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Capítulo 50—Condenado a muerte

Durante la vista del proceso final de Pablo ante Nerón, éste quedó vivamente impresionado por la lógica argumentación del procesado, de suerte que sin absolverle ni condenarle, difirió el fallo. Pero no tardó en renacer la malicia del emperador contra Pablo. Exasperado al no poder atajar los progresos de la religión cristiana aun en la misma casa imperial, determinó condenar a muerte al apóstol en cuanto se deparase una oportuna ocasión. No tardó en pronunciar la sentencia de muerte; pero como Pablo era ciudadano romano, no se le podía atormentar, y así se le condenó a la decapitación.

El apóstol fué conducido secretamente al lugar de ejecución. A pocos se les permitió presenciarla, porque alarmados sus perseguidores por la amplitud de su influencia, temieron que el espectáculo de su muerte ganara más conversos al cristianismo. Pero aun los empedernidos soldados que le escoltaban, al escuchar sus últimas palabras, asombráronse de ver la placidez y hasta el gozo de la víctima en presencia de la muerte. Para algunos de los circunstantes fué sabor de vida para vida el contemplar su martirio, su espíritu de perdón para con los verdugos y su inquebrantable confianza en Cristo hasta el último momento. Varios de ellos aceptaron al Salvador predicado por Pablo, y no tardaron en sellar intrépidamente su fe con su sangre.

Hasta su última hora, la vida del apóstol testificó de la verdad de sus palabras a los corintios: “Porque Dios, que mandó que de las tinieblas resplandeciese la luz, es el que resplandeció en nuestros corazones, para iluminación del conocimiento de la gloria de Dios en la faz de Jesucristo. Tenemos empero este tesoro en vasos de barro, para que la alteza del poder sea de Dios, y no de nosotros; estando atribulados en todo, mas no angustiados; en apuros, mas no desesperamos; perseguidos, mas no desamparados; abatidos, mas no perecemos; llevando siempre por todas partes la muerte de Jesús en el cuerpo, para que también la vida de Jesús sea manifestada en nuestros cuerpos.” 2 Corintios 4:6-10. Su suficiencia no estaba en él mismo, sino en la presencia e influencia del Espíritu divino que llenaba su alma y sometía todo pensamiento a la voluntad de Cristo. El profeta declara: “Tú le guardarás en completa paz, cuyo pensamiento en ti persevera; porque en ti se ha confiado.” Isaías 26:3. La paz celestial manifestada en el rostro de Pablo ganó a muchas personas para el Evangelio.

Pablo llevaba consigo el ambiente del cielo. Todos cuantos le trataban sentían la influencia de su unión con Cristo. Daba mayor valía a su predicación la circunstancia de que sus obras estaban de acuerdo con sus palabras. En esto consiste el poder de la verdad. La impremeditada e inconsciente influencia de una vida santa, es el más convincente sermón que puede predicarse en favor del cristianismo. Puede ser que los argumentos, por irrebatibles que sean, no provoquen más que oposición; pero un ejemplo piadoso entraña fuerza irresistible.

Olvidóse el apóstol de sus inminentes sufrimientos para atender solícitamente a los que iba a dejar expuestos al prejuicio, odio y persecución de sus enemigos. Procuró fortalecer y alentar a los pocos cristianos que le acompañaron al lugar de la ejecución repitiéndoles las promesas dadas a los que padecen persecución por su amor a la justicia. Les aseguró que nada de cuanto el Señor había dicho respecto a sus atribulados y fieles hijos dejaría de cumplirse. Por un corto tiempo, se verían tal vez apesadumbrados por múltiples tentaciones y despojados de las comodidades terrenas; pero podrían confortar su corazón con la seguridad de que Dios sería fiel y decir: “Yo sé a quién he creído, y estoy cierto que es poderoso para guardar mi depósito para aquel día.” 2 Timoteo 1:12. Pronto acabaría la noche de prueba y sufrimiento, y alborearía la alegre mañana del día de perfecta paz.

