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Capítulo 47—El último arresto de Pablo

No podía escapar a la atención de sus enemigos la obra de Pablo entre las iglesias después de su absolución en Roma. Desde los comienzos de la persecución de Nerón, los cristianos eran por doquiera una secta proscrita. Pasado algún tiempo, los judíos incrédulos concibieron la idea de achacar a Pablo el crimen de haber instigado el incendio de Roma. Ninguno de ellos lo creía culpable; pero comprendían que semejante acusación hecha con la menor apariencia de probabilidad, acarrearía su condena. Por medio de esos esfuerzos, Pablo fué nuevamente detenido y llevado en seguida a su prisión final.

En su segundo viaje a Roma, le acompañaron varios de sus anteriores colaboradores; otros deseaban ardientemente compartir su suerte, pero Pablo rehusó permitirles que hicieran peligrar su vida así. La perspectiva para él no era ahora tan favorable como en ocasión de su primer encarcelamiento. La persecución bajo Nerón había disminuído grandemente el número de cristianos en Roma. Miles habían sido martirizados por su fe, muchos habían abandonado la ciudad y los que quedaron fueron en gran manera intimidados y deprimidos.

Al llegar a Roma, lo encerraron en una lóbrega mazmorra, en la cual iba a quedar hasta el fin de su carrera. Acusado de instigar uno de los más viles y terribles crímenes contra la ciudad y la nación, era objeto de universal execración.

Los pocos amigos que habían compartido las cargas del apóstol, comenzaron ahora a abandonarle, algunos por apostasía, y otros para cumplir misiones en favor de las varias iglesias. Figelo y Hermógenes fueron los primeros en irse. Luego Demas, desanimado por las crecientes nubes de dificultades y peligros, abandonó al apóstol perseguido. Crescente fué enviado por Pablo a las iglesias de Galacia, Tito a Dalmacia y Tíquico a Efeso. Escribiendo a Timoteo acerca de su situación, Pablo dice: “Lucas solo está conmigo.” 2 Timoteo 4:11. Nunca había necesitado el apóstol el servicio de sus hermanos como ahora, al encontrarse debilitado por la edad, fatigado, enfermo y confinado en una húmeda y obscura celda subterránea de una prisión romana. Los servicios de Lucas, el amado discípulo y fiel amigo, eran un gran consuelo para Pablo y le permitían comunicarse con sus hermanos y con el mundo externo.

En ese tiempo de prueba, el corazón de Pablo se regocijaba por las frecuentes visitas de Onesíforo. Este amable ciudadano de Efeso hizo todo lo que estaba en su poder para aminorar la dureza del encarcelamiento del apóstol. Su amado maestro estaba encadenado por causa de la verdad mientras él estaba libre; y no escatimó ningún esfuerzo para hacer más soportable la suerte de Pablo.

En la última carta que el apóstol escribió, habla acerca de este fiel discípulo: “Dé el Señor misericordia a la casa de Onesíforo que muchas veces me refrigeró, y no se avergonzó de mi cadena: antes, estando él en Roma, me buscó solícitamente, y me halló. Déle el Señor que halle misericordia cerca del Señor en aquel día.” 2 Timoteo 1:16-18.

El anhelo de simpatía y amor es implantado en el corazón por Dios mismo. Cristo, en su hora de agonía en el Getsemaní anheló la simpatía de sus discípulos. Y Pablo, aunque aparentemente indiferente a las penalidades y el sufrimiento, deseaba vivamente simpatía y compañerismo. La visita de Onesíforo, que atestiguaba su fidelidad en el tiempo de soledad y abandono, infundió alegría y regocijo a quien había dedicado su vida a servir a otros.

Capítulo 48—Pablo nuevamente ante Nerón

Cuando Pablo recibió la orden de comparecer ante Nerón para la vista de su causa, tenía ante sí la perspectiva de una muerte segura. La grave índole del crimen que se le imputaba y la prevaleciente animosidad contra los cristianos, dejaban pocas esperanzas de éxito.

