Cada Día con Dios

Devocional Diaro

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Del mandamiento de sus labios nunca me separé; guardé las palabras de su boca más que mi comida. Job 23:12.

Sólo los que leen las Escrituras considerándolas la voz de Dios que les habla, aprenden realmente. Tiemblan ante la Palabra de Dios porque para ellos es una viviente realidad. Estudian y escudriñan el tesoro escondido. Abren el entendimiento y el corazón para recibir la gracia celestial y oran por ella, a fin de lograr la preparación necesaria para la vida futura e inmortal.

Al recibir en la mano la antorcha celestial, el hombre ve su propia flaqueza, su debilidad, su incapacidad para encontrar justicia en sí mismo. No hay nada en él que lo pueda recomendar a Dios. Ora para que el Espíritu Santo, el representante de Cristo, sea su guía constante, que lo conduzca a toda verdad...

Estar de acuerdo con la verdad solamente no es la religión bíblica... Hay muchos cristianos cuyos corazones están cubiertos por una armadura de justicia propia que no pueden atravesar las flechas del Señor, agudas y verdaderas, aunque sean disparadas por los ángeles. La verdad resbala y el alma no recibe el impacto. Primeramente el hombre debe buscar a Dios; entonces el Espíritu Santo tomará la preciosa verdad, cuyo precio supera al de los rubíes, tal como procede de los labios de Jesús, para llevarla, como poder viviente, al corazón que obedece. La verdad recibida en el corazón se convierte en un poder vivificante que despierta toda facultad. Es una divina influencia que toca el corazón y crea la música celestial que fluye de los labios en límpida acción de gracias y alabanza pura.

¡Oh, qué puedo decir para despertar la mente de los que profesan creer la verdad, para que puedan adornar el Evangelio por medio de una fe que obra por el amor y purifica el alma! Cristo los intima a que lo consideren el Iluminador de sus almas entenebrecidas...

La curiosidad de los hombres los ha inducido a buscar el árbol del conocimiento, y cuán a menudo piensan que están cosechando frutos esenciales cuando en realidad, tal como en el caso de Salomón, descubren que todo ello es vanidad de vanidades en comparación con la ciencia de la verdadera santidad que les abrirá los portales de la ciudad de Dios...

Todo ser humano debe ver que la obra más grande, más importante de su vida, consiste en recibir la semejanza divina, con el fin de preparar el carácter para la vida futura. Debe apropiarse de las verdades celestiales para aplicarlas especialmente en la vida práctica.—Manuscrito 67, del 9 de junio de 1898, “Escudriñemos las Escrituras”.

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