El apóstol contemplaba el gran más allá, no con temor e incertidumbre, sino con gozosa esperanza y anhelosa expectación. Al llegar al paraje del martirio, no vió la espada del verdugo ni la tierra que iba a absorber su sangre, sino que a través del sereno cielo de aquel día estival, miraba el trono del Eterno.

Este hombre de fe contemplaba la visión de la escalera de Jacob, que representaba a Cristo, quien unió la tierra con el cielo, y al hombre finito con el Dios infinito. Su fe se fortaleció al recordar cómo los patriarcas y profetas habían confiado en Uno que fué su sostén y consolación y por quien él sacrificaba su vida. Oyó a esos hombres santos que de siglo en siglo testificaron por su fe asegurarle que Dios es fiel. A sus colaboradores, que para predicar el Evangelio de Cristo salieron al encuentro del fanatismo religioso y supersticiones paganas, persecución y desprecio, que no apreciaron sus propias vidas, a fin de llevar en alto la luz de la cruz en el obscuro laberinto de la incredulidad, oía testificar de Jesús como el Hijo de Dios, el Salvador del mundo. De la rueda de tormento, la estaca, el calabozo y de los escondrijos y cavernas de la tierra, llegaba a sus oídos el grito de triunfo de los mártires. Oía el testimonio de las almas resueltas, quienes, aunque desamparadas, afligidas y atormentadas, padecían sin temor testificando solemnemente de su fe, diciendo: “Yo sé en quién he creído.” Los que así rindieron su vida por la fe, declararon al mundo que Aquel en quien habían confiado era capaz de salvar hasta lo sumo.

Redimido Pablo por el sacrificio de Cristo, lavado del pecado en su sangre y revestido de su justicia, tenía en sí mismo el testimonio de que su alma era preciosa a la vista de su Redentor. Estaba su vida oculta con Cristo en Dios, y tenía el convencimiento de que quien venció la muerte es poderoso para guardar cuanto se le confíe. Su mente se aferraba a la promesa del Salvador: “Yo le resucitaré en el día postrero.” Juan 6:40. Sus pensamientos y esperanzas estaban concentrados en la segura venida de su Señor. Y al caer la espada del verdugo, y agolparse sobre el mártir las sombras de la muerte, se lanzó hacia adelante su último pensamiento—como lo hará el primero que de él brote en el momento del gran despertar—al encuentro del Autor de la vida que le dará la bienvenida al gozo de los bienaventurados.

Casi veinte siglos han transcurrido desde que el anciano Pablo vertió su sangre como testigo de la palabra de Dios y del testimonio de Jesucristo. Ninguna mano fiel registró para las generaciones futuras las últimas escenas de la vida de este santo apóstol; pero la Inspiración nos ha conservado su postrer testimonio. Como resonante trompeta, su voz ha vibrado desde entonces a través de los siglos, enardeciendo con su propio valor a millares de testigos de Cristo y despertando en millares de corazones afligidos el eco de su triunfante gozo: “Porque yo ya estoy para ser ofrecido, y el tiempo de mi partida está cercano. He peleado la buena batalla, he acabado la carrera, he guardado la fe. Por lo demás, me está guardada la corona de justicia, la cual me dará el Señor, juez justo, en aquel día; y no sólo a mí, sino también a todos los que aman su venida.” 2 Timoteo 4:6-8.

Capítulo 51—Un fiel subpastor

Este capítulo está basado en 1 Pedro.

En el libro de los Hechos de los Apóstoles se hace poca mención de la última parte del ministerio del apóstol Pedro. Durante los años de intensa actividad que siguieron al derramamiento del Espíritu Santo en el día de Pentecostés, Pedro estaba entre los que se esforzaban incansablemente para alcanzar a los judíos que acudían a Jerusalén a adorar en el tiempo de las fiestas anuales.