Entre los griegos y los romanos existía la costumbre de permitir a un acusado el privilegio de emplear un abogado para defender su causa ante los tribunales. Por la fuerza de los argumentos, por una elocuencia apasionada, o por ruegos, súplicas y lágrimas, tal abogado a menudo obtenía una decisión en favor del prisionero, o si no conseguía eso, lograba mitigar la severidad de la sentencia. Pero cuando Pablo compareció ante Nerón, nadie se aventuró a actuar como su consejero o abogado; no había amigo a mano para conservar un informe de las acusaciones que trajeron contra él, o los argumentos que presentó en su propia defensa. Entre los cristianos en Roma nadie se adelantó para apoyarle en esa hora de prueba.

El único informe seguro de esa ocasión nos es dado por Pablo mismo en su segunda carta a Timoteo. “En mi primera defensa—escribió,—ninguno me ayudó, antes me desampararon todos: no les sea imputado. Mas el Señor me ayudó, y me esforzó para que por mí fuese cumplida la predicación, y todos los Gentiles oyesen; y fuí librado de la boca del león.” 2 Timoteo 4:16, 17.

¡Pablo ante Nerón! ¡Qué notable contraste! El arrogante monarca, ante el cual el hombre de Dios debía responder por su fe, había alcanzado el apogeo del poder, la autoridad y la riqueza terrenales, como también la más baja profundidad del crimen y la iniquidad. En poder y grandeza no tenía rival. No se podía discutir su autoridad ni resistir su voluntad. Reyes depusieron sus coronas a sus pies. Poderosos ejércitos marchaban a su mandato y las insignias de sus armadas garantizaban sus victorias. Su estatua se levantaba en las salas de justicia, y los decretos de los senadores como las decisiones de los jueces eran solamente el eco de su voluntad. Millones se inclinaban en obediencia a sus mandatos. El nombre de Nerón hacía temblar al mundo. Caer en su desagrado significaba perder la propiedad, la libertad y la vida; y su enojo era más temible que la peste.

Sin dinero, ni amigos, ni consejeros, el anciano apóstol compareció ante Nerón, cuyo aspecto revelaba las vergonzosas pasiones que en su interior rebullían, mientras que el rostro del acusado reflejaba un corazón en paz con Dios. La vida de Pablo había sido de pobreza, abnegación y sufrimientos. A pesar de las constantes falsedades, vituperios y maltrato con que sus enemigos habían procurado intimidarlo, impávidamente mantuvo enhiesto el estandarte de la cruz. Como su Maestro, había peregrinado sin hogar propio, y como él, había vivido para beneficio de la humanidad. ¿Cómo podía el antojadizo, apasionado y libertino tirano, comprender ni estimar el carácter y los motivos de ese hijo de Dios?

El amplio salón estaba lleno de una turba ansiosa e inquieta, que se apretujaba hacia adelante para ver y oír cuanto sucediese. Altos y bajos, ricos y pobres, letrados e ignorantes, altivos y humildes, todos estaban allí destituidos del verdadero conocimiento del camino de vida y salvación.

Los judíos levantaron contra Pablo las viejas acusaciones de sedición y herejía; y tanto judíos como romanos le culpaban de haber instigado el incendio de la ciudad. Pablo escuchó estos cargos con imperturbable serenidad. Los jueces y el público le miraban sorprendidos. Habían presenciado muchos procesos y observado a muchos criminales; pero nunca habían visto un procesado que denotara tan santa tranquilidad como el que tenían delante. La sagaz mirada de los jueces acostumbrados a leer en el semblante de los reos, buscaba vanamente en el rostro de Pablo alguna prueba de culpabilidad. Cuando se le concedió la palabra para hablar en defensa propia, todos escucharon con vivísimo interés.

Una vez más, tuvo Pablo ocasión de levantar ante una admirada muchedumbre la bandera de la cruz. Al contemplar a los circunstantes, judíos, griegos, romanos y extranjeros de muchos países, su alma se conmovió con un intenso anhelo por su salvación. Perdió de vista entonces la circunstancia en que se hallaba, los peligros que le rodeaban y el terrible destino que parecía inminente. Sólo vió a Jesús, el Mediador, abogando ante Dios en favor de los pecadores. Con elocuencia sobrehumana expuso las verdades del Evangelio. Presentó a sus oyentes el sacrificio realizado en bien de la raza caída. Declaró que para la redención del hombre se había pagado un rescate infinito, por el cual se le daba la posibilidad de compartir el trono de Dios. Añadió que la tierra estaba relacionada con el cielo por medio de ángeles y que todas las acciones de los hombres, buenas o malas, están bajo la mirada de la Justicia Infinita.

