiones todavía luchan por el dominio, y las tentaciones confunden la conciencia.

La entrega debe ser completa. Toda alma débil que, rodeada de dudas y luchas, se entrega completamente al Señor, se coloca en contacto directo con agentes que la capacitan para vencer. El cielo está cerca de ella, y tiene el sostén y la ayuda de los ángeles misericordiosos en todo tiempo de prueba y necesidad.

Los miembros de la iglesia de Corinto estaban rodeados de idolatría y sensualidad en la forma más seductora. Mientras el apóstol estaba con ellos, estas influencias no habían tenido sino poco poder sobre ellos. La firme fe de Pablo, sus fervientes oraciones y ardientes palabras de instrucción, y sobre todo, su vida piadosa, les habían ayudado a negarse a sí mismos por amor a Cristo, antes que gozar los placeres del pecado.

Después de la partida de Pablo, sin embargo, surgieron condiciones desfavorables; la cizaña que había sido sembrada por el enemigo apareció entre el trigo, y antes de mucho comenzó a producir su mal fruto. Ese fué un tiempo de severa prueba para la iglesia de Corinto. El apóstol no estaba más con ellos, para avivar su celo y ayudarles en sus esfuerzos por vivir en armonía con Dios; y poco a poco muchos llegaron a ser descuidados e indiferentes, y permitieron que los gustos y las inclinaciones naturales los dominaran. El que tan a menudo los había instado a alcanzar altos ideales de pureza y justicia, no estaba más con ellos; y no pocos de los que, al convertirse, habían abandonado sus malos hábitos, volvieron a los degradantes pecados del paganismo.

Pablo había escrito brevemente a la iglesia, y los había amonestado a no asociarse con los miembros que persistieran en la disolución; pero muchos de los creyentes pervirtieron el significado de las palabras del apóstol, sutilizaron respecto a ellas, y se excusaron por desatender su instrucción.

La iglesia le envió a Pablo una carta, en la que le pedía consejo respecto a varios asuntos, pero no decía nada de los graves pecados que existían entre ellos. Sin embargo, el Espíritu Santo impresionó fuertemente al apóstol en el sentido de que se le ocultaba la verdadera condición de la iglesia, y que con esa carta se intentaba arrancarle declaraciones que los que la habían escrito pudieran interpretar de modo que sirvieran a sus propósitos personales.

Por entonces llegaron a Efeso algunos miembros de la casa de Cloé, familia cristiana de excelente reputación en Corinto. Pablo les preguntó en cuanto al estado de las cosas, y ellos le dijeron que la iglesia estaba desgarrada por divisiones. Las disensiones que habían prevalecido en el tiempo de la visita de Apolos habían aumentado grandemente. Algunos falsos maestros estaban induciendo a los miembros a despreciar las instrucciones de Pablo. Las doctrinas y los ritos del Evangelio habían sido pervertidos. El orgullo, la idolatría, y la sensualidad estaban creciendo constantemente entre aquellos que habían sido una vez celosos en la vida cristiana.

Cuando se le presentó este cuadro, Pablo vió que sus peores temores se realizaban con creces. Pero no por eso dió rienda suelta al pensamiento de que su trabajo había sido un fracaso. Con “angustia del corazón” y “con muchas lágrimas,” pidió consejo a Dios. De buena gana hubiera visitado en seguida a Corinto, si éste hubiera sido el proceder más sabio. Pero sabía que en la condición en que estaban entonces, los creyentes no serían beneficiados por sus labores, y por lo tanto envió a Tito a fin de que preparara el terreno para una visita suya ulterior. Entonces, dejando de lado todo sentimiento personal sobre el proceder de aquellos cuya conducta revelaba tan extraña perversidad, y conservando su alma apoyada en Dios, el apóstol escribió a la iglesia de Corinto una de las más ricas, más instructivas, más poderosas de todas sus cartas.

Con notable claridad procedió a contestar las diversas preguntas que le hizo la iglesia, y a sentar principios generales que, si los seguían, los conducirían a un plano espiritual más elevado. Ellos estaban en peligro, y él no podía soportar el pensamiento de que dejara de alcanzar sus corazones en ese tiempo crítico. Les advirtió fielmente de sus peligros y los reprendió por sus pecados. Les señaló de nuevo a Cristo, y trató de despertar nuevamente el fervor de su primera devoción.

El gran amor del apóstol a los creyentes corintios se reveló en su tierno saludo a la iglesia. Se refirió a lo que habían experimentado al volverse de la idolatría al culto y servicio del Dios verdadero. Les recordó los dones del Espíritu Santo que habían recibido, y les mostró que era privilegio de ellos progresar continuamente en la vida cristiana hasta alcanzar la pureza y la santidad de Cristo. “En todas las cosas sois enriquecidos en él—escribió,—en toda lengua y en toda ciencia; así como el testimonio de Cristo ha sido confirmado en vosotros: de tal manera que nada os falte en ningún don, esperando la manifestación de nuestro Señor Jesucristo: el cual también os confirmará hasta el fin, para que seáis sin falta en el día de nuestro Señor Jesucristo.”