A medida que el número de los creyentes se multiplicaba en Jerusalén y en otros lugares visitados por los mensajeros de la cruz, los talentos que poseía Pedro demostraron ser de incalculable valor para la iglesia primitiva. La influencia de su testimonio concerniente a Jesús de Nazaret se difundía ampliamente. Sobre él descansaba una doble responsabilidad. Testificaba positivamente acerca del Mesías ante los incrédulos, trabajando fervientemente a favor de su conversión; y al mismo tiempo realizaba un trabajo especial en favor de los creyentes, fortaleciéndolos en la fe de Cristo.

Después que Pedro fué inducido a negarse a sí mismo y a depender en absoluto del poder divino, recibió su llamamiento a trabajar como subpastor. Cristo había dicho a Pedro, antes que le negara: “Y tú, una vez vuelto (convertido, V.T.A.), confirma a tus hermanos.” Lucas 22:32. Estas palabras indicaban la obra extensa y eficaz que este apóstol debía hacer en lo futuro en favor de aquellos que aceptaban la fe. Su experiencia personal con el pecado, el sufrimiento y el arrepentimiento, lo habían preparado para esa obra. Mientras no reconoció sus debilidades, no pudo conocer la necesidad que tenían los creyentes de depender de Cristo. En medio de la tormenta de la tentación había llegado a comprender que el hombre solamente puede caminar seguro cuando pierde toda confianza en sí mismo y la deposita en el Salvador.

En la última reunión de Cristo con sus discípulos junto al mar, Pedro, después de ser probado por la pregunta “¿Me amas?” (Juan 21:15-17), repetida tres veces, fué restituído a su lugar entre los doce. Le fué señalada su obra: debía apacentar las ovejas del Señor. Ahora, convertido y aceptado, no solamente debía tratar de salvar a los que estaban fuera del redil, sino ser pastor de las ovejas.

Cristo mencionó a Pedro solamente una condición de servicio: “¿Me amas?” Esa es la calificación indispensable. Aunque Pedro poseyera todas las otras, sin el amor de Cristo no podía ser un fiel pastor del rebaño de Dios. El conocimiento, la benevolencia, la elocuencia, el fervor, son esenciales en la buena obra; pero sin el amor de Cristo en el corazón, la obra del ministro cristiano es un fracaso.

El amor de Cristo no es una emoción intermitente, sino un principio viviente, el cual se manifestará como poder permanente en el corazón. Si el carácter y el comportamiento del pastor es una ejemplificación de la verdad que defiende, el Señor pondrá el sello de su aprobación sobre su obra. El pastor y las ovejas llegarán a ser uno, unidos por su común esperanza en Cristo.

La manera en que el Salvador trató con Pedro tenía una lección para él y sus hermanos. Aunque Pedro había negado a su Señor, el amor que Jesús tenía hacia él nunca vaciló. Y al aceptar el apóstol la responsabilidad de ministrar la palabra a otros, debía reprender al transgresor con paciencia, simpatía y amor perdonador. Recordando su propia debilidad y fracaso, debía tratar a las ovejas y corderos encomendados a su cuidado con tanta ternura como Cristo le había tratado a él.

Los seres humanos, ellos mismos entregados al mal, tienden a tratar duramente a los tentados y a los que yerran. No pueden leer el corazón; no conocen sus conflictos y sus penas. Tienen necesidad de aprender a dar la reprensión que encierra amor, el golpe que hiere para curar y la amonestación que comunica esperanza.

Durante su ministerio, Pedro veló fielmente sobre el rebaño encomendado a su cuidado, y así demostró que era digno de la carga y responsabilidad que el Salvador había puesto sobre él. Siempre exaltaba a Jesús de Nazaret como la esperanza de Israel, y el Salvador de la humanidad. Imponía a su propia vida la disciplina del Obrero maestro. Por todos los medios a su alcance procuraba educar a los creyentes para el servicio activo. Su piadoso ejemplo y su incansable actividad inspiraban a muchos jóvenes promisorios a entregarse totalmente a la obra del ministerio. A medida que el tiempo transcurría, la influencia del apóstol como educador y dirigente aumentaba; y aun cuando nunca abandonó sus cargas relacionadas con su trabajo especial por los judíos, dió su testimonio también en muchos países y fortaleció la fe de multitudes en el Evangelio.