Tal fué el alegato del abogado de la verdad. Fiel entre los infieles, leal entre los desleales, se erguía como representante de Dios y su voz era como una voz del cielo. No había temor, tristeza ni desaliento en su palabra ni en su mirada. Firmemente, consciente de su inocencia, revestido con la armadura de la verdad, se regocijaba al sentirse hijo de Dios. Sus palabras eran como un grito de victoria que sobresalía por encima del fragor de la batalla. Declaró que la causa a la cual había dedicado su vida era la única que no podía fracasar. Aunque él pereciera, el Evangelio no perecería. Dios vive y su verdad triunfará.

Muchos de los que le contemplaron aquel día “vieron su rostro como el rostro de un ángel.” Hechos 6:15.

Nunca habían escuchado los circunstantes palabras como aquéllas. Tocaron una cuerda que hizo vibrar aun el corazón más endurecido. La verdad clara y convincente desbarataba el error. La luz iluminó el entendimiento de muchos que después siguieron alegremente sus rayos. Las verdades declaradas aquel día iban a conmover las naciones y perdurar a través de todos los tiempos, para influir en el corazón de los hombres, aun cuando los labios que las pronunciaban iban a quedar silenciosos en una tumba de mártir.

Nunca hasta entonces había oído Nerón la verdad como en aquella ocasión. Nunca se le había revelado de tal manera la enorme culpabilidad de su conducta. La luz del cielo penetró en los recovecos de su alma manchada por la culpa y, aterrorizado, tembló al pensar en un tribunal ante el cual él, gobernante del mundo, habría finalmente de comparecer para recibir el justo castigo de sus obras. Temió Nerón al Dios del apóstol, y no se atrevió a dictar sentencia contra Pablo, pues nadie había mantenido sus acusaciones. Un sentimiento de pavor reprimió por algún tiempo su sanguinario espíritu.

Por un momento se le abrió el cielo al culpable y empedernido Nerón, y su paz y pureza le parecieron apetecibles. En aquel momento se le extendió aun a él la invitación de misericordia. Pero sólo por un momento acogió la idea del perdón. Después mandó que volviesen a llevar a Pablo a la mazmorra; y al cerrarse la puerta tras el mensajero de Dios, se cerró para siempre al emperador de Roma la puerta del arrepentimiento. Ya ningún rayo de luz del cielo había de penetrar las tinieblas que le rodeaban. Pronto iba a sufrir los juicios retributivos de Dios.

No mucho después de esto, Nerón zarpó hacia su vergonzosa expedición a Grecia, donde se deshonró a sí mismo y a su reino por medio de su despreciable y degradante frivolidad. Al regresar a Roma con gran pompa, se rodeó de sus cortesanos y se entregó a actos de repugnante corrupción. En medio de esa orgía se oyó una voz de tumulto en las calles. Se envió un mensajero para averiguar la causa, el cual regresó con las noticias aterradoras de que Galba, al frente de un ejército, marchaba rápidamente sobre Roma, que ya había estallado la insurrección en la ciudad y que las calles estaban llenas de un populacho enardecido, que amenazando con la muerte al emperador y a todos sus colaboradores, se acercaba rápidamente al palacio.

En ese tiempo de peligro, Nerón no tenía, como había tenido el fiel Pablo, un Dios poderoso y compasivo en quien confiar. Temeroso de los sufrimientos y posible tortura que podría verse obligado a soportar a manos de la turba, el infeliz tirano pensó en suicidarse, pero en el momento crítico le faltó el valor. Presa del terror, huyó vergonzosamente de la ciudad y buscó refugio en una casa de campo a pocos kilómetros de distancia; pero sin resultado. Pronto se descubrió su escondite y como los soldados de caballería que lo perseguían se acercaban, llamó a un esclavo en su auxilio, y se infligió una herida mortal. Así pereció el tirano Nerón a la temprana edad de treinta y dos años.

Capítulo 49—La última carta de Pablo

Este capítulo está basado en 2 Timoteo.