Pablo habló francamente de las disensiones que se habían levantado en la iglesia de Corinto, y exhortó a los miembros a dejar las contiendas. “Os ruego pues, hermanos—escribió,—por el nombre de nuestro Señor Jesucristo, que habléis todos una misma cosa, y que no haya entre vosotros disensiones, antes seáis perfectamente unidos en una misma mente y en un mismo parecer.”

El apóstol se sintió libre para mencionar cómo y por quiénes había sido informado de las divisiones de la iglesia. “Me ha sido declarado de vosotros, hermanos míos, por los que son de Cloé, que hay entre vosotros contiendas.”

Pablo era un apóstol inspirado. Las verdades que enseñara a otros las había recibido “por revelación;” sin embargo, el Señor no le revelaba directamente todas las veces la precisa condición de su pueblo. En esta ocasión, aquellos que tenían interés en la prosperidad de la iglesia de Corinto, y que habían visto penetrar males en ella, habían presentado el asunto al apóstol; y en virtud de las revelaciones anteriormente recibidas, él estaba preparado para juzgar el carácter de esos fenómenos. No obstante el hecho de que el Señor no le dió una nueva revelación para esa ocasión especial, los que estaban buscando realmente la luz aceptaron su mensaje como expresión del pensamiento de Cristo. El Señor le había mostrado las dificultades y peligros que se levantarían en las iglesias, y cuando estos males se desarrollaron, el apóstol reconoció su significado. Había sido puesto para defender a la iglesia. Había de velar por las almas como quien debía dar cuenta a Dios; ¿y no era consecuente y correcto que hiciera caso de los informes concernientes a la anarquía y las divisiones entre ellas? Con toda seguridad; y la reprensión que envió fué tan ciertamente escrita bajo la inspiración del Espíritu de Dios como cualquiera de sus otras epístolas.

El apóstol no mencionó a los falsos maestros que estaban tratando de destruir el fruto de su labor. Por causa de la obscuridad y división que había en la iglesia, se abstuvo prudentemente de irritar a los corintios con tales referencias, por temor de apartar a algunos enteramente de la verdad. Llamó la atención a su propio trabajo entre ellos como al de un “perito arquitecto,” que había puesto el fundamento sobre el cual otros habían edificado. Pero no se ensalzó por eso; porque declaró: “Nosotros, coadjutores somos de Dios.” No presumía de tener sabiduría propia, sino que reconocía que sólo el poder divino lo había capacitado para presentar la verdad de una manera agradable a Dios. Unido con Cristo, el más grande de todos los maestros, Pablo había sido capacitado para impartir lecciones de sabiduría divina, que satisfacían las necesidades de todas las clases, y que habían de aplicarse a todos los tiempos, en todos los lugares, y bajo todas las condiciones.

Entre los peores males que se habían desarrollado entre los creyentes corintios, figuraba el retorno a muchas de las degradantes costumbres del paganismo. Un ex converso había vuelto tanto a sus andadas que su conducta licenciosa era una violación aun de la baja norma de moralidad mantenida por el mundo gentil. El apóstol rogó a la iglesia que quitara de su seno “a ese malo.” “¿No sabéis—advirtió—que un poco de levadura leuda toda la masa? Limpiad pues la vieja levadura, para que seáis nueva masa, como sois sin levadura.”

Otro grave mal que se había levantado en la iglesia era que los hermanos recurrían a la ley unos contra otros. Se había hecho abundante provisión para el arreglo de las dificultades entre creyentes. Cristo mismo había dado instrucción clara en cuanto a cómo debían ser resueltos esos asuntos. “Si tu hermano pecare contra ti—había aconsejado el Salvador,—ve, y redargúyele entre ti y él solo: si te oyere, has ganado a tu hermano. Mas si no te oyere, toma aun contigo uno o dos, para que en boca de dos o de tres testigos conste toda palabra. Y si no oyere a ellos, dilo a la iglesia: y si no oyere a la iglesia, tenle por étnico y publicano. De cierto os digo que todo lo que ligareis en la tierra, será ligado en el cielo; y todo lo que desatareis en la tierra, será desatado en el cielo.” Mateo 18:15-18.

A los creyentes corintios que habían perdido de vista este claro consejo, Pablo les escribió en términos precisos de amonestación y reproche. “¿Osa alguno de vosotros—preguntó,—teniendo algo con otro, ir a juicio delante de los injustos, y no delante de los santos? ¿O no sabéis que los santos han de juzgar al mundo? Y si el mundo ha de ser juzgado por vosotros, ¿sois indignos de juzgar cosas muy pequeñas? ¿O no sabéis que hemos de juzgar a los ángeles? ¿cuánto más las cosas de este siglo? Por tanto, si hubiereis de tener juicios de cosas de este siglo, poned para juzgar a los que son de menor estima en la iglesia. Para avergonzaros lo digo. ¿Pues qué, no hay entre vosotros sabio, ni aun uno que pueda juzgar entre sus hermanos; sino que el hermano con el hermano pleitea en juicio, y esto ante los infieles? Así que, por cierto es ya una falta en vosotros que tengáis pleitos entre vosotros mismos. ¿Por qué no sufrís antes la injuria? ... Empero vosotros hacéis la injuria, y defraudáis, y esto a los hermanos. ¿No sabéis que los injustos no poseerán el reino de Dios?”