En los últimos años de su ministerio, Pedro fué inspirado a escribir a los creyentes “esparcidos en Ponto, en Galacia, en Capadocia, en Asia y en Bitinia.” Sus cartas fueron el medio de despertar el ánimo y fortalecer la fe de los que soportaban pruebas y aflicciones, y de estimular a las buenas obras a los que, atravesando por diversas tentaciones, estaban en peligro de perder su confianza en Dios. Estas cartas demuestran haber sido escritas por uno en quien abundaban tanto los sufrimientos de Cristo corno su consolación; por uno cuyo ser entero había sido transformado por la gracia de Dios y cuya esperanza en la vida eterna era segura e inconmovible.

En el mismo comienzo de su primera carta el anciano siervo de Dios rendía a su Señor un tributo de alabanza y agradecimiento. “Bendito el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo—exclamó,—que según su grande misericordia nos ha regenerado en esperanza viva, por la resurrección de Jesucristo de los muertos, para una herencia incorruptible, y que no puede contaminarse, ni marchitarse, reservada en los cielos para nosotros que somos guardados en virtud de Dios por fe, para alcanzar la salud que está aparejada para ser manifestada en el postrimero tiempo.”

Con esta esperanza de una herencia segura en la tierra nueva, se regocijaban los cristianos primitivos aun en tiempos de severa prueba y aflicción. “En lo cual ... os alegráis—escribió Pedro,—estando al presente un poco de tiempo afligidos en diversas tentaciones, si es necesario, para que la prueba de vuestra fe, mucho más preciosa que el oro, el cual perece, bien que sea probado con fuego, sea hallada en alabanza, gloria y honra, cuando Jesucristo fuere manifestado: al cual, no habiendo visto, le amáis; en el cual creyendo, aunque al presente no le veáis, os alegráis con gozo inefable y glorificado; obteniendo el fin de vuestra fe, que es la salud de vuestras almas.”

Las palabras del apóstol fueron escritas para instrucción de los creyentes de todas las épocas y tienen un significado especial para los que viven en el tiempo cuando “el fin de todas las cosas se acerca.” Toda alma que desea mantenerse en la fe, “firme hasta el fin” (Hebreos 3:14) necesita sus exhortaciones y reprensiones y sus palabras de fe y ánimo.

El apóstol procuró enseñar a los creyentes cuán importante es impedir a la mente divagar en asuntos prohibidos o gastar energías en cosas triviales. Los que no quieren ser víctimas de las trampas de Satanás deben guardar bien las avenidas del alma; deben evitar el leer, mirar u oír lo que puede sugerir pensamientos impuros. No debe permitirse que la mente se espacie al azar en cualquier tema que sugiera el enemigo de nuestras almas. El corazón debe ser fielmente vigilado, o males de afuera despertarán males de adentro, y el alma vagará en tinieblas. “Por lo cual—escribió Pedro,—teniendo los lomos de vuestro entendimiento ceñidos, con templanza, esperad perfectamente en la gracia que os es presentada cuando Jesucristo os es manifestado: ... no conformándoos con los deseos que antes teníais estando en vuestra ignorancia; sino como aquel que os ha llamado es santo, sed también vosotros santos en toda conversación: porque escrito está: Sed santos, porque yo soy santo.”

“Conversad en temor todo el tiempo de vuestra peregrinación: sabiendo que habéis sido rescatados de vuestra vana conversación, la cual recibisteis de vuestros padres, no con cosas corruptibles, como oro o plata; sino con la sangre preciosa de Cristo, como de un cordero sin mancha y sin contaminación: ya ordenado de antes de la fundación del mundo, pero manifestado en los postrimeros tiempos por amor de vosotros, que por él creéis a Dios, el cual le resucitó de los muertos, y le ha dado gloria, para que vuestra fe y esperanza sea en Dios.”