Desde la sala del juicio Pablo volvió al calabozo, comprendiendo que sólo había conseguido para sí un corto respiro. Sabía que sus enemigos no iban a cejar en su empeño hasta lograr matarlo. Pero también sabía que momentáneamente la verdad había triunfado. Ya era de por sí una victoria el haber proclamado al Salvador crucificado y resucitado ante la numerosa multitud que escuchó su defensa. Ese día comenzó una obra que iba a prosperar y fortalecerse, y que Nerón y los demás enemigos de Cristo no lograrían entorpecer ni destruir.

Recluído en su lóbrega celda, y sabiendo que por una palabra o una señal de Nerón su vida podía ser sacrificada, Pablo pensó en Timoteo y resolvió hacerlo venir. A éste se le había encomendado el cuidado de la iglesia de Efeso, y por eso quedó atrás cuando Pablo hizo su último viaje a Roma. Ambos estaban unidos por un afecto excepcionalmente profundo y fuerte. Después de su conversión, Timoteo había participado en los trabajos y sufrimientos de Pablo, y la amistad entre los dos se había hecho más fuerte, profunda y sagrada. Todo lo que un hijo podría ser para su padre amoroso y honrado, lo era Timoteo para el anciano y agotado apóstol. No es de admirar que en su soledad éste anhelara verlo.

Todavía habían de pasar algunos meses antes de que Timoteo pudiera llegar a Roma desde Asia Menor, aun en las circunstancias más favorables. Pablo sabía que su vida estaba insegura, y temía que aquél llegara demasiado tarde para verle. Tenía consejos e instrucciones importantes para el joven misionero, a quien se le había entregado tan grande responsabilidad; y mientras le instaba a que viniese sin demora, dictó su postrer testimonio, ya que posiblemente no se le permitiera vivir para pronunciarlo. Con el alma henchida de amante solicitud por su hijo en el Evangelio y por la iglesia que estaba bajo su cuidado, Pablo procuró impresionar a Timoteo con la importancia de la fidelidad a su sagrado cometido.

Comenzó su carta con la salutación: “A Timoteo, amado hijo: Gracia, misericordia, y paz de Dios el Padre y de Jesucristo nuestro Señor. Doy gracias a Dios, al cual sirvo desde mis mayores con limpia conciencia, de que sin cesar tengo memoria de ti en mis oraciones noche y día.”

Luego le instó sobre la necesidad de la constancia en la fe. “Por lo cual te aconsejo que despiertes el don de Dios, que está en ti por la imposición de mis manos. Porque no nos ha dado Dios el espíritu de temor, sino el de fortaleza, y de amor, y de templanza. Por tanto no te avergüences del testimonio de nuestro Señor, ni de mí, preso suyo; antes sé participante de los trabajos del evangelio según la virtud de Dios.” Le suplicó que recordara que había sido llamado “con vocación santa” a proclamar el poder de Aquel que “sacó a la luz la vida y la inmortalidad por el evangelio; del cual—declaró—yo soy puesto predicador, y apóstol, y maestro de los Gentiles. Por lo cual asimismo padezco esto; mas no me avergüenzo, porque yo sé a quién he creído y estoy cierto que es poderoso para guardar mi depósito para aquel día.”

A través de su largo período de servicio, la fidelidad de Pablo hacia su Salvador nunca vaciló. Dondequiera que estaba, fuera frente a enfurruñados fariseos o a las autoridades romanas; fuera frente a la furiosa turba de Listra, o los convictos pecadores de la cárcel macedónica; fuera razonando con los marineros llenos de pánico sobre el buque náufrago, o estando solo ante Nerón para defender su vida, nunca se avergonzó de la causa en la cual militaba. El gran propósito de su vida cristiana había sido servir a Aquel cuyo nombre una vez lo había llenado de desprecio; y de este propósito no había sido capaz de apartarlo ni la oposición ni la persecución. Su fe, robustecida en el esfuerzo y purificada por el sacrificio, lo sostuvo y lo fortaleció.

“Pues tú, hijo mío—continuó Pablo,—esfuérzate en la gracia que es en Cristo Jesús. Y lo que has oído de mí entre muchos testigos, esto encarga a los hombres fieles que serán idóneos también para enseñar a otros. Tú, pues, sufre trabajos como fiel soldado de Jesucristo.”