Satanás está tratando constantemente de provocar desconfianza, desunión, malicia entre el pueblo de Dios. Seremos a menudo tentados a sentir que se pisotean nuestros derechos, aun cuando no haya causa real para tales sentimientos. Aquellos cuyo amor propio sea más fuerte que su amor por Cristo y su causa, darán la primacía a sus propios intereses y recurrirán a casi cualquier medio para protegerlos y conservarlos. Aun muchos que parecen ser cristianos concienzudos son impedidos por el orgullo y la estima propia de ir privadamente a aquellos a quienes consideran en error, para hablar con ellos con el espíritu de Cristo y orar juntos el uno por el otro. Al creerse perjudicados por sus hermanos, algunos recurrirán hasta a un juicio en lugar de seguir la regla del Salvador.

Los cristianos no deberían recurrir a los tribunales civiles para arreglar las diferencias que puedan levantarse entre los miembros de la iglesia. Tales diferencias deberían arreglarse entre ellos mismos, o por la iglesia, de acuerdo con la instrucción de Cristo. Aunque pueda haberse cometido una injusticia, el seguidor del manso y humilde Jesús sufrirá que se le defraude antes que exponer al mundo los pecados de sus hermanos de la iglesia.

Los pleitos entre hermanos son un oprobio para la causa de la verdad. Los cristianos que recurren a la ley unos contra otros exponen a la iglesia al ridículo de sus enemigos, y provocan el triunfo de las potestades de las tinieblas. Hieren de nuevo a Cristo, y le exponen al vituperio. Al pasar por alto la autoridad de la iglesia, manifiestan menosprecio por Dios, quien dió autoridad a la iglesia.

En esta carta a los corintios, Pablo se esforzó por mostrarles el poder de Cristo para guardarlos del mal. Sabía que si cumplieran con las condiciones expuestas serían revestidos de la fuerza del Poderoso. Como medio para ayudarles a librarse de la esclavitud del pecado y perfeccionar la santidad con el temor del Señor, Pablo les presentó con vehemencia los requerimientos de Aquel a quien habían dedicado sus vidas cuando se convirtieron. “Sois de Cristo” (V.M.), declaró. “No sois vuestros.... Comprados sois por precio: glorificad pues a Dios en vuestro cuerpo y en vuestro espíritu, los cuales son de Dios.”

El apóstol bosquejó francamente el resultado de volver de la vida de pureza y santidad a las prácticas corruptas del paganismo. “No erréis—escribió,—que ni los fornicarios, ni los idólatras, ni los adúlteros, ni los ladrones, ni los avaros, ni los borrachos, ni los maldicientes, ni los robadores, heredarán el reino de Dios.” Les suplicó que dominaran las bajas pasiones y apetitos. “¿O ignoráis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo—les preguntó,—el cual está en vosotros, el cual tenéis de Dios?”

Aunque Pablo poseía elevadas facultades intelectuales, su vida revelaba el poder de una sabiduría aun menos común, que le daba rapidez de discernimiento y simpatía de corazón, y le ponía en estrecha comunión con otros, capacitándolo para despertar su mejor naturaleza e inspirarlos a luchar por una vida más elevada. Su corazón estaba lleno de ardiente amor por los creyentes corintios. Anhelaba verlos revelar una piedad interior que los fortaleciera contra la tentación. Sabía que a cada paso del camino cristiano se les opondría la sinagoga de Satanás, y que tendrían que empeñarse diariamente en conflictos. Tendrían que guardarse contra el acercamiento furtivo del enemigo, rechazar los viejos hábitos e inclinaciones naturales, y velar siempre en oración. Pablo sabía que las más valiosas conquistas cristianas pueden obtenerse solamente mediante mucha oración y constante vigilancia, y trató de inculcar esto en sus mentes. Pero sabía también que en Cristo crucificado se les ofrecía un poder suficiente para convertir el alma y divinamente adaptado para permitirles resistir todas las tentaciones al mal. Con la fe en Dios como su armadura, y con su Palabra como su arma de guerra, serían provistos de un poder interior que los capacitaría para desviar los ataques del enemigo.

Los creyentes corintios necesitaban una experiencia más profunda en las cosas de Dios. No sabían plenamente lo que significaba contemplar su gloria y ser cambiados de carácter en carácter. No habían visto sino los primeros rayos de la aurora de esa gloria. El deseo de Pablo para con ellos era que pudieran ser henchidos con toda la plenitud de Dios, que prosiguieran conociendo a Aquel cuya salida se prepara como la mañana, y continuaran aprendiendo de él hasta que llegaran a la plenitud del mediodía de una perfecta fe evangélica.

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