Si la plata y el oro fuesen suficientes para conseguir la salvación de los hombres, cuán fácilmente podría ser efectuada por Aquel que dice: “Mía es la plata, y mío el oro.” Hageo 2:8. Pero el transgresor puede ser redimido solamente por la sangre preciosa del Hijo de Dios. El plan de salvación está basado en el sacrificio. El apóstol Pablo escribió: “Porque ya sabéis la gracia de nuestro Señor Jesucristo, que por amor de vosotros se hizo pobre, siendo rico; para que vosotros por su pobreza fueseis enriquecidos.” 2 Corintios 8:9. Cristo se dió a sí mismo para poder redimiros de toda iniquidad. Y ofrece como bendición suprema de la salvación “la dádiva de Dios” que “es vida eterna en Cristo Jesús Señor nuestro.” Romanos 6:23.

“Habiendo purificado vuestras almas en la obediencia de la verdad, por el Espíritu, en caridad hermanable sin fingimiento—continúa Pedro,—amaos unos a otros entrañablemente de corazón puro.” La Palabra de Dios—la verdad—es el medio por el cual Dios manifiesta su Espíritu y su poder. La obediencia a ella produce fruto de la calidad requerida; “amor no fingido de los hermanos.” (V.M.) Este amor es de origen celestial y conduce a móviles elevados y acciones abnegadas.

Cuando la verdad llega a ser un principio permanente en nuestra vida, el alma renace, “no de simiente corruptible, sino de incorruptible, por la palabra de Dios, que vive y permanece para siempre.” Este nuevo nacimiento es el resultado de haber recibido a Cristo como la Palabra de Dios. Cuando las verdades divinas son impresas sobre el corazón por el Espíritu Santo, se despiertan nuevos sentimientos, y las energías hasta entonces latentes son despertadas para cooperar con Dios.

Así sucedía con Pedro y sus condiscípulos. Cristo es el revelador de la verdad al mundo. Por él, la simiente incorruptible—la Palabra de Dios—fué sembrada en el corazón de los hombres. Pero muchas de las más preciosas lecciones del gran Maestro fueron habladas a quienes no las entendían. Cuando, después de su ascensión, el Espíritu Santo trajo sus enseñanzas a la memoria de los discípulos, se despertaron sus sentidos dormidos. El significado de esas verdades iluminó sus mentes como una nueva revelación, y la verdad, pura y sin adulteración, se hizo lugar. Entonces la maravillosa experiencia de la vida de Cristo llegó a ser suya. La Palabra dió testimonio por medio de ellos, los hombres de su elección, y proclamaron la importante verdad: “Y aquel Verbo [Palabra] fué hecho carne, y habitó entre nosotros ... lleno de gracia y de verdad.” “Porque de su plenitud tomamos todos, y gracia por gracia.” Juan 1:14-16.

El apóstol exhortó a los creyentes a estudiar las Escrituras, para que por medio de un adecuado entendimiento de ellas pudiesen realizar una segura obra para la eternidad. Pedro comprobó que en la experiencia de cada persona que finalmente obtiene la victoria, existen momentos de perplejidad y prueba; pero sabía también que la comprensión de las Escrituras podía capacitar al tentado, trayendo a la mente promesas que podían confortar el corazón y reforzar la fe en el Poderoso.

“Toda carne es como la hierba—declaró,—y toda la gloria del hombre como la flor de la hierba: secóse la hierba, y la flor se cayó; mas la palabra del Señor permanece perpetuamente. Y ésta es la palabra que por el evangelio os ha sido anunciada. Dejando pues toda malicia, y todo engaño, y fingimientos, y envidias, y todas las detracciones, desead, como niños recién nacidos, la leche espiritual, sin engaño, para que por ella crezcáis en salud: si empero habéis gustado que el Señor es benigno.”