El verdadero ministro de Dios no rehuye los trabajos pesados ni las responsabilidades. De la fuente que nunca falla para los que sinceramente buscan el poder divino, saca fuerza que le capacita para afrontar las tentaciones, sobreponerse a ellas y cumplir los deberes que Dios le impone. La naturaleza de la gracia que recibe aumenta su capacidad para conocer a Dios y a su Hijo. Su alma se desvive para realizar un servicio aceptable para su Maestro. A medida que avanza en el camino cristiano, se esfuerza “en la gracia que es en Cristo Jesús.” Esta gracia le habilita para ser un testigo fiel de las cosas que ha oído. No desprecia ni descuida el conocimiento que ha recibido de Dios, sino que lo entrega a hombres fieles, quienes a su vez lo enseñarán a otros.

En ésta su última carta a Timoteo, Pablo levanta ante el joven obrero un elevado ideal, puntualizando los deberes que le corresponden como ministro de Cristo. “Procura con diligencia presentarte a Dios aprobado—escribió el apóstol,—como obrero que no tiene de qué avergonzarse, que traza bien la palabra de verdad.” “Huye también los deseos juveniles; y sigue la justicia, la fe, la caridad, la paz, con los que invocan al Señor de puro corazón. Empero las cuestiones necias y sin sabiduría desecha, sabiendo que engendran contiendas. Que el siervo del Señor no debe ser litigioso, sino manso para con todos, apto para enseñar, sufrido; que con mansedumbre corrija a los que se oponen: si quizá Dios les dé que se arrepientan para conocer la verdad.”

Le amonesta contra los falsos maestros que intentarían levantarse en la iglesia. “Esto también sepas—declaró,—que en los postreros días vendrán tiempos peligrosos: que habrá hombres amadores de sí mismos, avaros, vanagloriosos, soberbios, detractores, desobedientes a los padres, ingratos, sin santidad ... teniendo apariencia de piedad, mas habiendo negado la eficacia de ella: y a éstos evita.”

“Mas los malos hombres y los engañadores, irán de mal en peor—continuó,—engañando y siendo engañados. Empero persiste tú en lo que has aprendido y te persuadiste, sabiendo de quién has aprendido; y que desde la niñez has sabido las Sagradas Escrituras, las cuales te pueden hacer sabio para la salud.... Toda Escritura es inspirada divinamente y útil para enseñar, para redargüir, para corregir, para instituir en justicia, para que el hombre de Dios sea perfecto, enteramente instruido para toda buena obra.” Dios ha provisto abundantes medios para tener éxito en la guerra contra la maldad que hay en el mundo. La Biblia es el arsenal donde podemos equiparnos para la lucha. Nuestros lomos deben estar ceñidos con la verdad. Nuestra cota debe ser la justicia. El escudo de la fe debe estar en nuestra mano, el yelmo de la salvación sobre nuestra frente; y con la espada del Espíritu, que es la Palabra de Dios, hemos de abrirnos camino a través de las obstrucciones y enredos del pecado.

Pablo sabía que a la iglesia le esperaba un tiempo de grande peligro. Sabía que debía hacerse un fiel y fervoroso trabajo por aquellos a quienes se les había encargado el cuidado de las iglesias; y por eso le escribió a Timoteo: “Requiero yo pues delante de Dios, y del Señor Jesucristo, que ha de juzgar a los vivos y los muertos en su manifestación y en su reino, que prediques la palabra; que instes a tiempo y fuera de tiempo; redarguye, reprende, exhorta con toda paciencia y doctrina.”

Esta amonestación solemne a uno que era tan celoso y fiel como Timoteo, constituye un poderoso testimonio de la importancia y responsabilidad de la obra del ministerio evangélico. Llamándolo ante el tribunal de Dios, Pablo le ordena predicar la Palabra, y no los dichos y costumbres de los hombres; de estar listo para testificar por Dios en cualquier oportunidad que se le presente, delante de grandes congregaciones o círculos privados, por el camino o en los hogares, a amigos como a enemigos, en seguridad o expuesto a durezas y peligros, oprobios y pérdidas.

Temiendo que la moderación de Timoteo y su disposición condescendiente pudiesen llevarle a rehuir una parte principal de su trabajo, le exhortó a ser fiel en reprobar el pecado, y hasta en reprender con severidad a los que eran culpables de graves males. No obstante debía hacerlo “con toda paciencia y doctrina.” Debía revelar la paciencia y amor de Cristo, explicando y reforzando sus reprensiones con las verdades de la Palabra.