Muchos de los creyentes a quienes Pedro dirigió sus cartas vivían en medio de paganos, y su permanencia en la verdad dependía mucho de que permaneciesen fieles a la alta vocación de su profesión. El apóstol les manifestó claramente sus privilegios como seguidores de Cristo Jesús. “Mas vosotros sois linaje escogido—escribió,—real sacerdocio, gente santa, pueblo adquirido, para que anunciéis las virtudes de aquel que os ha llamado de las tinieblas a su luz admirable: vosotros, que en el tiempo pasado no erais pueblo, mas ahora sois pueblo de Dios; que en el tiempo pasado no habíais alcanzado misericordia, mas ahora habéis alcanzado misericordia.

“Amados, yo os ruego como a extranjeros y peregrinos, os abstengáis de los deseos carnales que batallan contra el alma, teniendo vuestra conversación honesta entre los Gentiles; para que, en lo que ellos murmuran de vosotros como de malhechores, glorifiquen a Dios en el día de la visitación.”

El apóstol delineó claramente cual debía ser la actitud de los creyentes hacia las autoridades civiles: “Sed pues sujetos a toda ordenación humana por respeto a Dios: ya sea al rey, como a superior; ya a los gobernadores, como de él enviados para venganza de los malhechores, y para loor de los que hacen bien. Porque ésta es la voluntad de Dios; que haciendo bien, hagáis callar la ignorancia de los hombres vanos: como libres, y no como teniendo la libertad por cobertura de malicia, sino como siervos de Dios. Honrad a todos. Amad la fraternidad. Temed a Dios. Honrad al rey.”

A los que eran siervos les amonestó: “Sed sujetos con todo temor a vuestros amos; no solamente a los buenos y humanos, sino también a los rigurosos. Porque esto es agradable—explicaba el apóstol,—si alguno a causa de la conciencia delante de Dios, sufre molestias padeciendo injustamente. Porque ¿qué gloria es, si pecando vosotros sois abofeteados, y lo sufrís? mas si haciendo bien sois afligidos, y lo sufrís, esto es ciertamente agradable delante de Dios. Porque para esto sois llamados; pues que también Cristo padeció por nosotros, dejándonos ejemplo, para que vosotros sigáis sus pisadas: el cual no hizo pecado; ni fué hallado engaño en su boca: quien cuando le maldecían, no retornaba maldición; cuando padecía, no amenazaba, sino remitía la causa al que juzga justamente: el cual mismo llevó nuestros pecados en su cuerpo sobre el madero, para que nosotros siendo muertos a los pecados, vivamos a la justicia: por la herida del cual habéis sido sanados. Porque vosotros erais como ovejas descarriadas; mas ahora habéis vuelto al Pastor y Obispo de vuestras almas.”

El apóstol exhortó a las mujeres creyentes a ser virtuosas en su conversación y modestas en su vestuario y conducta. “El adorno de las cuales—aconsejó—no sea exterior con encrespamiento del cabello, y atavío de oro, ni en compostura de ropas; sino el hombre del corazón que está encubierto, en incorruptible ornato de espíritu agradable y pacífico, lo cual es de grande estima delante de Dios.”

La lección se aplica a los creyentes de todas las épocas. “Así que, por sus frutos los conoceréis.” Mateo 7:20. El adorno interior de un espíritu manso y pacífico es inestimable. En la vida del verdadero cristiano el adorno exterior estará siempre en armonía con la paz y santidad interiores. “Si alguno quiere venir en pos de mí—dijo Cristo,—niéguese a sí mismo, y tome su cruz, y sígame.” Mateo 16:24. La abnegación y el sacrificio caracterizarán la vida del cristiano. Una evidencia de que el gusto se convirtió, se verá en el vestuario de todo aquel que anda en el camino allanado para los redimidos del Señor.

Es correcto amar lo bello y desearlo; pero Dios desea que primero amemos y busquemos las bellezas superiores, que son imperecederas. Ningún adorno exterior puede ser comparado en valor o belleza con aquel “espíritu agradable y pacífico,” el “lino finísimo, blanco y limpio” (Apocalipsis 19:14) que todos los santos de la tierra usarán. Estas ropas los harán hermosos y deseables aquí, y en el futuro serán su distintivo de admisión en el palacio del Rey. Su promesa es: “Y andarán conmigo en vestiduras blancas; porque son dignos.” Apocalipsis 3:4.