Odiar y reprender el pecado y al mismo tiempo mostrar misericordia y ternura por el pecador, es tarea difícil. Cuanto más fervoroso sea nuestro esfuerzo para obtener santidad de vida y corazón, tanto más perspicaz será nuestra percepción del pecado y más decidida nuestra desaprobación por cualquier desviación de lo recto. Debemos cuidarnos contra una severidad excesiva hacia los que obran mal, pero igualmente de no perder de vista la excesiva gravedad del pecado. Hay necesidad de mirar al pecador con paciencia y amor cristianos; pero existe también el peligro de mostrar una tolerancia tan grande por su error que le haga considerarse inmerecedor de la reprensión, y rechazarla como innecesaria e injusta.

A veces los ministros del Evangelio causan mucho daño al permitir que su indulgencia para con los que yerran degenere en tolerancia de pecados y hasta en su participación. De ese modo son llevados a mitigar y excusar lo que Dios condena; y después de algún tiempo, llegan a estar tan cegados que elogian a los mismos que Dios les ordenó reprender. El que embotó sus percepciones espirituales por una tolerancia pecaminosa hacia aquellos a quienes Dios condena, no tardará en cometer un pecado mayor por su severidad y dureza para con aquellos a quienes Dios aprueba.

Mediante el orgullo de la sabiduría humana, el desprecio hacia la influencia del Espíritu Santo y la aversión a las verdades de la Palabra de Dios, muchos que profesan ser cristianos, y que se sienten competentes para enseñar a otros, serán inducidos a abandonar los requerimientos de Dios. Pablo declaró a Timoteo: “Porque vendrá tiempo cuando no sufrirán la sana doctrina; antes, teniendo comezón de oír, se amontonarán maestros conforme a sus concupiscencias, y apartarán la verdad del oído, y se volverán a las fábulas.”

El apóstol no se refiere aquí a la oposición de los abiertamente irreligiosos, sino a los profesos cristianos que han hecho de sus tendencias su guía y que así han sido esclavizados por el yo. Los tales están deseosos de oír solamente las doctrinas que no reprenden sus pecados o condenan su placentero curso de acción. Se ofenden por las sencillas palabras de los fieles siervos de Cristo, y escogen a los maestros que los alaban y lisonjean. Y entre los profesos ministros de Cristo están los que predican las opiniones de los hombres, en vez de la Palabra de Dios. Infieles a su cometido, desvían a los que buscan en ellos la dirección espiritual.

En los preceptos de su santa ley, Dios ha dado una perfecta norma de vida; y ha declarado que hasta el fin del tiempo esa ley, sin sufrir cambio en una sola jota o tilde, mantendrá sus demandas sobre los seres humanos. Cristo vino para magnificar la ley y hacerla honorable. Mostró que está basada sobre el anchuroso fundamento del amor a Dios y a los hombres, y que la obediencia a sus preceptos comprende todos los deberes del hombre. En su propia vida, Cristo dió un ejemplo de obediencia a la ley de Dios. En el sermón del monte mostró cómo sus requerimientos se extienden más allá de sus acciones externas y abarca los pensamientos e intentos del corazón.

La ley, obedecida, guía a los hombres a renunciar “a la impiedad y a los deseos mundanos” y a vivir “en este siglo templada, y justa, y píamente.” Tito 2:12. Pero el enemigo de toda justicia ha cautivado al mundo y ha arrastrado a la humanidad a desobedecerla. Como Pablo lo anticipó, multitudes han abandonado las claras y penetrantes verdades de la Palabra de Dios, y se han elegido maestros que les presentan las fábulas que ellos desean. Entre nuestros ministros y creyentes hay muchos que están hollando bajo sus pies los mandamientos de Dios. Así es insultado el Creador del mundo, y Satanás se ríe triunfalmente al ver el éxito que obtienen sus estratagemas.

Con el desprecio creciente hacia la ley de Dios, existe una marcada aversión a la religión, un aumento de orgullo, amor a los placeres, desobediencia a los padres e indulgencia propia; y dondequiera se preguntan ansiosamente los pensadores: ¿Qué puede hacerse para corregir esos males alarmantes? La respuesta la hallamos en la exhortación de Pablo a Timoteo: “Predica la Palabra.” En la Biblia encontramos los únicos principios seguros de acción. Es la transcripción de la voluntad de Dios, la expresión de la sabiduría divina. Abre a la comprensión de los hombres los grandes problemas de la vida; y para todo el que tiene en cuenta sus preceptos, resultará un guía infalible que le guardará de consumir su vida en esfuerzos mal dirigidos. Dios ha hecho conocer su voluntad, y es insensato para el hombre poner en tela de juicio lo que han proferido sus labios. Después que la Infinita Sabiduría habló, no puede existir una sola cuestión en duda que el hombre haya de aclarar, ninguna posibilidad de vacilar que corregir. Todo lo que el Señor requiere de él es un sincero y fervoroso acatamiento de su expresa voluntad. La obediencia es el mayor dictado de la razón, tanto como de la conciencia.

Pablo continúa sus instrucciones: “Pero tú vela en todo, soporta las aflicciones, haz la obra de evangelista, cumple tu ministerio.” El apóstol estaba cerca del fin de su carrera y deseaba que Timoteo ocupara su lugar, guardando a la iglesia de fábulas y herejías por medio de las cuales el enemigo, de varias maneras, se esforzaría por seducirlos y apartarlos de la sencillez del Evangelio. Le amonestó que evitara toda ocupación y complicación temporal que le podría impedir una entrega completa a la obra de Dios, que soportara con alegría la oposición, el vituperio y la persecución a que pudiera exponerse en virtud de su fidelidad, y a hacer completa demostración de su ministerio, empleando cada recurso a su alcance para beneficiar a aquellos por quienes Cristo murió.

La vida de Pablo fué una ejemplificación de las verdades que enseñaba: en eso estribaba su poder. Su corazón estaba lleno de un profundo y perdurable sentido de su responsabilidad; y trabajaba en íntima comunión con Aquel que es la fuente de la justicia, misericordia y verdad. Se aferraba a la cruz de Cristo como a su única garantía de éxito. El amor del Salvador era el motivo imperecedero que le sostenía en sus conflictos con el yo, en sus luchas contra el mal, mientras avanzaba en el servicio de Cristo contra la hostilidad del mundo y la oposición de sus enemigos.

Lo que la iglesia necesita en estos días de peligro es un ejército de obreros que, como Pablo, se hayan educado para ser útiles, tengan una experiencia profunda en las cosas de Dios y estén llenos de fervor y celo. Se necesitan hombres santificados y abnegados; hombres que no esquiven las pruebas y la responsabilidad; hombres valientes y veraces; hombres en cuyos corazones Cristo constituya la “esperanza de gloria,” y quienes, con los labios tocados por el fuego santo, prediquen la Palabra. Por carecer de tales obreros la causa de Dios languidece, y errores fatales, cual veneno mortífero, corrompen la moral y agostan las esperanzas de una gran parte de la raza humana.

A medida que los fieles y fatigados portaestandartes están ofreciendo su vida por causa de la verdad, ¿quién se adelantará para ocupar su lugar? ¿Aceptarán nuestros jóvenes el santo cometido de manos de sus padres? ¿Están ellos preparados para llenar las vacantes producidas por la muerte de los fieles? ¿Tendrán en cuenta las recomendaciones de los apóstoles? ¿Escucharán el llamamiento del deber mientras están rodeados por las incitaciones al egoísmo y a la ambición que engañan a la juventud?

Pablo concluyó su carta con mensajes particulares para distintas personas, y otra vez repitió el urgente ruego de que Timoteo fuera pronto—si fuese posible, antes del invierno. Habló de su soledad, causada por el abandono de algunos amigos suyos, y la ausencia necesaria de otros; y para que Timoteo no vacilase, temiendo que la iglesia de Efeso necesitara sus atenciones, Pablo le manifestó que había enviado ya a Tíquico para que ocupase la vacante.

Después de hablar de la escena de su juicio ante Nerón, la deserción de sus hermanos y la gracia sostenedora del Dios guardador de su pacto, Pablo concluyó su carta encomendando a Timoteo al cuidado del Jefe de los pastores, quien, aun cuando los subpastores cayesen en la lucha, seguiría cuidando su rebaño.

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