Mirando hacia adelante con visión profética a los tiempos peligrosos en los cuales estaba por entrar la iglesia de Dios, el apóstol recomendó a los creyentes afrontar con firmeza las pruebas y sufrimientos. “Carísimos—escribió,—no os maravilléis cuando sois examinados por fuego, lo cual se hace para vuestra prueba.”

Las pruebas constituyen parte de la educación en la escuela de Cristo, para purificar a los hijos de Dios de las escorias terrenales. Porque Dios está dirigiendo a sus hijos, se presentan las experiencias angustiosas. Las pruebas y los obstáculos constituyen métodos elegidos por él como disciplina y condiciones para el éxito. Aquel que lee el corazón de los hombres conoce sus debilidades mejor que ellos mismos. Ve que algunos tienen cualidades, que, dirigidas correctamente, pueden ser usadas para el adelantamiento de su obra. En su providencia, conduce esas almas en medio de diferentes condiciones y variadas circunstancias, para que puedan descubrir los defectos que ellos mismos no reconocían. Les da oportunidad de vencer esos defectos y prepararse para servir a Dios. A menudo permite que ardan los fuegos de la aflicción para purificarlos.

El cuidado de Dios por su herencia es constante. No tolera que venga aflicción alguna sobre sus hijos, a no ser aquellas que son esenciales para su bienestar presente y eterno. Purificará a su iglesia, como Cristo purificó el templo durante su ministerio terrenal. Todo lo que el Señor trae sobre su pueblo en forma de prueba y aflicción es para que puedan adquirir una piedad más profunda y mayor fortaleza para llevar adelante los triunfos de la cruz.

Tiempo hubo en la experiencia de Pedro cuando no estaba dispuesto a ver la cruz en la obra de Cristo. Cuando el Salvador hizo saber a sus discípulos sus inminentes sufrimientos y muerte, Pedro exclamó: “Señor, ten compasión de ti: en ninguna manera esto te acontezca.” Mateo 16:22. La compasión hacia sí mismo, que no le permitía seguir a Cristo en el sufrimiento, sugirió su protesta. Fué para este discípulo una lección amarga, que aprendió lentamente, el saber que el camino de Cristo en la tierra pasaba por la agonía y la humillación. Pero en el calor del horno de las pruebas tuvo que aprender una lección. Ahora, cuando su cuerpo una vez activo estaba agobiado por el peso de los años y el trabajo, podía escribir: “Carísimos, no os maravilléis cuando sois examinados por fuego, lo cual se hace para vuestra prueba, como si alguna cosa peregrina os aconteciese; antes bien gozaos de que sois participantes de las aflicciones de Cristo; para que también en la revelación de su gloria os gocéis en triunfo.”

Al dirigirse a los ancianos de iglesia recordándoles sus responsabilidades como subpastores del rebaño de Cristo, el apóstol escribió: “Apacentad la grey de Dios que está entre vosotros, teniendo cuidado de ella, no por fuerza, sino voluntariamente; no por ganancia deshonesta, sino de un ánimo pronto; y no como teniendo señorío sobre las heredades del Señor, sino siendo dechados de la grey. Y cuando apareciere el Príncipe de los pastores, vosotros recibiréis la corona incorruptible de gloria.”

Los que ocupan la posición de subpastores deben ejercer una diligente vigilancia sobre la grey del Señor. No debe ser una vigilancia dictatorial, sino una que tienda a animar, fortalecer y levantar. Ministrar significa más que sermonear; representa un trabajo ferviente y personal. La iglesia sobre la tierra está compuesta de hombres y mujeres propensos a errar, los cuales necesitan paciencia y cuidadoso esfuerzo para ser preparados y disciplinados para trabajar con aceptación en esta vida y para que en la vida futura sean coronados de gloria e inmortalidad. Se necesitan pastores—pastores fieles—que no lisonjeen al pueblo de Dios ni lo traten duramente, sino que lo alimenten con el pan de vida; hombres que sientan diariamente en sus vidas el poder transformador del Espíritu Santo, y que abriguen un fuerte y desinteresado amor hacia aquellos por los cuales trabajan.

Los subpastores deben realizar una obra que requiere mucho tacto, siendo que han sido llamados a combatir en la iglesia la desunión, el rencor, la envidia y los celos, y necesitan trabajar con el espíritu de Cristo para poner las cosas en orden. Deben darse fieles amonestaciones, el pecado debe ser reprendido, lo torcido enderezado, no solamente por la obra del ministro desde el púlpito, sino también por medio de la obra personal. El corazón descarriado podrá desaprobar el mensaje, juzgando incorrectamente y criticando al siervo de Dios. Recuerde éste entonces que “la sabiduría que es de lo alto, primeramente es pura, después pacífica, modesta, benigna, llena de misericordia y de buenos frutos, no juzgadora, no fingida. Y el fruto de justicia se siembra en paz para aquellos que hacen paz.” Santiago 3:17, 18.

La obra del ministro del Evangelio es “declarar a todos cuál sea la dispensación del misterio escondido desde los siglos en Dios.” Efesios 3:9. Si alguno que emprenda esta obra escoge la parte que menos sacrificio propio requiera y se contenta solamente con predicar, dejando a algún otro el ministerio personal, su labor no será aceptable para Dios. Por falta de una obra personal eficaz y consagrada están pereciendo almas por las cuales Cristo murió. Y se ha equivocado en su vocación aquel que, entrando en el ministerio, no siente disposición para realizar la obra personal que demanda el cuidado de la grey.

El espíritu del verdadero pastor es el de la abnegación. Se olvida de sí mismo para realizar las obras de Dios. Por la predicación de la Palabra y por la obra personal en los hogares, se entera de sus necesidades, sus tristezas y sus pruebas; y cooperando con el gran Sustentador, compartirá sus aflicciones, consolará sus penas, aliviará sus almas hambrientas y ganará sus corazones para Dios. En esta obra el ministro es asistido por los ángeles del cielo, y él mismo es instruído e iluminado en la verdad que lo hará sabio para la salvación.

En relación con su instrucción para los que tienen puestos de responsabilidad en la iglesia, el apóstol señala algunos principios generales que deben ser seguidos por todo el que es miembro de ella. Los miembros jóvenes del rebaño son instados a seguir el ejemplo de sus mayores en la práctica de la humildad cristiana: “Igualmente, mancebos, sed sujetos a los ancianos; y todos sumisos unos a otros, revestíos de humildad; porque Dios resiste a los soberbios, y da gracia a los humildes. Humillaos pues bajo la poderosa mano de Dios, para que él os ensalce cuando fuere tiempo; echando toda vuestra solicitud en él, porque él tiene cuidado de vosotros. Sed templados, y velad; porque vuestro adversario el diablo, cual león rugiente, anda alrededor buscando a quien devore: al cual resistid firmes en la fe.”

Pedro escribió eso a los creyentes en un tiempo de pruebas especiales para la iglesia. Muchos eran participantes de los sufrimientos de Cristo y pronto la iglesia habría de pasar por un período de terrible persecución. En el plazo de unos pocos años muchos de los que se habían ocupado como maestros y dirigentes de la iglesia habrían de sacrificar sus vidas por el Evangelio. Pronto lobos crueles penetrarían, no perdonando el rebaño. Pero ninguna de esas cosas debía desalentar a aquellos cuyas esperanzas se cifraban en Cristo. Con palabras de aliento Pedro dirigió las mentes de los creyentes de las pruebas presentes y escenas futuras de sufrimiento a “una herencia incorruptible, y que no puede contaminarse, ni marchitarse.” “El Dios de toda gracia—oró fervientemente Pedro,—que nos ha llamado a su gloria eterna por Jesucristo, después que hubiereis un poco de tiempo padecido, él mismo os perfeccione, confirme, corrobore y establezca., A él sea gloria e imperio para siempre. Amén.”

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